Hari Premsingh, el detective yogui, observó el grabado que adornaba la triste y desordenada pieza del joven muerto: una serpiente que acecha un altar en llamas, alrededor del cual se ven unos personajes pequeñitos, al menos en comparación a la serpiente, en el acto de adorar aquel altar que representa sus más bajos apetitos. Al fondo se perfila una ciudad en ruinas. La serpiente, por el gesto sarcástico y cruel de su bocaza abierta, parece ser la hechora ufana de tal destrucción. Dicho gesto, hambriento a la vez, la muestra dispuesta a devorar a esos seres incontinentes y depravados. Se trata de una vieja alegoría medieval, “el altar de la concupiscencia”, tal como aparece en una estampa Rosacruz.

 Lo habían llevado allí al detective Hari para que recogiera y analizara las pistas secundarias de lo que podría ser un crimen pasional. Un joven novicio católico había sido cosido a puñaladas; además se había dejado abierta la espita del gas en la cocina y se le había introducido por la garganta un frasco de veneno para ratas. Sólo la autopsia podría definir cuál había sido la causa final del deceso y cuántos hechores habrían participado eventualmente. Los detectives Pérez y González, por su parte, se hallaban allí en busca de huellas, indicios y testimonios, sobre todo huellas, que pudieran conducir al o los asesinos. Se suponía de entrada que se trataba de un robo con asalto. El detective segundo Hari, en su carácter de supernumerario, tenía por misión indagar en las extrañas decoraciones, imágenes, libros y objetos que poblaban el cuarto del seminarista.

 Para aquellos señores que cuentan con un cuarto propio y no compartido con su señora o conviviente, por lo general marcado por la personalidad de ella, la cantidad de indicios que se reparten por allí hace de tal espacio una suerte de reflejo negativo del personaje, algo así como un gemelo perverso, un doppelgänger. Bajo esta premisa, Hari había convencido a su jefatura en Investigaciones que siempre valía la pena complementar la revisión de los indicios típicos de un hecho de sangre con un acercamiento a la intimidad de la víctima. Esto último a través de una lectura de tales señales indirectas. Cuando ello era posible por supuesto. De modo que allí se hallaba el detective de misiones especiales en el cuarto del ahora cadáver Román Hofer Bargas, observando ese grabado tan lleno de sugerencias.

  El grabado, grande, de un metro de altura, se hallaba frente a la cama, a la vista de quien estuviera acostado. Del otro lado, a la cabecera del lecho, una gran cruz. Una cruz desnuda, no un Cristo crucificado. Un detalle tal vez inane, aunque para Hari podía tener significación: en la tradición mística la cruz representa la divinidad, no exclusivamente la cristiana. A un costado de la cama, una lámina más pequeña, de 30 x 25 cm. aproximadamente, en colores, muestra un grupo de jinetes vestidos como guerreros y montados en camellos, precedidos por un personaje con el rostro oculto por un velo blanco que oculta sus facciones. Le escoltan dos personajes ricamente vestidos y más grandes que la comparsa, que va en parte a pié. No le fue difícil para Hari reconocer al líder de la cabalgata: Mahoma el Profeta. Su rostro se halla, por cierto, cubierto. Arriba y abajo hay inscripciones en árabe que seguramente explican el suceso representado. El detective no sabía leerlas.

  No obstante, en el cuarto de Hofer Bargas había además imágenes de Buda- Siddhartha, de Krishna y otros dioses del panteón hindú; más un Cristo mapuche en forma árbol con una figura barbuda de rasgos mongólicos, un par de fetiches africanos, dos cuadros de ángeles coloniales (un arcabucero y un músico), una máscara de una deidad azteca, un gallardete con una estrella de David, en fin una extraña combinación que no podría calificarse sino de ecuménica. Junto a eso se repartían desordenadamente innumerables imágenes y objetos representando a la muerte, como esqueletos, momias, una foto del cementerio judío de Praga, el afiche de una película mexicana titulada Los Hermanos Muerte, un póster del Nosferatu de Murnau, un enorme alebrije de madera pintada, un muñeco vudú erizado de agujas clavadas, más otros esperpentos por el estilo. Todo aquello revelaba que alguna obsesión mórbida se ocultaba en el ocupante del recinto.

