Los berrinches del poeta – Wilberio Mardones

 

Yo, Wilberio Mardones, librero, y un amigo escritor, Mauro Yberra, llevábamos algunos años frecuentando a nuestro común ex compañero de colegio Gustavo Rivas Kelly y teníamos el pálpito de que se hallaba maduro para una explosión existencial. No sabíamos bien hacia dónde iba a apuntar el estallido, aunque no nos importaba demasiado. Nos habíamos transformado con la edad en unos cínicos, en unos observadores de pájaros y árboles, en unos francotiradores (al propio Rivas Kelly, que era bastante perseguido, le gustaba salpicarnos de ese epíteto); en otras palabras, nos hallábamos con cada vez mayor asiduidad dispuestos a prescindir del resto de la humanidad. El tema le molestaba bastante al irascible Gustavo, quien como tenía estudios de psicología y filosofía, aunque incompletos, andaba con frecuencia haciendo confusos razonamientos acerca de la amistad.

 

Bueno, en general Yberra y yo no elucubrábamos sobre la amistad sino que la practicábamos. Pero no nos salgamos de la historia. Una historia ramplona es la que deseo registrar, tal vez sea interesante para alguien, aparte de nosotros bien entendido. En los últimos tiempos Rivas Kelly había empezado a mostrar comportamientos erráticos que si bien no nos parecían inhabituales, ya que solía desplegarlos de vez en cuando, su frecuencia y su extravagancia sí nos parecían inéditas. De repente le dio por bombardearnos con poemas. Al principio lo tomamos a broma pero nuestro ex compañero no mostró ni una pizca de humor al respecto. Se emputeció y comenzó a enviarnos agresiones. Exigía, tanto de mí como de Yberra, que éramos novelista y librero respectivamente, como se ha dicho, una opinión seria y fundamentada sobre sus versos. Por algo éramos algo así como profesionales de la literatura, según él.

Nos resistimos al unísono. Yberra argumentó que él sólo escribía novelas policiales, la poesía le daba lata, con excepción de ciertas predilecciones sumamente particulares y a las cuales volvía una y otra vez: el Huidobro de Altazor, Borges, el Neruda de Canto General, García Lorca, algo de Vallejo y pare de contar. Yo le informé a nuestro amigo que a veces vendía libros de poesía y siempre la mejor y que mis criterios apuntaban muy alto, por lo cual no estaba en condiciones de evaluar poesía desconocida, por más que fuera de un apreciado camarada como él. Criticar poesía no es lo mismo que catar un vino tinto o una cerveza de trigo entre amigos, fue mi frase. Igual que Yberra, me manifesté incompetente para analizar los poemas de Rivas Kelly.

Concordamos con Yberra en que como preludio a una potencial explosión hacia afuera, Gustavo se hallaba, hacia adentro, en plena implosión. En otras palabras, un acceso de creatividad lírica estaba combustionando en su interior, catalizado por algún hecho externo que desconocíamos o bien por los estragos que la edad provoca en órganos, glándulas y cañerías corporales. El hecho externo podía ser un nuevo romance, real o imaginario. Rivas Kelly, valga señalar, era una suerte de Casanova criollo, andaba continuamente enredado en un laberinto de conquistas y derrotas, remotas o recientes, amén de sus correspondientes reconquistas, todo ello con mujeres idealizadas que compaginaban sensualidad desbordante con ingenio intelectual, y que eran capaces de seguirlo tanto en sus hazañas amatorias como en sus arrestos dialécticos.

Cuando andaba corto de romances nuevos contaba algunos antiguos remozados, de lo cual nos dábamos cuenta pero se lo perdonábamos, por algo nos pretendíamos sus cómplices. Entre paréntesis, Yberra y yo actuábamos de la misma manera el uno respecto al otro, no andábamos buscándole explicación a todo. Al mismo tiempo que empezó con su diarrea poética, Gustavo nos hablaba de un romance con una turca desenfrenada, aunque tal vez eso se debía a que miraba unas teleseries que estaban de moda y que tanto Yberra como yo desconocíamos. No es ocioso apuntar además que estaba padeciendo alguna misteriosa enfermedad, de la cual no daba detalles pero se le veía deteriorado, macilento, pálido, con un aliento horrible y los ojos capotudos. Se le notaba enfermo, aún cuando por la falta de información objetiva bien podía tratarse de males imaginarios o simplemente la caña mala.

