Periodista antes que nada, escritor fino y cuidadoso, alguien que abomina de la superficialidad en la narrativa, ha desarrollado una obra en el género negro que es ya clásica en nuestro medio. En él se funden además las tradiciones de la crónica roja y la calidad en el cuento y la novela, como lo hicieron Manuel Rojas, Carlos Droguett y José Donoso, por solo nombrar a los mejores entre los nuestros. Pues de la relación entre el periodismo policial y la novela policial es que organizamos este diálogo elaborado a partir de intercambios epistolares.

¿Qué papel jugó la crónica roja en el periodismo chileno del siglo XX?

La crónica roja (CR) fue trascendente ayer y lo sigue siendo hoy, aunque en menor medida. Pero el ciudadano del siglo XXI se conmueve con las tragedias y los hechos de sangre, como sus antecesores de hace cien años. Mira, si no, la cobertura que han tenido casos como el descuartizado que apareció en el mar, en Valparaíso, hace unos meses, y el de aquella mujer cuyo cadáver estuvo meses oculto en el entretecho de su casa en Puerto Montt. Mira cuanto se escribió sobre el caso de la Quintrala que mandó matar a sus parientes en Providencia, y como se siguen publicando detalles del homicidio del joven en una discoteca de Concepción, varios años después de haberse cometido. Yo menciono algunos hechos emblemáticos del pasado reciente, que ganaron su espacio en la crónica roja, y evito dar nombres.

¿Crees que existe actualmente algo parecido a la CR o es cosa del pasado?

El periodismo ha cambiado porque ha cambiado el mundo. Y sigue cambiando día a día. Digamos que los espacios que ayer ocupó la CR hoy los ocupa la farándula. Me refiero solamente al volumen que le dedican los medios de comunicación. Pero ese cambio no es caprichoso, obedece a la idiosincrasia nacional. Ayer éramos solidarios, preocupados de lo que les sucedía a los demás; hoy somos egoístas, que cada cual se rasque con sus uñas y se las arregle como pueda. Ha ganado espacio el hedonismo y se trata no de esforzarnos para ser felices, sino de pasarlo bien con el menor esfuerzo. Felicidad no es sinónimo de jolgorio. Sin embargo, seguimos siendo humanos y el duelo continúa afectándonos. ¿En qué sección periodística ubicarías tú todo cuanto se escribió sobre la tragedia que costó la vida a Felipe Camiroaga y a tantos más? 

¿Hubo periodistas o diarios/revistas especializados que marcaron época?

Claro que los hubo. Entre los diarios claramente destacaba Las Noticias Gráficas. “Las Copuchas Gráficas” las llamaba la gente. Los canillitas, simplemente Las Gráficas. De las revistas, Vea se especializó en sucesos de sangre y en informaciones regionales. Fue una publicación exitosa que se mantuvo como la más vendida durante años. Periodistas hubo muchos. Voy a mencionar al Chico Torres, Miguel Torres, que escribía en el vespertino Última Hora y tenía una pluma privilegiada. En el Vea estaba Osvaldo Muñoz Romero, que se disfrazó de cura para entrar al fusilamiento del Tucho Caldera. Su pseudónimo, Rakatán, lo mantiene vivo Toño Freire en sus cuentos y novelas policiales. Y en el periodismo radial era inconfundible la voz del Reporter X, que tuvo una vigencia de años en la Radio del Pacífico.

¿Cuál fue tu experiencia de periodista y reportero de CR?

Mis primeras armas en el periodismo las hice en 1959, cuando aún no terminaba de cursar las humanidades. Después estudié Ciencias Políticas y Periodismo. Empecé como reportero de deportes y de teatro, sección que hoy se llama espectáculos. En 1962, después de cubrir el Mundial de Fútbol en la sede Viña del Mar, fui convocado a la Radio Portales, donde necesitaban un reportero policial. Debo haber estado poco más de un año en esas lides y fui promovido a funciones directivas de las cuales nunca más me alejé.

¿Te parece que la práctica o la temática de la CR  influyeron en el rumbo que tomó la novela policial/negra en Chile?

Yo creo que no. Lo que evidentemente influye, aún hoy, es la dictadura militar.

En tu obra del género ¿hubo influencia de tu labor como reportero de crímenes?

En mi obra sí, sin duda. Pero yo soy yo, no soy espejo ni ejemplo de nadie. La primera novela que escribí, alcanzada la madurez, porque escribo desde los cinco años, se titula La mujer del jardinero y obtuvo el Premio Pedro de Oña; se basa en un caso policial de una mujer estéril que robó una guagua y engañó a todo el mundo, incluso a su marido; aún permanece inédita. Luego vino El huésped del invierno, sobre el caso de un crimen en Valparaíso, que también reporteé, y que es mi primera publicación. Y luego hay otra serie de historias policiales basadas en crímenes que conocí y seguí de cerca, como reportero o como jefe de equipos periodísticos que los investigaban a fondo, en forma paralela a la policía.

¿Influyó lo anterior en tu estilo de escritura?

Todo cuanto uno vive y hace en su vida influye en lo que hará más tarde.

¿Hubo sucesos policiales que te marcaron en ese sentido?

Desde luego. Aquellos sobre los cuales escribí, y tantos otros que me pusieron en contacto con esa experiencia límite que es la de matar o morir. Nada más valioso para un escritor. Nada más valioso para un ser humano.

Entrando más a fondo, ¿te parece que en Chile existiría una especie de “escuela” o tendencia mayoritaria de novela policial negra asociada a la crónica roja?

Muchos años atrás mi maestro José Gómez López me dijo una frase que no he olvidado: “La crónica roja es la novela policial del pobre”. Si hemos de creer a los políticos, en Chile ya no van quedando pobres. Entonces nadie necesita leer crónica roja. Pero cada chileno debería estar leyendo una novela policial.

¿Estás trabajando actualmente en alguna narrativa del género policial/negro?

Siempre estoy trabajando y siempre hay un crimen rondándome. Sin embargo, en lo inmediato escribo sobre una materia diferente: acerca del buen amor, que es una ocupación tan entretenida como el buen crimen, y más gustosa.

¿Qué te parece el estado actual de la narrativa policial o negra en Chile?

Óptimo. Hay muchos autores produciendo obras de calidad. Cuarenta años atrás era un subgénero mirado en menos. Las novelas policiales no pasaban de ser mera entretención, como las del Oeste o las románticas. Los autores que escribían novelas policiacas las firmaban con pseudónimo, acaso con cierta vergüenza. Hoy es distinto. Se ha entendido que el delito siempre viene de la mano con la culpa. En la antigua literatura policial la culpa no existía, solo existía el culpable. A pesar de que la mayor novela del siglo XIX es sobre un crimen, Crimen y castigo. Y Dostoiewski nos dejó otra novela  formidable en que está presente el crimen y su misterio: Los hermanos Karamazov. Ahora, en el Chile del siglo XXI estamos de alguna manera recogiendo el legado de Dostoiewski, sin que los autores lo sepan, creo yo. Pero se están escribiendo obras valiosas, literaria y humanamente valiosas.

Y a nivel internacional, ¿sigues leyendo el género? ¿Tienes tus preferencias?

A nivel internacional también hay un fortalecimiento de la temática delictiva. Pero yo no soy un lector exclusivo de libros policiales. Leo de todo. Me interesa la calidad, más que una temática determinada.

¿Hay algún caso, sea CR o farándula, sobre el que te gustaría escribir algún relato?

Soy un desvergonzado. Escribo sobre todo lo que me gusta escribir, simplemente por darme el gusto. De manera que no tengo asuntos pendientes.

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