  Hari Premsingh comprobó que no había ninguna imagen erótica en la pieza del seminarista tan cruelmente carneado. No era raro, por cierto, ya que lo último que se espera de un aspirante a cura es que esté rodeado de pin-ups. Sin embargo, las imágenes de horror que salpicaban la pieza trasmitían una fuerte corriente sensual, una voluptuosidad que perturbaba. Se sabe que en el mundo de las minorías eróticas hay muchas variantes y variantes de variantes. Tal vez el seminarista respondía a extraños llamados de la carne que contemplaban la contemplación de imágenes de espanto, vaya uno a saber.

  El tema ecuménico quizá revelaba que la fe en Cristo del joven seminarista Hofer era débil. No le bastaba pues con la imaginería propia de la religión en la cual se estaba formando, y que debía en su momento promover como la verdadera, sino que parecía hallarse en un proceso de exploración de otros enfoques de la divinidad. Aparentemente mostraba demasiado interés en destacar a la competencia, cosa más bien rara en los curas corrientes. Entre los libros y folletos que copaban su mesa había algunos que se referían a otras religiones, pero al ojo observador de Hari Premsingh no escapó el detalle que eran publicaciones en su mayoría católicas, hechas para describir a menudo con un tufillo despreciativo a las demás creencias.

  Respecto al lugar de los hechos, el joven seminarista vivía en el barrio Estación Mapocho, en uno de esos edificios viejos medianamente restaurados que acogen como arrendatarios a una fauna marginal, formada por migrantes peruanos y colombianos, prostitutas de tarifa baja (muchas negras entre ellas), estudiantes de provincia, jubilados más o menos míseros, pequeños comerciantes de la cercana Vega Central, en fin, materia prima para la delincuencia y la crónica roja. Tenía dos ambientes más cocinilla y baño, estos últimos minúsculos. En una pieza dormía y en la otra había una gran mesa para comer y estudiar. Se notaba que el último constituía el uso principal ya que estaba colmada de libros, revistas y papeles.

  Mientras los detectives oficiales hacían su lista de malandrines mapochinos para organizar la redada de potenciales agresores, Hari se tomó su tiempo en revisar los testimonios de la vida intelectual del novicio Hofer. Predominaban en su mesa de trabajo los libros religiosos católicos, incluida una voluminosa Biblia con las correspondientes notas vaticanas. Lo demás eran catecismos, fotocopias de textos de santos y obispos, misales, encíclicas, en fin todo el material que se supone es parte del aprendizaje de un futuro cura. Había también un diccionario castellano-latín. Revisó los cajones de la mesa que, a la antigua, los tenía para guardar cubiertos y servilletas. Se trataba de una mesa fina, enchapada en palo-de-rosa y tal vez valiosa en alguna época, aunque la que Hari tenía al frente se mostraba sumamente deteriorada, a esas alturas más apta para un baratillo que para una tienda de anticuario.

  En uno de los cajones halló tres cuadernos con anotaciones del novicio Hofer. Se había fijado que también hacía anotaciones en las mismas fotocopias, seguramente el material de apoyo a los cursos que seguía. En los cuadernos, que marcaban fechas en el inicio de cada nueva entrada, como un diario de vida, había de todo. Esbozos de lo que serían seguramente trabajos solicitados por los maestros, comentarios del joven Román a dichos esbozos y otros sin conexión, datos de publicaciones a conseguir, retratos de gente conocida, identificada a veces por sus iniciales aunque más a menudo por nada (no había nombres completos, Hari se preocupó de comprobarlo), amén de citas, frases sin sentido aparente, oraciones religiosas y comentarios a eventos y reuniones. No se le escaparon al detective veladas referencias, escritas recientemente, a una situación terrible no especificada que estaba agobiando al joven novicio.

  Fue en el rubro eventos donde Hari Premsingh percibió una incongruencia. Los eventos registrados en los últimos meses no tenían nada que ver con asuntos religiosos o culturales (Hofer parecía tener algún interés en la lectura y el arte), sino que pertenecían al rubro de lo que comúnmente se llama farándula: lanzamiento de los últimos modelos de automóviles de Porsche, Audi y Kia, entre otras marcas; lanzamiento de la más reciente línea de teléfonos inteligentes de Apple; presentación de las nuevas motos Yamaha; feria de líneas de maquillaje en el Costanera Center; apertura de nuevo local de Pizza Hut; lanzamiento de la última teleserie de Megavisión; y así sucesivamente.

