¡Bartolomé Leal al habla! : Blog de novela policial y negra
El período que va entre las dos guerras mundiales –años 20 y 30 del siglo XX– es reconocido como la “época de oro” de la novela de enigma. En el Reino Unido campearon Agatha Christie y Dorothy Sayers, las más conocidas y leídas entre las primeras damas escritoras. Pero no fueron las únicas. Me acuerdo que una antigua suegra afirmaba que la mejor era Anne Hocking. La leí con gusto: amable, sencilla y eficaz para armar ingenuos aunque creíbles enredos criminales. Ahora bien, los críticos que saben del género agregan a una autora que no era inglesa, sino neozelandesa: Ngaio Marsh (1895–1982). En 1966 la reina la nombró Dame, equivalente femenino de Sir. Su nombre Ngaio es maorí y significa “reflejos en el agua”.
Estudió pintura y actuación, temas recurrentes en su narrativa. Excepto un período que vivió en Inglaterra, Dame Ngaio fue devota de su Nueva Zelandia natal. Gran benefactora del teatro, se la venera allá sobre todo por eso. De sus 32 novelas, sólo 4 transcurren en su tierra. Sin embargo, su detective londinense Roderick Alleyn aparece colaborando con la policía local. El mundo del teatro es central en una novela de la cual quiero contar, cuyo título original es Colour Scheme, de 1943. Por el afán compulsivo de leerla la conseguí sólo en francés, con el título de Cauchemar à Waiatatapu (Pesadilla en Waiatatapu), en la bella colección Grandes Detectives del sello 10/18.
Colour Scheme es la duodécima novela protagonizada por Roderick Alleyn. La novela se ambienta en la época de la Segunda Guerra Mundial y tiene que ver con las actividades de espías nazis en Waiatatapu, unas termas sulfurosas al norte de Nueva Zelandia. Un crimen horroroso está asociado a las actividades de espionaje. El héroe trabaja para la inteligencia militar y se mete camuflado en el lugar para resolver el misterio. Hasta aquí la trama. Sin embargo, hay algo del mayor interés en esta novela. Se ocupa de algo no siempre frecuente en su obra, dirigida sobre todo al público inglés. Me refiero a su incursión en las costumbres y mitos maoríes. Es en el fondo una novela de la vertiente etnológica, un tipo de novela policial y negra cuyos máximos exponentes han sido el australiano Arthur Upfield y el norteamericano Tony Hillerman.
Digamos que se la considera su novela más interesante y ella misma pensaba que era su libro mejor escrito. Pues me permito afirmar que hay muchísimo que aprender de este libro, que no es nada constreñido y se extiende en la edición que tengo, de bolsillo, por 350 páginas. Cada personaje, y son bastantes, está descrito con una precisión entre antropológica y entomológica, con tal maestría que no hay espacio para el aburrimiento. La trama avanza con el ritmo que corresponde para mantener el suspenso, agregar nueva información y alguna sorpresa en cada capítulo; hasta avanzar firmemente hacia un final que se podría decir (exagerando un poco) shakesperiano.
Los personajes maoríes poseen visiones de vida propias, aunque algo contaminadas por la presencia occidental. Reaccionan con una manera ambigua, hecha de insumos tradicionales y modernos. Son extraños y cercanos, descendientes de antropófagos y bastante supersticiosos. Humanos al fin. Ngaio Marsh los describe y hace actuar con pericia no exenta de delicadeza. Hay un crimen brutal y son los sospechosos principales. Racismo, por cierto. Una novela para novelistas en barbecho.
