Germán Marín, autor de una veintena de libros, no necesita presentación. Siempre ha tenido prensa y, a pesar de ello, es un misterio, un mito. Es el mayor escritor chileno vivo de su generación, candidato con méritos de sobra al premio nacional de literatura y nunca se lo han dado. Es común que se inventen coartadas para cometer otra injusticia con un escritor nacional fundamental, influyente y polifacético, único en nuestras letras. Ahora algunos han descubierto que está demodé, que su único tema es el golpe militar, el régimen criminal que lo siguió y sus efectos en la sociedad y la cultura chilenas. Puede ser cierto, son temas de Marín, pero él es mucho más. Pues hablamos de su obra, vasta, variada y vigente. Me concedió su tiempo para armar una serie de conversaciones que resumo tratando de dilucidar lo que es el leit motiv, el veneno, la metástasis que recorre su obra: el lado más negro de la chilenidad, aquello que hasta los progresistas más verbosos no se atreven a decir, por las oscuras razones que sean.

-Te conozco desde hace muchos años y permíteme decir que creo reconocerte en cada línea, lo que fuiste, eres y quieres ser, por sorprendente que sea, ya que eres un tipo de sorpresas. ¿Por qué, por ejemplo, esa predilección por personajes perversos y pervertidos, tan típicos de la mejor literatura negra?

-Esa inclinación no proviene de un género en particular, sino del conocimiento de diversos autores, unos clásicos y otros contemporáneos, tanto en la poesía como en la narrativa. No obstante, prosigo leyendo a ciertos escritores de mi preferencia, digamos Faulkner, Conrad y, desde luego, Onetti, de quien recuerdo cierta noche de 1971, en que lo entrevisté acompañado de Enrique Lihn. Viejos tiempos.

-Más concretamente, pienso en el protagonista de Bolígrafo o Los sueños chinos (2015), un vendedor de comida para perros y seductor al pedo que se transforma en el cafiche de una vieja rica. Me pareció casi un guión para película de Buñuel, bellamente escrito además, con audacia de estilo, esos capítulos cortos que empujan la narración sin rellenos… ¿Hay algo de autobiográfico?

-Este es un libro extraído en buena medida de la imaginación, si bien algunos rasgos pertenecen a distintos modos de otros, presumiblemente reales. La autobiografía siempre me ha parecido un pedazo de lo que fuimos, lo cual no es malo.

-Tu novela Notas de un ventrílocuo (2013) me parece que debería causar una especie de sonrojo nacional, ya que nos muestra un país de ventrílocuos y muñecos, hasta que, al menos a mí me da la sensación de que los roles se alternan e intercambian, y finalmente se fusionan, explicando por qué en este país son las traiciones las que comandan el desarrollo (tenemos hartos comandantes). ¿Quisiste señalar a alguien en particular?

-No tengo hoy recuerdo de esta novelita, pero no obstante aún tengo presente la existencia del hotel Palermo, el cual aparece también en otros libros, tal vez de manera tangencial. Ese ventrílocuo quizá son muchos, usted, yo y un otro perdido en París.

-Los fantasmas han sido utilizados en toda la historia de Chile para imponer comportamientos a la población, a los campesinos y los pobres pelotudos, a las señoras de su casa, a los intelectuales muertos de hambre y a los empresarios vivillos. Por eso Tierra Amarilla (2014), que transcurre entre Copiapó y ese pueblo desgraciado, me pareció otra «novela ejemplar» en tu obra, con la investigación que una especie de detective hace acerca del chupacabras. ¿Cómo se te ocurrió meterte en este tema, no te hallo muy propenso a disfrutar del folclore?

-Más que el chupacabras, viejo mito del norte chileno, me interesó cubrir cierta vida que sucede en Tierra Amarilla, lugar de residencia de mineros de la zona. No lo recomiendo para vivir por si alguien quiere comprar un chalé por allá. Se moriría de pena o de hastío.