A juzgar por la notas en sus cuadernos, Hofer había asistido a todos aquellos eventos, incluso entre los papeles se hallaban las invitaciones y recortes de páginas de vida social de la prensa donde, sin embargo, no aparecía él. Hari se apresuró a comprobarlo pero no halló coincidencias en las fotos, al menos a primera vista. Había sí personajes repetidos, sobre todo los rostros de faranduleros notables: animadores de concursos, teñidas anfitrionas de matinales, un arquitecto chascón que examinaba edificios y plazas, un pelado drogadicto que predecía terremotos; amén de cantantes de cumbia, lectores del futuro y actores/actrices de teleserie. Había unas cuantas mujeres desconocidas que también se repetían en las fotografías.

  Buscó con mayor acuciosidad entre los papeles disponibles en la pieza pero no había nada útil. Se fue entonces a Internet. Desde su tablet, Hari buscó las páginas de vida social correspondientes a los recortes. Encontró las fotos de las versiones online de diarios y revistas, junto con muchas otras imágenes que rescató desde los respectivos muros de Facebook y otras redes sociales. La calidad era otra, seguramente en una pantalla más grande se verían aún mejor. Hari tenía en sus manos, además, el legajo sobre el occiso preparado por Investigaciones, con bastantes fotografías. Había internalizado una imagen muy clara de su rostro, relativamente buen mozo, el pelo corto y la cara limpia, incluso cuando muerto, una instantánea tomada por los equipos técnicos institucionales.

  Tras unas tres horas de trabajo, no le cupo duda. El futuro cura Román Hofer Bargas era un transgénero. Llevaba pues una vida oculta como mujer. En las fotos de la prensa aparecía con el nombre de Romina Vargas, siempre sonriente y encantadora, rutilando entremedio de los típicos grupitos alegres de tales eventos. Lucía como una socialité experimentada, al parecer asidua a tales actos, vestida con trajes a la moda, no necesariamente elegantes en términos estrictos aunque sí sentadores. Tenía un bonito cuerpo. Se notaba en las fotos que era un hombre vestido de mujer, pero no parecía tampoco que estuviera tratando de hacerse pasar por mujer, sino al revés, quería mostrar que era un travestí precioso. El occiso cometía el pecado de narcisismo, si es que tal cosa existía, reflexionó Hari.

  ¿Dónde estará la ropa de Román/Romina?, se preguntó el detective. Ingresó al dormitorio, donde aún permanecían frescas las huellas de la salvaje carnicería que se había perpetrado contra el cuerpo del joven seminarista. No había closet sino un anticuado ropero, no valioso como la mesa, aún cuando en ésta el esplendor era de otrora. El ropero no era sino un vulgar mamotreto de madera terciada todo manchado de humedad y cagadas de mosca, con el revestimiento abierto en varias partes. Inspeccionó su interior y halló sólo ropa de hombre, sin duda de la talla del occiso. Ni un rastro de prendas femeninas, tampoco había ropa interior de mujer en los cajones, sólo los habituales calzoncillos, calcetines y camisetas de un soltero más bien desordenado. Su repertorio de prendas femeninas se hallaba de seguro en otra parte. Hofer quizá contaba con un segundo hogar, por decirlo así. O quizá le habían robado su guardarropa de mujer.

  Lo que sí había eran olores de perfume, claramente femeninos y según su olfato poco habituado, eran de alta calidad, tal vez de grandes marcas. No los pachulíes que hubieran podido esperarse de una locataria de ese departamento tan pringoso. Tanto dentro del ropero como en el baño detectó esos aromas. No había frascos de perfume, tampoco pomos o tubos de cosméticos. Parecían haber estado allí y de pronto esfumado misteriosamente, cual fantasmas. Hari utilizó sus técnicas para guardar muestras de esos olores, sobre todo del baño.

  El detective se detuvo un rato a descansar mientras pensaba en una estrategia para continuar con la pesquisa. Ya era bien entrada la noche de un día jueves, día en el cual se iniciaban los carretes de fin de semana entre los fiesteros más aguerridos. Decidió darse una vuelta por uno de los lugares paradigmáticos de la bohemia santiaguina, el bar La Cucaracha, ubicado a pocos metros de donde se hallaba. Hizo dos cosas, la primera fue deshacerse de su indumentaria de sikh y guardarla en su mochila, y lo segundo fue informar por mensaje de texto a su jefe y al turno nocturno de Investigaciones hacia dónde se dirigía.

