
Un crimen de telenovela – Eduardo Soto Díaz
UNO
A la telenovela le faltaba una escena y Rodrigo Martínez sabía que el director la esperaría hasta las cinco de la tarde, hora en que comenzaba la grabación. Como libretista, recibía un honorario espléndido y si debía estrujar su imaginación para escribir el episodio en forma urgente lo haría de buenas ganas.
Caminó con los ojos cerrados y entró a la ducha. El agua fría lo despabiló. Su mujer debía estar en la piscina del hotel. Ella se levantaba temprano y reservaba cuatro reposeras. Luego iba al comedor con las dos niñitas por el desayuno. Si no encontraba a la familia al borde de la piscina, solo debería esperar.
Escogió una guayabera blanca y un traje de baño azul. Con los lentes de sol y el sombrero de pita de Panamá parecía un gringo de paso por la capital. Sonrió al mirarse en el espejo. ¡Y pensar que protestó frente al consulado norteamericano cuando estudiaba filología en la Complutense! Era otro tiempo, un tiempo distinto, de sangre caliente y socialista. Debía reconocer que cuando joven tenía una cuota de resentimiento social por los que provenían de sectores acomodados y de familias de apellidos. Pero lo había superado y ahora gozaba del estatus de un escritor profesional, tal vez desconocido del gran público, pero apreciado por directores y productores audiovisuales.
Sus telenovelas eran las favoritas en el horario de la tarde. Aseguraba el éxito utilizando argumentos románticos. Al espectador nocturno lo conquistaba con otro libreto: incluía una escena de la protagonista sin ropa. Eso fascinaba a los hombres. A veces admitía un fugaz desnudo masculino, de un joven atlético y lampiño, para equiparar el trato que daba a los sexos.
La última telenovela de media noche alcanzó un éxito absoluto. Superó todos los rankings de audiencia. La fórmula fue simple: las cuatro actrices secundarias mostraban los senos y la protagonista principal lo mostraba todo. Para evitar la aparición patética de alguna jovencita sin talento ni estudios de teatro, las escenas tenían mucha acción y pocos diálogos.
Salió al pasillo. Le agradaba ese hotel. Cuando venía a Madrid lo elegía. Desde los ventanales se podía apreciar una imagen imponente de la ciudad. Por motivos de trabajo, cada año pasaba menos tiempo en España. Consideraba a México una buena plaza para un escritor latino. Pero el público que más le gustaba era el argentino, tal vez porque creció admirando a Borges.
En el ascensor vacío, Martínez bajó hasta el tercer piso, donde subió una camarera que lo saludó en inglés. Él respondió con un rápido “good morning” y el ascensor continuó descendiendo. Llegó al subterráneo y accedió a un pasillo que comunicaba a los turistas con la piscina, evitando que estos circularan por la planta baja donde se hallaba la recepción. Sonrió al recordar el trato que recibió de la camarera. La piel blanca y el cabello rubio le daban ese aire de extranjero despistado.
La escena que faltaba iría en el horario de trasnoche, de manera que podía usar un estilo provocativo, en el límite de lo permitido. No obstante pertenecer la trama al género negro, en el capítulo no habría violencia explícita por instrucción de la dirección del canal. Eso evitaría que lo censurasen por los metros de piel desnuda que mostraría.
A las diez de la mañana, un público escaso ocupaba la piscina, pero las reposeras ya estaban marcadas con toallas. Alguien las había reservado. Él conocía el espacio preferido de su mujer y caminó hacia el centro de la pileta. Encontró el lugar y las cuatro reposeras vacías. Supo que su esposa y las dos niñitas aún no terminaban de desayunar, de modo que eligió la reposera ubicada bajo el toldo. La quinta y la sexta eran usadas por una pareja joven: ella una rubia de grandes senos en un estrecho bikini y él un muchacho alto con tatuajes del Egipto antiguo en los brazos.
Estiró la toalla y trató de acomodarse de espalda. En ese instante escuchó el tono agrio de la mujer: “Seguro que este gringo se puso a mi lado para espiarme de pies a cabeza. Javier, necesito cambiar de lugar. Déjame tu reposera.”
