
¡Bartolomé Leal al habla! Blog de novela policial y negra
Con lo mucho que me gusta el cine, un referente mayor en mi vida puesto que ese gusto se inició cuando aún no sabía leer y no ha redimido en hartas décadas, se me ocurre pensar, ahora en el ocaso, que el llamado “séptimo arte” ha sido clave en mi pequeña historia personal. Sobre todo para la formación de conciencia. Sin meterme en rollos ontológicos (ni semánticos), hablo de ese proceso mental de acumulación, síntesis y selección que se va logrando poco a poco con el paso de las estaciones, los años, las décadas…

El cine es vida envasada, más que cualquier otro arte.
Dos grandes mitos del cine se me vienen a la cabeza. Me refiero al ámbito más bien elusivo de la política internacional. En otras palabras, el género de espionaje y el cine bélico, ambos generadores de mitos ideológicamente marcados. Impera en un caso la acción individual, el superhéroe, el macho duro y eficaz en la guerra (sobre todo la fría y subterránea, al alcance personal) y el amor (carnal de preferencia, por favor, nada de paraísos matrimoniales). Aquello está lejos de la guerra colectiva, masiva y cuantitativa, brutal e implacable, donde el amor es reemplazado abiertamente por la violación, oculta en algunos casos tras una fachada hipócritamente asexuada.
La primera está representada por James Bond, el agente 007. La segunda por la Guerra de las Galaxias y sus imitaciones. Un formato popular e infantil de filmes de guerra. En ambos casos se trata de sagas, folletines continuados, sin ninguna evolución más no sea detalles para responder a las ideologías en boga y la forma en que se presenta a los enemigos. Los enemigos son dos y a veces se interpolan: el comunismo y los bárbaros (los que hablan diferente para conservar el concepto griego). O mejor dicho los pobres, los rebeldes y los paganos (los idólatras, los infieles).
En James Bond el comunismo es el enemigo del “mundo libre”. En la Guerra de las Galaxias el extraño y el diferente se transfiguran en el extraterrestre o el robot; y su amo, el humano traidor, aparece de nuevo como enemigo, esta vez del “universo libre”.
James Bond. Viril, seductor, inteligente… Protagonista de 25 películas. Seis actores han servido al personaje desde el inicio de las adaptaciones cinematográficas en serie de los relatos de Ian Fleming. El cine lo ha hecho sumamente diferente al original literario. Ya casi nadie lee aquellos libros, son menos espectaculares que las películas y mucho más cerebrales que genitales. El cine ha avasallado al agente 007 y los actores a cargo le han dado personalidades propias y diferentes, en general por decisión de los productores y en el marco de bien pensadas leyes del mercado. Cine de productores, claro, James Bond no está para “cine de autor”.
El primero fue Sean Connery, con siete apariciones desde 1962 con Doctor No. Para algunos el mejor si no el único actor digno del personaje. Pero antes hubo un par de actores que nadie menciona: Barry Nelson con una película en 1954 y David Niven en 1967, que dieron vida a Casino Royale. Versiones justamente olvidadas, por cierto. A Connery le siguió George Lazenby, de una sola aunque poco feliz aparición. El tercero fue Roger Moore, también con siete películas, aportando lo suyo: distinción y humor. Otro favorito, pues. Thimoty Dalton trabajó de James Bond en dos películas y Daniel Craig en cuatro. Ambos prestaron la cara (ya que no el talento) a un James Bond bastante deslavado, muy influenciado por otros duros del cine y la TV. Pierre Brosnian fue cuatro veces el agente 007. De buena facha y poco carisma, este actor esforzado se vio obligado a servir argumentos en el límite con lo descabellado.
Por cierto que en todos los casos predomina un tipo físico de conquistador siglo XX-XXI: alto, más bien delgado, deportivo, facciones regulares, elegante, atractivo masculino. Su atributos son agilidad y fuerza (aunque no exagerada), testosterona a raudales, ironía y humor… Añadamos convicciones pro “mundo libre” intachables. Nada de rojillos como dice el Papa Francisco. James Bond no está para la acción social. Es interesante consignar lo que ha opinado uno de los productores de la saga (fuente: la revista francesa L’Obs): “Hubo catorce Tarzán. Como él, James Bond puede cambiar de rostro, es eterno”. Interesante en cualquier caso el símil con el Hombre-Mono, otro instrumento de la intromisión colonialista, tal como James Bond el espía “al servicio de su Majestad”.
Dice también Mr. Broccoli, el citado productor: “Hago pasar al actor candidato delante de mis secretarias y registro sus reacciones. Cuando el hombre es sexy, eso se ve enseguida”. En cualquier caso, ha sido Sean Connery quien ha definido mejor las características que debe tener el personaje que él mismo interpretó con tanto éxito. Le llama “las 4 S”: Snob, Sexy, Sádico y Suave. Queda claro por si alguien quiere postular a presentarse a los test correspondientes.
Por si nuestros lectores/as se interesan, en la librería El Rhinoceronte tenemos un surtido de películas y libros con el Agente 007.