  Una vez adentro de La Cucaracha, que se hallaba casi lleno de comensales ya que se había puesto de moda y solía llegar gente del medio artístico, ordenó una sangría y se instaló solo en una mesa pequeña. Eligió un rincón discreto lejos de la puerta. No faltaban cantantes, en ese momento se prodigaba un ciego conocido por sus aceptables versiones de tangos clásicos, acompañado de su propio acordeón. Nadie se fijó mayormente en Hari, no era un habitué pero no desentonaba en ese ambiente, con su aire de funcionario aunque levemente extravagante, barba negra y pelo largo en coleta, atado con una cinta discreta.   

  El ambiente era típico de los bares chilenos, lleno de gente, un televisor en un rincón alto mostrando un partido de fútbol cualquiera, grupos de hombre hablando a gritos y riéndose de cualquier cosa, un continuo desplazamiento de garzones malhumorados llevando jarras de schop, platos con perniles, completos italianos (palta, mayonesa y tomate), bandejas de quesos, sangrías y otras menestras. Nada de eso lucía demasiado atractivo desde un punto de vista gourmet, sobre todo para el detective quien, como practicante de yoga, era vegetariano. Seguía llegando gente, el local se iba a abarrotar.

Al rato dos mujeres se le sentaron en la mesa, no había más espacio en La Cucaracha. Le explicaron con grandes sonrisas que si no consumían las podían echar del local, por lo cual Hari accedió a compartir su mesa. Pidió sangría también para ellas, siempre que le ayudaran en algo. Sabía cómo manejarse en tales situaciones. Las mujeres de pago solían pedir tragos caros por los cuales conseguían alguna propina de parte de los bares. No se inmutaron en todo caso, pensando sacar provecho de tal pedido de un favor. El detective sacó un par de fotos de Román y se las mostró. Ando buscando a un amigo, les dijo en tono neutro.

  Las mujeres públicas chilenas rara vez hacen la pregunta obvia, o sea averiguar si el que interroga es de la policía. Al revés, sin pensar en nada miraron las fotos con desinterés y ambas negaron haberlo visto nunca. Ellas venían con frecuencia a ese local, afirmaron, y en otros bares tampoco lo habían visto. Hari les volvió a preguntar: si estuviera vestido de mujer, ¿podrían reconocerlo? Ah, es un travestí, dijo una, y dirigiéndose a la otra señaló que ni aun así le parecía cara conocida. La otra repitió lo mismo. A Hari le quedó la duda si no se habrían puesto de acuerdo. En todo caso prefirió no insistir. Por otra parte, lo que le habían informado no ameritaba propina.

  No conociendo a nadie de los comensales como para seguir preguntando, Hari decidió retirarse del bar La Cucaracha y hacer un par de preguntas al barman al momento de pagar. El hombre lo ubicaba como un cliente eventual y sabía que Hari era de Investigaciones. Fiel a la norma de esos lugares de colaborar con la autoridad, accedió a mirar las fotos. Le aseguró que ese señor nunca había andado por allí, y menos vestido de mujer, ya que los travestís no se acercaban al bar. No les permitían la entrada desde que alguna vez se armó una trifulca monumental como producto de un ataque de celos entre transgéneros. Intervino la policía y se llevaron presos a varios/varias, ya que la pelea se hizo colectiva entre los partidarios de uno/una o el otro/otra. Le explicó a Hari que ahora ni siquiera necesitaban reprimirlos, simplemente no llegaban.

Hari Premsingh dio por finalizada su jornada. Tendría que buscar por otro lado. Todo el día siguiente lo ocupó en consolidar la info en las redes sociales y los sitios de periodismo de farándula o empresas patrocinadoras. Se encerró en su oficina con su computador provisto de una pantalla de alta resolución, su tablet y su teléfono portátil. Comprobó la identidad de la víctima. Se percató que el occiso se movía en medios bastante sofisticados. Consiguió una buena cantidad de fotos de Román en su caracterización de Romina. Se fijó junto a quienes se colocaba. Tendría que acercarse al medio farandulero. Conocía levemente a algunos ejemplares aunque dudaba de su capacidad para acceder a ellos. Se comportaban como un grupo cerrado, casi una tribu, si no fuera porque se aborrecían  y envidiaban entre ellos. Algo los unía: cuidaban que nadie les disputara sus importantes ingresos, sobre todo los de la TV, que ganaban bien. A ellos iba buena parte del dinero de la publicidad, siempre dispuesta a gastar en lo más vulgar en la medida que tuviera buen rating.

