Los de Investigaciones resolvieron el caso. Así lo proclamaron pero los giles no hicieron nada. Lo que se llama nada. Cero. De repente nos informaron que habían pillado a los ladrones aunque no así los objetos robados. Todo se diluyó pues en unos cuantos flaites acusados de cualquier cosa. No supe ni quiénes eran. Puro invento de los tiras. Seguí convencido de que quien entró a la casa y salió cargado con mis propiedades más valiosas fue el guatón de al lado. Al lado de mi casa en La Reina. La casa familiar mejor dicho. A eso me refiero. La construyó mi viejo que después se fue y yo ahí sigo con mi vieja, cada día más loca pero nos llevamos bien. No así mi viejo que no aguantó más sus tonterías esotéricas y sus fantasías de gran dama cuando no es más que una pituca pobre. Bueno lo digo así pero quiero a mi vieja. A mi viejo también. Soy medio loquillo y decente a la vez. Suena raro aún cuando es la dura.
Me afanaron, lo digo en plural porque seguramente el guatón penetró con sus amiguis, lo que más importaba para mí: tres computadores portátiles, una filmadora de última generación, dos pares de fonos, mi bajo eléctrico y diversos accesorios como un trípode, un bolso, una mochila, cables y cajas con memorias, baterías y conectores. Además de todos los CD de juegos de computador más las cajas con juegos de mi colección, algunos de ellos históricos, reliquias, objetos de culto… Los hijos de perra me dejaron sin mis instrumentos de trabajo y de placer. Vaya hijos de la gran perra, repito.
En la casa de al lado vive un médico bastante rico a juzgar por los autos que usa y cambia cada año. Un pediatra. No atiende en su casa, no ayuda a los vecinos, no sale nunca a salvar urgencias. Un auténtico médico empresario. No sé donde trabaja ni me importa. La suya es la casa del fondo, al igual que la mía. Más lujosa la suya. De su lado hay dos casas más adelante unidas por un pasaje. Al frente y al lado de la mía, dos casas también. Atrás hay otra casa. Todas de dos pisos, altura máxima en La Reina, mínima para aprovechar el terreno. Mi casa es pues difícil para los malandros. No da a la calle. No se ve lo que pasa adentro, si hay gente o no, salvo por los autos de mi viejo y mi vieja que entran y salen. Mi viejo viene de visita con frecuencia sobre todo para conversar de música conmigo y hacer planes de viajes. La única forma de entrar a robar sin riesgo es saber si adentro hay alguien. El lugar privilegiado para vigilar mi casa es la casa de al lado. Por la calle no es posible. Hay un pasaje cubierto de árboles y enredaderas. Nadie puede pararse en la vereda del frente a vigilar, se haría demasiado evidente. De modo que no queda sino la casa del al lado. A menudo hay alguien en mi casa pero el día del robo, nadie.
El guatón de al lado es el hijo del vecino médico. Un guatón tonto ahora convertido en un fantoche, un creído. Me acuerdo de cuando el guatón era niño y adolescente. Tiene casi la misma edad mía. La madre le gritaba todo el día. El guatón era porfiado y malvado. A veces sentía aullar a los perros de su casa. Seguro que era el guatón haciéndoles alguna chuchada. Yo también era bien jodido. Mi vieja también me gritaba, se emputecía conmigo, que cuando podía me ponía a hacer huevadas. Mi viejo no me daba pelota cuando jodía. Me miraba sólo con una cara donde yo leía su recado: ¡pobre y triste huevón! Me dolía pero me lo merecía. Pero yo era un santo al lado del guatón de al lado.
Después le dio por tirar basuras por encima de la pared, siempre cosas horribles: pájaros muertos, muñecas sin cabeza (se las quitaba a su hermana chica para degollarlas), huevos de tórtolas y zorzales, caca de perro… Yo sentía sus risotadas y las de su pandilla cuando hacían eso. Como soy tímido corría a esconderme en mi pieza y atisbaba por la ventana del segundo piso de donde observaba como el guatón y sus drogos compartían una cerveza y fumaban. Cuando se hallaban solos. Eran drogos por supuesto. Se desencadenaban cuando la madre no estaba, una vieja vaga también, como la mía, ya que no trabajaba y se asoleaba cuando podía en la piscina. Brillante de protector solar. Una vieja fea la vecina, puro gimnasio. Cuando el guatón era chico la madre lo agarraba y le tiraba el pelo, lo pellizcaba, lo zamarreaba. El guatón gritaba y lloriqueaba. Pero era puro teatro, después se metía en la casa riéndose. Un par de veces el guatón casi incendió la casa. Por huevear por cierto. Me acuerdo del doctor histérico, hubo que prestarle ayuda llamando a los bomberos que están a dos cuadras. El guatón había salido arrancando de la casa. Eran un hijo de perra integral ese guatón.