Volviendo a la poesía, Rivas Kelly no se conformó con nuestras coartadas. Insistió en obligarnos a opinar. Deslizó el concepto de que nuestra denegación a comentar sus poemas se debía a que queríamos hacerle la Ley del Hielo (lo puso así, con mayúsculas) y que tal cosa era contraria a la Amistad (mayúsculas también) que le habíamos brindado en los últimos años. Tras décadas con escaso contacto, vale señalar. Yo me mantuve en mis negativas aduciendo ignorancia, sumada a insensibilidad frente a la poesía. Yberra, más conciliador, le insinuó que prosiguiera en su línea de pensamiento filosófico, lo que le salía mejor. Pero Rivas Kelly insistía en que debíamos decirle si su poesía era buena o mala. Nos obligaba la Amistad, esto último reiterado.

Aunque yo era el menos indicado, le mandé un correo electrónico despedazando sus poemas. Lo hice de cabreado. Le escribí que no me quedaba en claro si su poesía era en serio o en broma, que veía más entusiasmo que oficio literario, lo cual requería inspiración, trabajo y humildad, demandaba mucha autocrítica y revisión. Le hice notar que no veía una preocupación por las palabras en sí, esencial en poesía y que tampoco percibía un uso consciente de figuras literarias básicas para construir poemas, que todo fluía como salido de las rutinas cotidianas en el uso del lenguaje, de la superficie y no de las honduras, de la tincada y no de la cultura. Tal vez lo más cruel que le puse fue que los poemas parecía a ratos confesiones de un adolescente tardío o de un viejo cochino, con abuso de imágenes poco sutiles, demasiado con los sueños y las nostalgias, temáticas de poetas novicios. Lo acusé de falta de pudor, de poca rigurosidad…

Como es de imaginar no le cayó nada de bien el comentario. Se enfureció, literalmente. Yberra opinó que yo me había excedido aunque debió reconocer que no responderle habría sido peor. El paso siguiente de Rivas Kelly fue una seguidilla de invectivas lanzadas por el correo electrónico que, como se sabe, suele dejar poco margen para la reflexión y se escapan cosas que no se hubiera querido que salieran. Pues Gustavo se lanzó a prodigar insultos contra Yberra y contra mí. Como era un tipo poco ingenioso por escrito, carente de recursos retóricos para utilizar ironías o dobles sentidos, se manifestó a través de epítetos más bien gruesos.

A mí me extrañó su salida de madre si bien no tanto, con toda franqueza. Yberra, que frecuentaba a Rivas Kelly más que yo, trató de justificarlo:

–En Gustavo hay algo oscuro. Eso oscuro le suele manar cuando bebe en exceso, lo cual no ocurre con frecuencia, no es propiamente un alcohólico, pero sí un curado mañoso. En ciertas ocasiones no necesariamente etílicas, me imagino que cuando anda agobiado por algún fracaso sentimental, recurre a mí –me confió Mauro Yberra.

–¿Por qué a ti? –le pregunté.

–Me temo que soy su único amigo al cual puede confiar sus cuitas más secretas y profundas…

–¿Todas? ¿Incluso aquéllas?

–No todas –repuso mi amigo escritor–. Pero sí algunas particularmente calamitosas.

–Es un hombre de fracasos, ¿no es así?

–Pues sí, de múltiples y hondos fracasos. En muchos planos, según él mismo. Por eso creo que esa crítica demoledora que le hiciste, Mardones, perdona que te lo diga crudamente, fue inoportuna, denigrante y desubicada, no se me ocurren más adjetivos por ahora. Me temo que se te pasó la mano. Lo has dejado devastado…

–Pues lo siento. Reconozco que estuve un tanto rudo. No soy más que un comerciante, a veces me pongo despiadado. De todos modos él se lo buscó, ¿no?

–En cierta manera sí –reconoció Yberra.

No tuvimos noticias de Rivas Kelly por un buen tiempo, lo que mostraba que se hallaba enojado con nosotros. No sólo conmigo sino también con Yberra a juzgar por un insultó que le largó. Me refiero a aquello de sacarle en cara la “sangre de horchata” por su carácter conciliador. Es un insulto fuerte en cierto contexto y un lugar común bastante anticuado. Gustavo había querido decirle a Yberra que no había tenido huevos para defenderlo. Se ponía así en el centro del cuadro, ya no era una discusión digamos literaria sino un cuestionamiento a él como persona y al concepto de amistad.