El joven en silencio hizo lo que pidió su mujer y quedó franqueando el costado al gringo falso.
–Me fastidia que me miren en forma libidinosa. ¡No lo soporto!
–Calma, querida. Debes estar tranquila y preparar la prueba de televisión de la tarde –dijo el hombre.
–¡Espero tener suerte! Aceptaría cualquier papel. Lo importante es ingresar al medio y no importa que el rol sea pequeño.
Pasados cinco minutos y, al llegar su mujer con las hijas, Martínez se sentó y observó a la pareja a través de su Ray-Ban. En ese momento, la rubia habló lo bastante alto para que todos escucharan:
–¡Qué niñitas más feas! Negras y despeinadas. ¿Quién será el padre?
Martínez sintió rabia por el comentario y se volvió inquieto a la más pequeña:
–¿Desayunaron?
–Estaba exquisito, papá –afirmó la niña.
–Querida, voy a la habitación –dijo poniéndose de pie.
–No demores demasiado. Ellas quieren que las veas nadar.
Martínez sonrió y caminó hacia el dormitorio. Había decidido retirarse de la piscina y escribir de inmediato el episodio faltante. Luego se desquitaría de la rubia que encontró feas a sus niñitas.
La joven desparramó bloqueador solar en sus piernas y luego pidió a su amigo:
–Javier, esparce crema en mi espalda. No quiero broncearme más de la cuenta. ¿Viste a tu amigo del canal?
–¡Por supuesto! –exclamó el hombre y cogiendo el frasco de loción inició un suave masaje en las clavículas de la mujer–. Hablé con el jefe de programación y él conversó con el director de la telenovela. Son muy amigos. Está todo arreglado. Hay un papel para ti.
–Gracias, querido. Espero que no me den el personaje de rubia tonta.
–Por el contrario, dijo que te conseguiría un rol protagónico.
DOS
Cinco para las cinco, Rodrigo descendió del taxi frente al Canal de televisión. El ajetreo en un día de grabación es intenso. No solo se filman las escenas del capítulo, sino que también se escogen a los extras. Una fila de aspirantes siempre permanece a la espera, casi bloqueando el acceso a los set de filmación.
El escritor observó la hilera de mujeres. En el tercer lugar reconoció a la rubia de la piscina que ofendió a sus niñitas. Parecía una modelo, de piernas largas y senos prominentes. Un vestido rojo destacaba las curvas. El primer lugar lo ocupaba la versión morena de la anterior. También muy segura de sí misma, tanto que no paraba de hablar.
A penas el portero advirtió la presencia del escritor le abrió la puerta. El director ya había preguntado dos veces por Martínez. La rubia creyó reconocer a ese personaje que recibía un trato preferencial, pero no logró recordar a donde lo había visto. Se dio vuelta y preguntó a las otras mujeres de quien se trataba. Contestó la morena del primer lugar: “Es el autor de la novela y guionista. Es muy importante”.
Rodrigo Martínez ingresó al privado del director sin llamar. Se conocían desde cuando estudiaban periodismo en Cantarranas, en la vieja Escuela del Campus de Moncloa.
–Hola, Jorge. Aquí tengo la escena corregida.
–Llegaste justo. ¿De qué se trata el episodio?
–Ocurre en la colonia escolar. Una rubia estupenda, que trabaja como profesora, desaparece y los alumnos la encuentran desnuda y maniatada entre las dunas. Alguien la asesinó en la playa en horas de la noche. La cámara enfoca el cuerpo por largos minutos. Esa es toda su participación.
–¡Me gusta, me gusta! Dame detalles –dijo el director.
–El criminal le metió una braga en la boca para que no gritara y con una rama de acacia le separó las piernas.
–¿No es una escena muy violenta?
–¡Para nada! –exclamó Martínez y agregó–: Solo exhibimos las consecuencias. Además, esa parte se filma sin audio y se limita a mostrar a la rubia desnuda. Al final, el visor se detiene en una frase que alguien escribió en la arena húmeda: “Por puta”.