¿Qué como se llamaba el guatón? Adolfo. Igual que Hitler. El doctor era nazi, no me cabe duda. Odiaba a la señora que vivía con su familia en la casa delante suya, una pianista judía súper buena gente que se ganaba la vida dando clases. Pero como el doc no estaba nunca en casa, no reclamaba cuando había ensayos. En ese caso era el guatón el encargado de amargarle la vida a la judía. El guatón era un popero de la peor estofa. Cuando ponía música se iba derecho a la basura más hedionda, de reggaeton para abajo. Lo ponía a todo chancho para perturbar a los estudiantes o a la profesora ensayando.
Aparte de esas hazañas infantiles, en la adolescencia el guatón no encontró nada mejor que rayar tanto en tanto las paredes de la entrada de mi casa, que preludia un pasaje bien bacán, con arbustos floridos, árboles añosos y un bello empedrado con adoquines rosados. Mérito de mi vieja. Mejor dicho de los maestros que contrató. Un trabajo caro. Mi viejo lo pagó y cuando anda de malas reclama por la plata que se había gastado. Tal como en otras decisiones financieras de mi madre, siempre dispuesta a gastar en lo que se le da la gana con la plata de los demás. Como con la mía ahora…
Pero vuelvo al guatón. Ha rayado las paredes de nuestra entrada con pintura indeleble de modo que han permanecido por décadas sus rayados. Les meto manguera y siguen igual. En el número externo de la casa, hecho con unos bonitos mosaicos, ha metido la imagen de una hoja de marihuana. Se lo pasa haciendo huevadas así. Yo limpio pero la fealdad reaparece. Me carga. Amo el orden, le tengo trauma al desorden. Tal vez parezco un poco rayado en eso pero así soy. Adivino la mano del guatón Adolfo y me da una rabia terrible pero no osaría hacer algo. Me encantaría eso sí que pagara por sus chuchadas, que dejara de burlarse. Cada vez que sale, ahora tiene auto, mira sus hazañas y se hace el indiferente pero me doy cuenta que parte riéndose, sacando la madre con la bocina.
El guatón es un delincuente. Un par de veces aparecieron rayados en la vereda a la entrada de su casa: “Guatón culiao, devuelve lo que debes, guatón flaite ladrón, te va a llegar…” Alguien a quien el guatón estafó, seguro. Me acuerdo que una ocasión la nana de la casa vecina tuvo que salir con un balde y cloro a la calle para limpiar, seguramente con el propósito que la madre del Adolfito no viera los mensajes. El padre parece que ni se ocupaba del guatón, convencido de que era un débil mental o bien porque andaba demasiado preocupado en su negocio de hacer dinero con los sufrimientos ajenos.
Una vez mi hermana, que es profesora de yoga, me había hablado de un amigo suyo del centro de yoga que trabajaba de detective. Se llamaba Hari. Yo le puse Hari Poto, por la película y por un comic que se titulaba así. Por joder, por supuesto. No lo conocía al tal Hari ni tenía ganas de conocerlo pero se me ocurrió que, también como en las películas, un detective privado podría averiguar si el guatón me había robado los implementos computacionales y mi jueguitos. Sobre todo mis jueguitos, quería recuperarlos. Me había recorrido cuanta feria persa hay en Santiago para conseguirlos. Tenía varias maravillas como el prototipo del Tetris, los Mario Bros originales y Monkey Island. Desde chico usaba Mac. Recibía las revistas con sus CD demostrativos de juegos y programas. En fin, me dedicaba al asunto. No me iba muy bien en el colegio, claro, pero salía adelante. Fue mucho después que me puse a recopilar algunos de los juegos de los primeros tiempos. Y ese guatón rancio me los robó. También mis revistas, casi todas de colección.
Un día mi hermana Catita llegó a la casa con Hari. Un flaco alto, pálido, de barba negra y turbante blanco. Traje blanco con falda y unos pantalones ajustados, tipo calzas medievales. Sandalias de cuero. Exótico el gil. Parecía una especie de Osama joven aunque con más cara de chileno. Me puse a hablarle y me dijo que sí, que trabajaba de detective pero en una pega tranqui, sin balas ni mafiosos, ni siquiera tenía una pistola.
