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¡Bartolomé Leal al habla! Blog de novela policial y negra

 

Existen bajo el título de Little Ceasar la novela de W.R. Burnett, publicada en 1929 y la película del año 1931, dirigida por Mervin LeRoy, con Edward G. Robinson como el protagonista, secundado por Douglas Fairbanks Jr. y un modesto elenco. En este caso, paradojalmente, la versión cinematográfica supera con creces a la obra literaria. Es la pura magia del cine versus la prosa floja. A pesar de su bajo presupuesto, la cinta crea un ambiente de dramático realismo. Little Ceasar (en castellano se tituló Hampa dorada) se alza como una obra maestra del cine negro, un clásico imperdible.

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Little Ceasar es una cinta de transición. Está hecha en un impecable blanco y negro, hasta el punto de la proeza técnica. Se trata de una de las primeras películas que se podrían calificar de propiamente sonoras, tras la consolidación del procedimiento para coordinar imagen y sonido. Sin embargo, está plagada de anacronismos que le conceden un encanto especial. La narración es directa y al grano, en el límite con la obviedad. Hay letreros que llenan espacios en la narración, como en el cine mudo, y las actuaciones, sobre todo en varios personajes secundarios, están infectadas por la gesticulación propia de una película silente.

No así Edward G. Robinson, que se muestra como un actor de otra época, un actor del futuro. Su recreación de la figura del gánster emergente Ceasar Enrico “Rico” Bandello, apodado rápidamente en el medio hampón “Pequeño César”, dada su corta estatura y su corta edad, es impresionante. Su verborrea, sus aspavientos, su eterno habano en la boca, sus polainas, sus abrigos y sombreros, su dedo fácil para disparar, lo hacen un modelo que después será copiado hasta la náusea en el cine de los años posteriores.

En el negocio del cine de aquella época no se permitían violencias ni trasgresiones morales. Es por ello que en Little Ceasar no hay derramamiento de sangre, crueldad física ni lenguaje procaz (que contamina tanto el cine actual). Todo se presenta discretamente, sin por eso dejar de ofrecer un menú rudo para el espectador, como se espera. Además, muchos de los personajes están basados en gánsteres, empresarios del entretenimiento y políticos corruptos, todos bien reales en su tiempo.

“Rico” Bandello es un homosexual discreto, lo que se muestra de manera estrictamente indirecta y sobria, asomando sólo en ciertos episodios. Por ejemplo la furia apasionada que exterioriza cuando su atractivo amigo de fechorías juveniles, el también descendiente de italianos Joe Massara (Fairbanks), le confiesa su amor por una bailarina. Y la ternura que muestra ante su esbirro Otero, frente a quien hace una coqueta prueba de vestimenta en una escena inolvidable.

Además, el total desinterés que ostenta hacia las mujeres lo hace un conmovedor ejemplo del homosexual introvertido, que guarda con dolor sus sentimientos y los manifiesta con una actitud dura hasta la ferocidad. Por ello, junto a esa tarasca cruel que manipula con destreza un cigarro puro, en sus ojos asoma una melancolía que expresa mucho más que las palabras. Méritos de Robinson, por cierto, uno de los más grandes actores de Hollywood, pese a haber sido un pobre judío rumano emigrado.

A poco de su estreno exitoso, adorada por el público, la película fue prohibida en Estados Unidos merced a alguna de esas leyes de restricción a la libre expresión a que son tan adictos los gringos. No pudo ser vista de nuevo hasta mediados de los años 50. No se entiende bien por qué, quizás a causa de la paranoia religiosa, política o sexual de los poderosos líderes conservadores de ese país, sobre todo en tiempos de elecciones. En cualquier caso, el juicio crítico coloca a Little Ceasar entre las obras maestras del cine negro de todos los tiempos.

Para quien se interese en otros aportes de Edward G. Robinson al cine negro, recomiendo los siguientes tres títulos: The Woman in the Window (La mujer del cuadro), de 1944, dirigida por Fritz Lang, alguna vez declarada “la mejor película de cine negro de la historia”; The Stranger (El extraño) de 1946, de Orson Welles, donde Robinson hace de un cazador de nazis que se debe enfrentar a un diabólico cerebro de los campos de concentración; y Key Largo (Cayo Largo) de 1948, dirigido por John Huston, donde Robinson compite por el favor de una sublime Laureen Bacall con un Humphrey Bogart en plena forma, cada cual provisto de su repertorio de armas.

 

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