–¡Perfecto! Es una escena para mayores de edad. ¿Dónde encuentro a la muchacha para el papel?
–Afuera, en el tercer lugar de la fila, hay una rubia de vestido rojo que calza con el personaje –dijo Martínez pensando en la hora del desquite.
El director abandonó el privado y atravesó el patio que lo separaba de la reja. Desde ahí tenía una visión panorámica del ingreso al canal. Miró un buen rato al grupo de mujeres y luego se volvió hacia el portero:
–Rodolfo, dile a la tercera de la fila que pase y despide al resto.
TRES
La muchacha ingresó a la oficina del director. Apretó los dientes en un intento por controlar la inmensa alegría que sentía al haber sido elegida entre un montón de candidatas. No le cabía duda que las recomendaciones del amigo de Javier fueron decisivas. Ahora dependía de su talento permanecer en el elenco de ese famoso director de televisión. No escatimaría esfuerzo para perdurar bajo las cámaras y convertirse en una estrella.
–Es una escena simple pero una de las más importantes de la serie. Usted será la protagonista –aseveró Jorge Ahumada a la rubia que permanecía inquieta en el sillón.
–Estoy feliz. Tengo cuatro semestres en la Academia de Arte Dramático y no lo decepcionaré.
–¿Cómo se llama?
–Virginia Pascal.
–Bueno, Virginia. Su participación podría calificarse de estática. Debe interpretar a la víctima de un asesinato –dijo el director mientras cambiaba de una mano a la otra el texto de la obra.
–¡Ah! No tendré un parlamento. No importa. Si debo ser un cadáver seré el más convincente cadáver de la televisión –dijo la joven y deslizó una amplia sonrisa en toda la extensión de los labios.
–Usted caracterizará a una profesora del internado que es asesinada en la playa.
–No tengo problema.
–Hay un detalle que define la escena, un detalle inmodificable. El cuerpo sin vida de la profesora es descubierto desnudo entre las dunas –agregó el director tratando de dar la menor connotación a las palabras.
–¡Desnuda! Imagino que el ángulo de la toma no mostrará el sexo.
–Al contrario, es un acto sin rubor. En el más absoluto descaro del cine. Sin embargo, no tema usted. La filmación se lleva en la más estricta privacidad. El escenario estará aislado y vacío. Solo el Director, su ayudante y el camarógrafo asistirán al rodaje. Además, considere que el operador de la cámara es una mujer, la señora Gina. No existirá ningún testigo molesto que pueda importunar su pudor.
–¡No sé! Nunca imaginé hacer una escena de desnudo total.
–Unos pequeños toques de maquillaje en el rostro la harán irreconocible.
–Bueno. En esas condiciones no me queda otra cosa que aceptar y ser un hermoso cadáver –dijo Virginia pensando que tenía un cuerpo magnífico.
–Bien. Diríjase a la sección de Vestuario. Pregunte por la señora Consuelo. Ella la preparará y le dará una bata adecuada. La filmación será en media hora –dijo el director e hizo un ademán para indicar que la conversación había terminado.
CUATRO
Cinco minutos más tarde, apareció Rodrigo Martínez en la oficina de la Dirección. Tenía una mirada cómplice, como quien hace sábanas cortas a sus compañeros en las vacaciones.
–Ya arreglé el sitio del crimen. Acompáñame y entérate como muere la muchacha –invitó el escritor.
–Salgamos por la puerta de servicio –dijo el director.
Con una decoración ingeniosa, de sábanas y de sacos de arena, los tramoyistas habían logrado dar la apariencia de unas dunas desiertas. Una iluminación tenue inducía a la sensación de tener el mar cerca. Martínez se inclinó en un recodo del cuadro y estiró un alargador eléctrico sujeto a la parte superior de la duna. El cable blanco se encontraba atado a una mata de doca artificial, una planta originaria de América del Sur, que fue fijada en la estructura de madera.