–Busco gente que debe plata –me contó–. Puedo encontrar a cualquiera…
Hablaba como para sí mismo el compadre. Yo le conté del robo y le pregunté qué opinaba. Me gusta preguntarle a la gente qué opina sobre algo. Hari me escuchó y me pidió que le mostrara la parte exterior de la casa. La recorrimos en todo su perímetro, la entrada, los muros que hay en el jardín delantero y trasero.
–Bonitos patios –comentó, lo cual es verdad.
Hari Poto. El nombre le venía bien porque efectivamente tenía el poto gordo aunque era más bien flaco. Revisó el suelo, la altura de las bardas, se asomó al otro lado con una escalerita que le pasé. Me dijo:
–Por aquí entraron. Hay huellas. Mira las rayas en el muro, la enredadera rota, el piso removido, las flores aplastadas…
Habíamos tenido sequía y el jardinero no había andado por allí. No le creí mucho a Hari pero a lo mejor tenía razón. Corrijo: me convenía que tuviera razón. El lugar señalado por el detective era justamente la casa del doctor, la casa del guatón.
–Fueron al menos dos –aseguró–. Seguramente las huellas están borradas pero tienen que haber dejado tierra en su paso –añadió.
–No notamos nada –le dije–. Entra y sale mucha gente. La casa está siempre abierta. Todo el mundo se olvida de meter llave. De todas maneras se puede ingresar sin problema por cualquier ventana siempre que no haya nadie. Y desde al lado, por una leve diferencia de altitud, se ve todo lo que pasa en el jardín de atrás y en la casa…
–Bueno –siguió Hari–. Sí, efectivamente, los ladrones pueden haber entrado por el jardín de al lado. ¿A qué hora se produjo el suceso aproximadamente?
Hari hablaba con muchas palabras terminadas en mente. Le dije que entre 10 de la mañana y 5 de la tarde, que fue cuando no había nadie en casa. Yo había salido temprano a la pega. Trabajo de computín y mi vieja salió después de las 10 y llegó antes que yo. No se dio cuenta de nada. Yo me fijé cuando busqué la filmadora sin encontrarla. Mi hermana andaba fuera de Santiago ese día.
–En la casa de al lado –preguntó el detective–, ¿hay alguien permanentemente?
–Casi siempre –respondí– y hay dos perros grandes.
–Entonces –dijo–, los que entraron a robar conocen a la gente de la casa o son de la misma casa. ¿Tienes algún enemigo allí?
Fue entonces que le hablé del guatón. Me escuchó con la cabeza gacha.
–El robo se produjo a plena luz –murmuró–. Lo hizo ese guatón ayudado por algún camarada. Supremamente claro –añadió.
–¿Tú crees que se puede averiguar algo? –le pregunté. Yo sabía que a Hari le gustaba mi hermana la Catita. La llamamos así porque anda siempre cantando. En mi casa no saben que yo siempre lo cacho todo. Escucho sin hacerme evidente. Adivino muchas cosas. No es que tenga poderes lo que pasa es que capto los pequeños detalles, las señales ocultas. Bueno, algunas por supuesto. Me había dado cuenta por conversaciones de la Catita con mi vieja, de algunas llamadas al celular; por algunas actitudes de mi hermana, en fin, que tenía un pretendiente. Era Hari justamente. Pues ese detalle me vino como anillo al dedo, como se dice. Le podía pedir cualquier cosa que le hiciera ganar puntos con mi hermana. Bueno, casi cualquier cosa.
No alcancé a pedirle nada porque me dijo:
–Déjame hacer algunas averiguaciones. No prometo nada pero tal vez podamos achicar el espectro de probabilidades de que el guatón aquél haya sido el que se robó tus tesoros… ¿Cómo se llama?
Le di pues el nombre, no sabía los apellidos, nunca tengo idea de esas cosas, pero le pregunté a mi vieja que andaba por ahí hurgueteando entre las plantas como hacía cuando el tiempo era bueno. Me dio todos los datos que nos faltaban. Todo lo que sea apellidos mi vieja lo maneja en su cabeza como una base de datos. Hari anotó en un cuadernito el nombre completo y la edad aproximada del guatón Adolfo. Había nacido más o menos un año antes que yo según mi madre. Entre paréntesis, mi vieja trató de averiguar el apellido verdadero de Hari, que se hacía llamar Hari no-sé-cuánto Singh, pero el compadre no le hizo caso.
