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En la mira – Eduardo Contreras

 

El hombre me compró en esa vieja armería del centro. Durante algún tiempo no volví a ver su rostro pálido,  con su largo pelo ensortijado y su barba roja. Era el más joven de los dueños que he tenido. Desde entonces estuve guardado en el  armario de esta casa, hasta hace poco.

Recuerdo que me sacaron por primera vez una noche ruidosa. En esa ocasión conocí a la mujer, antes la había escuchado gemir y a veces gritar, sobre todo por las noches cuando sus voces se entremezclaban, pero la mayor parte de las veces la escuchaba llorar, supongo que de día, cuando solo se escuchaba su voz. Venían juntos de la mano. Ella tenía un tirante de su vestido rojo caído, dejando ver su hombro blanco e insinuando uno de sus senos. Él tenía el pelo aún más revuelto, como si hubiera peleado, solo llevaba pantalones. Los dos se tambaleaban, y dando tumbos bajaron la escalera hasta la puerta. Al pie de la escalera tomó su chaqueta de un colgador, y me metió en uno de sus bolsillos, pero antes alcancé a verla despidiéndolo en la puerta, descalza, mostrando sus piernas con medias negras y sus zapatos de tacón.  Después sentí el ruido seco de la puerta de un auto que se cerraba de golpe.

Cuando volví a ver la luz me mantenía apuntando a un tipo joven y mal agestado.  El fulano tenía las manos en alto, luego bajó una de ellas lentamente hacia la gaveta del escritorio que lo separaba de nosotros. Con ritmo calmo sacó un paquete de plástico con un polvo blanco en su interior. El hombre lo tomó de un manotazo, sin dejar de apuntar con mi cañón hacia la cabeza del aquel desgraciado.

Regresé a la oscuridad de su bolsillo hasta que regresamos a la casa. Iba apurado, casi corría cuando bajó del auto. Trepó a saltos por la escalera hacia el segundo piso, al llegar a su habitación me sacó de la chaqueta y me dejó arriba del armario. Desde ahí vi cómo se desnudaba. Ella estaba en la cama, tapada. Al escucharlo se enderezó sobre la almohada, sacó los cobertores y tomó un vaso con licor desde la cómoda. Lo bebió de un trago y luego también comenzó a desnudarse, pero más lento, sin la prisa de él. Se sacó el vestido y dejó que la luz de la lámpara le acariciara esos grandes senos blancos. Luego se sacó las medias, después el calzón, y se tendió de espaldas en la cama.

El hombre tomó el paquete con polvo blanco y dejó caer parte del contenido sobre el estómago de la mujer. Luego con una tarjeta plástica alineó ese polvo formando rayas, se agachó sobre ella y tapando un lado de su nariz comenzó a aspirarlo. Después se invirtieron los papeles y él se tendió de espaldas, ella echó una hilera de esas partículas, partiendo desde el ombligo del hombre hasta llegar a su entrepierna, después aspiró siguiendo esa misma dirección, y permaneció con la cabeza en el final del trayecto. Durante largo rato su cabellera negra ondulada se balanceó al compás del los movimientos de su cabeza, él le agarró la testa con las manos. Después ella se sentó sobre él dándole la espalda, sus caderas se mecían en una cadencia ondulante. Esos movimientos se fueron acelerando hasta que el hombre se comenzó a quejar y finalmente gritó.

Permanecí sobre el armario un par de días, y comprobé que casi todo el tiempo el hombre y la mujer seguían desnudos, revolcándose de distintas formas, bebiendo alcohol o aspirando esos polvos albos.

Al segundo día llegó otro hombre con una maleta. Ellos se habían vestido para recibirlo. El hombre y el visitante entraron abrazados a la habitación. Se palmoteaban las espaldas y ella los miraba desde la puerta. La pareja sacó algunas de sus cosas del armario y el visitante comenzó a guardar las suyas. En ese momento me vieron y mi dueño me tomó. Nuevamente fui a parar a su bolsillo, y de ahí al cajón de un velador de otra habitación de esa casa, en la que me quedé con ellos desde entonces.

No volví a ver a nadie más hasta hoy. El hombre me sacó temprano. Estaba vestido de traje, incluso con sombrero, se había afeitado su barba colorina, eso le daba un aire distinguido, como el de alguno de mis primeros dueños. Me metió a un maletín, y no salí de las tinieblas hasta que mucho rato después, y en otro lugar, me sacó para descargar uno de mis calibres 38 sobre la cabeza de un tipo que corría escapando de nosotros. Mi dueño caminó hacia él y antes de que me volviera a guardar, vi como sacaba gruesos fajos de billetes de la ropa de ese cuerpo desmadejado.

Desde el maletín escuché el motor del auto ronroneando por las calles, ruidos de puertas y gente que subía y bajaba. Finalmente sentí como tomaba el maletín, y nos balanceamos mientras sonaban sus pasos subiendo por la escalera de la casa. Entonces el movimiento se detuvo, y se hizo el silencio.

Casi no escuché el click de la cerradura del maletín. Su mano entró lentamente, temblaba un poco cuando me tomó. Me deslizó despacio hacia fuera y me apuntó hacia la cama. Ellos no nos habían visto.

Me mantuvo un tiempo apuntándolos. Pude ver como el visitante la penetraba, estaba como sentado sobre ella, y la mujer gemía mientras sus senos se sacudían al compás de los embates del otro hombre. Yacían sobre la misma cama en la que yo la había visto con mi dueño, enredados en abrazos sudorosos.

Me di cuenta que apuntaba hacia el remolino de sus largos cabellos negros. Sonó fuerte el primer disparo y un chorro de sangre saltó desde la frente de la mujer y cegó los ojos del visitante. Él saltó de la cama limpiando sus ojos y trató de esconderse lanzándose al suelo. Todavía iba en al aire cuando el segundo disparo le dio en la espalda y lo volteó haciéndolo saltar con una pirueta.

Mi dueño se dejó caer en una silla, frente a la cama, y los contempló por largo rato. Me dejó sobre sus rodillas y desde allí pude ver el cuerpo de ella, desnudo como casi siempre lo había visto, pero ahora inerme, sus redondeces ya no se estremecerían con los movimientos de sus caderas. Detrás de la cama, en el suelo, asomaban las piernas peludas del visitante, como flotando sobre el charco de sangre.

Sentí a mi dueño estremecerse con convulsiones, y después le escuché un gemido, largo y agudo, muy distinto a los que emitían ella y él cuando estaban en la cama. Luego me levantó apuntando hacia su sien.

Ahora desde el suelo solo veo sus zapatos sobre los que la sangre va formando una pasta. La policía no tardará en llegar, lo sindicarán como asesino y suicida. Pero yo que he visto mucha gente y bastantes muertes, sabía que ella iba a decidir cuándo y cómo llegar al final. Las mujeres hermosas de vestido rojo y medias negras no se dejan quemar de a poco, prefieren arder de una vez.

 

 

FIN

 

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Eduardo Contreras Villablanca. Nació en 1964 en Chillán. Es Ingeniero Civil Industrial, MBA y Doctor. Profesor  de la Universidad de Chile (Ingeniería). Miembro del Taller de Poli Délano desde el 2007. Ha publicado cuentos en diversas antologías. Su novela policial Don´t Disturb: Crónica de un encuentro en Cartagena de Indias recibió el Premio de la Municipalidad de Santiago y fue publicado el 2005 por Mago Editores. El 2015 publicó su segunda novela,  Será de Madrugada, con la editorial CEIBO.

 

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