-Me encantó la Nona, que protagoniza y hace todos los personajes secundarios en Tal vez sí, tal vez no (2017), una vieja grande y bella como personaje de comedia italiana, que demuele todo lo que toca, con su verba y sus actos desordenados, que cree vivir a la vez en tres ciudades, Barcelona, Buenos Aires y Santiago, aunque a ratos también en una Italia nebulosa. La tuya es una audacia escritural que te coloca entre los grandes de las letras en español y que debe haber dejado impávidos a algunos críticos criollos, ávidos de verosimilitud. ¿De dónde sacaste ese personaje?

-La protagonista es en buena medida mi propia madre, aunque tal vez le faltó una mayor argentinidad en su conducta, nacida en Villa Urquiza, barrio en su día de corralones.

-Pero lo mejor para mi gusto es tu serie de hipótesis acerca de la muerte de la Nona, una suerte de deconstrucción de los procedimientos de la novela policial. Esto va como comentario mío, sin embargo, ¿qué opinas?

-Las distintas hipótesis de la muerte de la Nona guardan relación con los posibles infiernos que contiene toda familia, en particular cuando ésta proviene de la emigración de una clase pobre.

-Los crímenes en tu obra. Ya en Fuegos artificiales (1973), una novela que admiré en su oportunidad, como otros amigos y escritores, y que después del golpe militar pasó a ser papel picado, hay un detective, Francisco Marín, que investiga el asesinato de una mujer promiscua, en uno de los fragmentos luminosos de ese libro. ¿Eres lector de novelas detectivescas?

-Lo fui años atrás, pero no perseveré, llevado más que nada por el azar en la lectura. El azar también proviene del destino.

-Si de crímenes se trata, tu cuento “La roja de todos”, que es parte de Basuras de Shangai (2007) trata del asesinato colectivo, en patota, de un retornado que es pasto de la envidia de los pobretones que se quedaron aguantando la dictadura. Pocos son los que se atreven a desmitificar a las víctimas del golpe, sobre todos los que lucraron en el exterior. ¿No será que algunos te odian por eso?

-Ser odiado significa que soy, cualquiera sea el reclamo o la circunstancia. Peor resulta ser un desaparecido en la noche.

-Tu novela Póstumo y sospecha (2018) es otro tour de force estilístico, ya que trabajas dos historias paralelas aunque entrelazadas, de ese par de delincuentes de baja estofa, un virtuoso del billar y un hijito de su papá que se juntan malamente para delinquir. Son bien chilenos, mediocres, asustadizos y enamoradizos, por lo general botín de pelafustanas. Casi se podría vender como novela negra, ¿te parece?

-Más que novela negra me interesa que se lea, cualquiera sea su género, de popelina o de algodón. Su venta al regateo no me preocupa, pues para bien o mal no vivo de ésta. Desde una clase media, respiro a la fuerza cada día.

-Te leo y releo y veo que a menudo aparece en tu obra un quiebre que te obliga a reflexionar sobre el oficio de escritor. Queda la sensación de que siempre quieres contar algo más que lo que se narra. ¿Tienes conciencia de eso?

-Siempre trato al narrar, tomar conciencia de que estoy escribiendo y que, tal vez, soy el autor, como a veces lo perfilo bajo el solo propósito de confundir.

 

Germán Marín en Barcelona, 1977 (Foto: Bartolomé Leal)

A modo de cierre. Quedaron pendientes muchas preguntas sobre libros fundamentales de Germán Marín, aunque algunos han sido bastante comentados como su Trilogía. Menciono para acabar esta conversación Lazos de familia (2008), un libro de lectura iconográfica de imágenes, donde hay una imperdible, nuestro autor en traje de cadete militar, casco prusiano con penacho, máuser y todo el resto, en pág. 44; y El guarén (2012), historia de un guardaespaldas, que ejemplifica el carácter siniestro y dañino del personaje nacional del “arrastrado”, tan folclórico y pestilente como el que más. Tal vez al momento que lean esto se habrá discernido el Premio Nacional de Literatura 2018, veremos si se le ha hecho justicia a quien más lo merece, como este autor que nunca cedió ante su sino elegido: escribir mucho, lo que se le antojó, pisando callos a destajo si era necesario y, lo más importante, haciendo honor a la literatura y no a los dictados de la mercadotecnia.

 

Santiago, 18 de julio de 2018

(Fotografía introducción: Leal y Marín en Papudo, 1986)

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