Había buenas posibilidades. La Catita me contó que Hari había trabajado en Investigaciones, la policía civil, pero que ahora estaba de detective privado. Tenía buenos contactos allí. Era cierto porque a los tres días Hari Poto me llamó al celular, yo estaba en la pega pero por suerte lo hizo a la hora de colación. Me dijo:
–Tengo algunos datos interesantes del robo, si quieres nos juntamos para ver el tema. Paso por tu casa.
Por supuesto que el gil aprovechó la oportunidad de jotearse a mi hermana Catita. Quedamos pues en ese mismo día aunque bien tarde porque trabajo hasta las 7 de la tarde. Cuando llegué lo encontré haciendo meditación yoga en el living junto con mi hermana. Hari Poto la miraba con cara de cordero degollado como se dice de los pelotudos que se enamoran. Tuve que esperar hasta que terminaran con sus Om. Yo estaba sentado en mi computadora buscando información acerca del cyberpunk cuando Hari se acercó para decirme:
–Encontré información. Adolfo, el guatón como le llamas, tiene prontuario. Sí, tal cual, pero era menor de edad cuando lo abrieron, de modo que el dato es confidencial. Pero ahora es mayor de edad y si reincide todo eso se usa. Lo agarraron varias veces por fumar marihuana y andar borracho en la calle. También ha robado en tiendas, pero, y esto es sumamente interesante, tiene un diagnóstico de cleptomanía. Es decir que se las han arreglado para hacerlo aparecer como padeciendo una enfermedad mental, tú sabes. El cleptómano roba por una compulsión incontrolable de modo que no es responsable de sus actos… –me ilustró, pero yo sabía todo eso.
–Seguro que el padre médico consiguió ese diagnóstico con algún colega amigo –lo interrumpí.
–No sería nada de raro. De todos modos, la ficha consigna el nombre del médico que firmó el diagnóstico. Me costó conseguir los datos pero me sirvieron mis contactos.
–¿Hay que pagar algo? –le pregunté, estaba acostumbrado al funcionamiento de este país con puras coimas.
–No te preocupes de eso –me dijo–. Lo hago por amistad.
Casi le dije que lo hacía por mi hermana, pero me callé. Quería seguir adelante. El hecho que el guatón fuera un ladrón disfrazado de psicópata no me ayudaba a acusarlo ni mucho menos a recuperar mis cositas. Hari se adelantó a hacerme notar que no iba a ser fácil:
–Nadie vigilaba a ese sujeto el día del robo, de manera que no hay cómo iniciar una investigación. Tendrías que presentar una denuncia por robo, con algunas pruebas al respecto, todo eso con un abogado medianamente competente. Te va a salir demasiado caro –me miró con cara severa de gurú–. Ahora, conseguir que allanen la casa del doctor para ver si hallan los objetos robados es impensable. El hombre debe tener buenos contactos y, además lo más probable es que a estas alturas todos los objetos hayan ido a parar a otro lado…
Me acordé de algunos de los jueguitos de compu que me gusta jugar, cuando se llegaba a un callejón si salida. Sólo una jugada muy osada me permitiría pasar al otro lado. Hari se me adelantó de nuevo, el gil era bastante intuitivo, sería por la meditación, digo yo:
–Olvídate de entrar a la casa de al lado sin permiso. Te puede costar aún más caro. Lamentablemente en eso no te puedo ayudar. Me puede causar a mí también tremendo perjuicio. Perdería mi permiso de investigador privado y tal vez algo muchísimamente peor…
Bueno, Hari tenía razón sin duda pero eso me dejaba sin alternativas, tendría que olvidarme de todo. Miré al detective con cara de decirle: bueno, chanta, vas a cagar con mi hermana si no se te ocurre algo, tenlo por seguro. Pasó un buen rato mientras Hari meditaba. En eso mi hermana Catita se puso a cantar uno de sus mantras, tiene una voz muy dulce y se acompaña de un armonio que se mandó hacer cuando estuvo estudiando en la India. Hace una música sublime si a uno le gusta lo monótono. Observé como Hari se derretía entero, casi me largué a reír. Al final dijo:
–Vamos a meterle miedo al guatón Adolfo. Pero tienes que ayudarme…
Me gustó la idea pero igual le pregunté:
–¿Servirá de algo?
–No sé –respondió Hari–, pero es la única manera que veo por ahora. ¿Te animas?
–Demás –repliqué.
Lo que sigue puede parecer de película, pero que me ataquen Jar Jar Binks o Chucky, cuánto los odio, si miento. Hari me había pedido que vigilara al guatón los fines de semana y lo viera cuando salía a carretear en su auto. Lo íbamos a esperar a su regreso, tendríamos que armarnos de paciencia. Le conté que salía todos los viernes y sábados, había que simplemente instalarse a esperarlo.