Había pasado la época en que primaba la dignidad del artista. Ahora todos arrendaban el rostro y el nombre para promover cualquier cosa, siempre que les pagaran bien. Era un medio difícil. Hari optó por recurrir a una amiga suya. Había sido su eventual polola, una ingeniera y empresaria algo mayor que él y que se dedicaba al yoga para mantener a raya la figura. Se llamaba Fernanda Wilson y se movía en el medio chileno más refinado, tanto en lo social como cultural, con buenas relaciones también en la parte internacional. Hasta donde Hari sabía, Fernanda arrastraba un romance al parecer un tanto borrascoso con un diplomático sueco. El detective sabía que su amiga tenía tendencia al melodrama y no la tomaba demasiado en serio. De todas maneras a él le gustaban su humor y su optimismo, aún dentro del discurso quejoso que ella solía enarbolar, y que fue el que hizo fracasar su relación. Ella quería llamar su atención y él andaba en otra.

 Se reunió con Fernanda en el café que había sido testigo de su relación, en Lyon con Eliodoro Yáñez, cerca del centro de yoga. Llevaba las mejores impresiones con las fotos del occiso en su rol de Romina, por si su amiga podía reconocerla o bien a algunas de las personas que le rodeaban. Esperaba que respecto a ciertos rostros famosos, ella pudiera facilitar un contacto. Llevaban tiempo sin verse y se saludaron con cariño. Tras una puesta al día más bien superficial de sus respectivas vidas, Hari fue directo al grano. Desplegó para ella su material y le explicó someramente la investigación en que andaba inmerso.

Fernanda le dijo que era una cara bien conocida en la farándula, el travestí mejor recibido por su belleza y por su cultura. Casi el único aceptado, acotó, no son bien vistos, la sociedad chilena es pacata a todo nivel. Muchos transexuales se hacen los progresistas pero visten como gerentes. Sin embargo, a ella le parecía que Romina no disfrutaba demasiado de los eventos a los cuales asistía con tanta fruición. Agregó algo que dejó perplejo a Hari: estaba segura de que, como a alguna gente seleccionada, a Romina le pagaban por asistir. No sabía en qué otra cosa trabajaba, aún cuando lo que gastaba en ropa y zapatos era bastante. No siempre lo de mejor gusto pero caro. Las joyas que usaba tampoco eran de lo más fino, aunque se trataba de bisutería de calidad, no la más barata.

El tema de los perfumes fue interesante para Hari. Su amiga pudo reconocer dos marcas en las muestras recogidas por Hari, mejor dicho dos variedades de Versace y Giorgio Armani aunque, le advirtió, perfectamente podía tratarse de regalos de las compañías, que en los eventos de farándula se prodigan entregando muestras y a cierta gente, y algo más que eso. Fernanda le pidió que le permitiera verificar en tiendas de perfumes y que le llamaría si estaba equivocada en algo. De lo que estaba segura era de que se trataba de perfumes top.

Ante la pregunta del detective, Fernanda respondió que no sabía si Romina estaba emparejada, al menos ella no recordaba haberla visto acaramelada con alguien. No obstante, sí le podía ayudar en algo más. Tenía una amiga que era productora de matinales en un canal de TV y otra que trabajaba como ingeniera jefe de una compañía que prestaba servicios a las cadenas internacionales. Eran ellas justamente quienes la invitaban a eventos. Les iba a preguntar si conocían algo de la vida privada de nuestro personaje.

Al día siguiente, sábado, Hari no logró avanzar demasiado en su investigación, y recién el domingo en la noche Fernanda le telefoneó para comunicarle que había contactado a sus amigas de la televisión y que Romina, reconocida como un travestí de élite, no parecía tener novio ni nada por el estilo, y se corría incluso la broma de que más bien parecía un cura, o mejor una monja, dadas las circunstancias. Era un chiste que a Hari le sonó significativamente macabro. Su amiga había quedado en averiguar más, pero para Fernanda sus comentarios eran confiables. Ella le hizo saber además que su identificación de los perfumes era correcta.