–Opté por un alargador eléctrico, fácil de encontrar en cualquiera casa. Hice un lazo corredizo que la actriz debe colocar en su cuello una vez que esté inclinada en la arena. La camarógrafa colocará esta rama de acacia entre sus rodillas y pondrá una braga en su boca. Es importante que la joven mantenga el equilibrio y no ruede hacia el costado.
–Perfecto. Ahora debemos desalojar el perímetro de fisgones. Espérame en mi oficina. Después podemos ir a beber algo –dijo el director dando un golpecito en la espalda a Martínez.
El ayudante del director hizo que un par de tramoyistas saliera y cerró el acceso al salón donde se filmaría el episodio. Virginia llegó envuelta de una bata blanca en compañía de la señora Consuelo que la antecedía. Calzaba unas sencillas zapatillas que abandonó a un costado de las dunas artificiales. La señora Gina, que había instalado la filmadora algunos minutos antes, indicó la posición que debería ocupar la protagonista.
El director le hizo una señal a la encargada de vestuario y la mujer desató el nudo de la bata de Virginia. Luego se ubicó en la espalda y le ayudó a retirar la prenda, la cual cayó a sus pies. Quedó al descubierto un cuerpo perfecto, parecía a Afrodita surgiendo del océano. El director respiró apresurado ante esa magnífica visión, en la cual dos espacios blancos hacían ver más oscuros el triángulo delicadamente recortado.
Doña Consuelo asistió a la joven desnuda cuando esta se estiró sobre la superficie de arena. Luego vino el turno de la camarógrafa que puso la rama de acacia que separó sus rodillas y dejó el sexo expuesto por completo. Ella quería tener los mejores ángulos al momento de la filmación. Colocó el cordón en el cuello y puso una pequeña braga nueva en su boca. Luego se retiró unos metros hasta quedar detrás del visor y apretó el botón de la cámara. La escena estaba sucediendo.
Virginia quedó casi sentada en la arena sin tener donde apoyar la espalda. El lazo alrededor de su cuello lo sintió firme. El director y su ayudante eran los únicos hombres en el salón, pero este último tenía fama de gay. De manera que el sexo contrario quedaba reducido al director y él no importaba a los ojos de Virginia, ya que era un profesional de mayor experiencia que un médico en el tema de desnudos. Una paz la invadió y estiró un poco las piernas para ganar en comodidad. En ese momento advirtió que una figura salía de la oficina del director por la puerta trasera, por el costado del salón de filmación. ¡Por Dios! Creyó distinguir al libretista y quedó congelada mirándolo llena de pavor.
–¡Qué niña tan negra y despeinada tiene entre las piernas!
Fue instantáneo. Virginia recordó donde había visto al tipo con pinta de gringo. Trató de gritar de rabia e hizo un gesto para cubrirse con las manos. Pero la rama de acacia impidió ese movimiento y resbaló hacía atrás. El nudo de alambre apretó su cuello y sobrevino la oscuridad en los momentos que sentía el golpe de corriente y su esfínter cedía. Una mérmela fétida resbaló por los muslos mientras un chorro de orina salía furiosa.
La reacción de Rodrigo Martínez fue rápida y le salvó la vida a Virginia. Corrió hasta la duna falsa y le libró del lazo de alambre, el que marcó una huella roja en la epidermis del cuello.
Ella recobró la conciencia luego de unos pocos minutos, pero la vergüenza que sintió fue más prolongada. Al final, no le importaba que ese hombre la viera desnuda y le hiciera respiración boca a boca. Lo que la ruborizaba era tener los muslos embetunados de mierda y estar mojada hasta la cintura con orines. Él siempre la recordaría fea y sucia. Lo peor que el incidente fue filmado y tendría que pedir al director que suprimiera el desagradable accidente. Martínez afirmó que la cinta no podía ser borrada hasta que la viera el fiscal, para deslindar responsabilidades.
Virginia nunca se había sentido más humillada que en ese set de filmación.
FIN

Eduardo Soto Díaz ha publicado las novelas En la Oscuridad del Miedo (2004), Tras las nubes habitan los ángeles (2006) y El Orden de los brujos (2009 y 2012). Periodista y abogado, reside en Iloca y trabaja en Licantén como notario.