–Me voy a disfrazar convenientemente –me advirtió–. Vamos a tratar de darle el susto de su vida al guatón.
Lo hicimos un viernes pero falló, el guatón no llegó hasta el día siguiente a la casa de al lado. Perdimos toda la noche vigilando la entrada, pero nada. Mi aliado Hari Poto tuvo que aguantarse las ganas de ver a mi hermana porque había partido de viaje a Nuevo México. Mi vieja tampoco estaba en casa, andaba por Talca o algo así. Por suerte, porque no pierde oportunidad de molestarme. De modo que el campo estaba libre. Al día siguiente de nuevo armamos la vigilancia. Hari se había disfrazado de Nosferatu, el vampiro de la película, con una máscara, un abrigo enorme, unas orejas puntiagudas y unos guantes con unas uñas terroríficas.
Pues apenas llegó al guatón, bastante borracho, como a las tres de la mañana, Hari salió de entre las sombras mientras yo hacía sonar un gong. El guatón mandó un grito, se cagó de susto, después se rió como si fuera una broma, pero Hari llevaba un látigo auténtico y le mandó un latigazo feroz a las piernas. El guatón mandó un chillido de dolor y Hari retrocedió, caminando de espaldas, como los monstruos de las películas. Le mandó otro latigazo a los brazos. Después partió corriendo, agitando las manos como un vampiro a punto de volar. El guatón, borracho como estaba y guatón como es, no pudo seguirlo. Yo vigilaba en las sombras, lo vi meterse en la casa temblando de miedo, acompañado de mi gong. Seguramente se meó en los pantalones de puro pavor, porque caminaba con las piernas abiertas. Encontrarse a Nosferatu de noche no es nada divertido, aunque sea en una alucinación.
Hari me llamó al día siguiente para decirme que había que bombardear al guatón con imágenes y mensajes de Nosferatu. No había que darle tiempo para tranquilizarse. Según la estrategia que había diseñado, cada noche que salía de carrete yo tenía que dejar en el buzón de su casa una imagen de Nosferatu con una carta, pero no del mismo Nosferatu, sino de algún personaje de juego de compu, como Neuromancer, el robot Joey, Deus Ex o Angel Devoid, todos clamando por venganza, con hartas amenazas. Por cierto, yo partía de la base que el guatón era aficionado a los juegos, cosa bastante probable.
Así pues, todas las noches en que él salía de carrete, me deslizaba en las sombras y le metía un mensaje al guatón. En otra oportunidad, con Hari le hicimos un rayado en la vereda frente a su casa, con pintura indeleble. El Nosferatu gigante que dibujamos en el suelo no quedó muy bueno, se parecía más a Beetlejuice, pero igual lucía terrorífico. Tuvieron que llamar a una empresa para que hiciera la limpieza. El mensaje nuestro decía, entre otras cosas: “Guatón conchetumadre, devuelve los juegos que robaste, entrega los netbooks, vas a ir a la cárcel, cleptómano hijo de puta drogo…”
Lo que más me alegró fue la planificación que hizo Hari, basado en sus hábitos, para que el doctor viera ese mensaje en el cemento y agarrara al guatón por lo menos a chuchadas. Supongo que el viejo mercachifle de la salud lo último que quería era quedar mal en el barrio, donde hay una comisaría, investigaciones, bomberos, colegios, iglesia, o sea que pasa mucha gente por allí. A mí nunca me cacharon.
Un día encontré en la puerta de la casa una bolsa de basura, tirada allí como si nada. Supuse que era una nueva putada del guatón. Sí lo era, pero distinta. Adentro estaban algunas de las cosas que me había robado. Algunas todas maltratadas, otras faltaban. Mi bajo estaba allí, aunque con las cuerdas rotas. Pero habían devuelto lo que habían podido, casi todos los juegos por ejemplo. Después de hacerles algún daño, por supuesto.
De alguna manera fue un triunfo, aunque Hari me advirtió que lo más probable era que el guatón reincidiera, de modo que tenía que estar atento a alguna nueva mariconada de su parte. Nos dijo que había que reforzar la seguridad, fue bastante seguido a la casa para dar recomendaciones. En otras palabras, Hari Poto encontró la coartada perfecta para ir a ver a la Catita y meditar al lado de ella con cara de baboso.
En fin, como sea, aquí me tienen atento en espera de la nueva movida del guatón de al lado, que cuando me ve me lanza miradas de odio, cargadas de ominosas promesas de venganza.
FIN