Conclusión preliminar de Hari: no había por el momento indicios de un crimen pasional, en la medida que en la farándula no se tenía noticia de una disputa por las preferencias sentimentales de Román/Romina. Nada de eso lo facultaba para descartar ese factor por el momento, se repitió y así se lo hizo saber a su jefe en Investigaciones, cuando a la mañana siguiente, día lunes, se reunió con él para reportarle sus avances. Pero así fue también como se enteró de un par de factores interesantes que apuntaban a acelerar la inminente resolución del caso.

El primero fue que los detectives Pérez y González no habían logrado aún acusar a nadie, pero se hallaban en poder de una breve lista de delincuentes habituales en la zona, a quienes iban a aprehender ese mismo día, para someterlos a identificación visual por parte de los inquilinos del edificio donde se había producido la muerte del señor Hofer Bargas. Era posible que alguien los hubiera visto entrar, al momento de los hechos o antes.

El segundo factor, bastante sorprendente, fue que el informe de los forenses afirmaba, de manera aún preliminar, que el seminarista no habría sido asesinado por mano ajena sino que se habría él mismo infringido las heridas y violencias que le arrebataron la vida; en otras palabras, habría cometido suicidio. Faltaba ver sobre todo cómo había podido actuar contra sí mismo en circunstancias que tales formas de morir, por apuñalamiento múltiple y envenenamiento por gas y substancia tóxica, provocan tal grado de dolor que difícilmente llevan al éxito en lograr su fin.

Hari Premsingh pensó rápido y pidió reunirse en el acto con los detectives Pérez y González, que al inicio se resistieron, no les gustaba que nada interfiriera en su avance arrollador hacia la solución de un caso, sobre todo que estaban en lo suyo: la aplicación de los procedimientos tradicionales del servicio: identificación, interrogatorio, probatorio, confesión y el resto; y la oportunidad de acusar a auténticos delincuentes. Fue finalmente el jefe quien los obligó a juntarse en su propia oficina para coordinar las acciones.

Hari tomó la palabra y les dijo a sus colegas:

“El occiso señor Román Hofer Bargas era un estudiante del seminario pontificio, un fututo cura, pero llevaba una doble vida como travestí de alta sociedad, se movía en el seno de la farándula nacional. Tenía muchos amigos y amigas pero, hasta donde he podido averiguar, no estaba afecto a relaciones sentimentales conflictivas que pudieran señalar sospechosos, digamos enamorados despechados o algo por el estilo. En otras palabras, que alguien pudiera haberlo asesinado con la bronca que suele ser privativa de los crímenes pasionales.

“De confirmarse la tesis del suicidio propuesta por los forenses, prosiguió Hari, tesis compleja aunque factible ya que se han presentado casos similares en nuestro país, suicidio provocado por remordimientos ante la vida disipada que llevaba, junto con dudas religiosas y cuestionamiento existencial; y de confirmarse la tesis del robo, que los colegas tan brillantemente han llevado adelante, les puedo dar el siguiente dato: toda la ropa de mujer del occiso, así como diversos accesorios de uso femenino, desaparecieron del departamento.

“Los ladrones pues, completó Hari su parlamento, ya que no asesinos según la evidencia disponible hasta este minuto, son aquellos en cuyo poder se hallaren tales prendas amén de joyas, perfumes y otros elementos. Es posible, por medio de un archivo fotográfico que he logrado construir, identificar tales prendas y accesorios como pertenecientes al difunto señor Hofer, Más aún, estimados colegas, me atrevo a inferir que la víctima se hallaba sometida a un proceso de chantaje por parte de aquellos individuos u otros. Al respecto hay en sus cuadernos personales, o diarios de vida si quieren llamarlos, referencias a una situación horrible que lo estaba agobiando, sin proporcionar detalles por cierto, pero factibles de interpretar en ese sentido. Repito, parece haber habido un chantaje. Una amenaza de denunciarlo como travestí.

“Finalmente, infiero que es posible que el robo de su ajuar femenino haya gatillado en el señor Román Hofer Bargas, novicio, la trágica decisión de suicidarse, causándose a sí mismo los peores sufrimientos, un autocastigo por su caída en el grave pecado de fraude sexual”.

El jefe dio por terminada la breve reunión con instrucciones perentorias a sus subordinados de proceder conforme a las evidencias obtenidas, señalando expresamente a los detectives Pérez y González que todo el procedimiento debía hacerse de allí en adelante con la presencia y colaboración activa del colega Hari Premsingh.

FIN

 

 

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