Fue por su único hijo que supimos que había desaparecido. El joven Luciano Rivas era lector de Yberra y aficionado a los libros, sobre todo los de ciencia política, de modo que nos ubicaba como amigos de su padre. Afirmó que Gustavo se había largado de casa de un día para otro, argumentando someramente que necesitaba unas vacaciones de su trabajo de jefe de personal en una empresa familiar. Dicha empresa era de propiedad de un hermano suyo que lo tenía en ese puesto para ayudarlo y también porque cumplía con la pega. Una pega fácil, como decía el propio Gustavo, la gente no era conflictiva en esa pequeña industria, metalúrgica digamos de paso.

–¿Hacia dónde partió? –le preguntamos a Luciano un día que se juntó con nosotros para un café, tanta era su preocupación.

–Bueno, la verdad es que hay bastantes lugares posibles, al menos dentro del país –mencionó varias ciudades menores en el sur (Curicó, Santa Cruz, Licantén) y algunos balnearios y lagos remotos de nombres impronunciables.

–¿Por qué esos lugares? –inquirí.

–Pues creo que por sus conquistas, a menudo son unas viejas provincianas más o menos extraviadas…

–Pues tenía entendido que le gustaban sólo las damas refinadas –volví a intervenir.

–Tu padre le hace a todas, con tu perdón Luciano –terció Yberra.

Nos reímos a pesar de lo dramático de la situación,  Luciano se explayó:

–Mi madre sabe de eso pero no lo toma demasiado en serio, ella vive su vida, ustedes saben que es profesora parvularia, socia de un jardín infantil y tiene bastante trabajo. Creo que hay que buscarlo –nos planteó el joven Rivas– para eso me he reunido con ustedes.

–Me temo que vamos a tener que conseguir ayuda profesional –intervino Yberra–, tal vez puedo escribir cuentos de detectives pero de pesquisas reales no tengo mayor idea. Además carezco de tiempo para dedicarme a una búsqueda prácticamente a ciegas como la que tenemos delante…

–¿Se les ocurre algo? –pregunté–. Siento que estamos obligados a ayudar a nuestro amigo y padre de este muchacho. Sin embargo tampoco tengo tiempo –añadí–, eso es definitivo, habría que viajar y no puedo abandonar la librería.

–Tal vez quieren decir que hay que servirse de un detective profesional –nos consultó Luciano–. No conozco a ninguno.

–Déjame averiguar –respondió Mauro Yberra–. Hay un antiguo compañero nuestro… Mardones, quizá te acuerdas –me dijo– de Aníbal Barranza, que es abogado y socio de una compañía de seguros. Le he escuchado decir que contrata a detectives para descubrir fraudes, perseguir a deudores y otras actividades de esa calaña. Tal vez nos pueda recomendar a alguien. Barato además, le gusta pagar poco.

Me acordaba de ese compadre. Concordamos que lo mejor era buscar alguien competente aunque Yberra tenía serias aprensiones sobre Barranza, era un resto mafiosillo. De todos modos, nos sentíamos en parte responsables de la desaparición de nuestro amigo y con contábamos con otras opciones por el momento. Pues fue así como contactamos a Hari Premsingh.

–Vaya nombre –se me ocurrió opinar en cuanto Yberra me hubo dado el dato por teléfono y fijado una nueva reunión en el café con Luciano y el detective. Pero el nombre no era nada cuando lo vimos en persona. Altísimo y flacuchento. Traje blanco y turbante, barba negra tupida y aire místico, alfombra de yoga al hombro y las enormes patas peludas metidas en unas sandalias de cuero. Lo primero que se me ocurrió fue que con ese payaso no íbamos a llegar a ninguna parte. Yberra me miró con cara de pedir perdón por existir. Cuando hablamos me había señalado que Barranza le había asegurado que era bueno en su oficio.

Tras los saludos de rigor más los pedidos de consumo y sin que le preguntáramos nada, Hari nos informó que había trabajado en Investigaciones, la policía civil, pero que había vuelto a oficiar de detective privado y que la empresa donde prestaba servicios, en forma de consultor ya que no era empleado permanente, le permitía utilizar su indumentaria de sikh, que era seguidor de esa religión y practicaba el yoga en su rama kundalini. Después de lo cual se quedó mudo esperando que le ilustráramos sobre el caso en cuestión.

Fue Luciano, más lúcido que nosotros, por cierto, que habíamos quedado medio hipnotizados contemplando a ese ser, quien le contó de la desaparición de su padre y de la sospecha de que había partido tras algunas faldas (pantys sería más preciso) y que había preocupación en la familia, llevaban más de una semana sin noticias.

–Lo normal en esos casos es hacer una denuncia en Carabineros por presunta desgracia –opinó Hari.

–No hemos querido hacerlo todavía –replicó Luciano– porque si llega a reaparecer armaría unos escándalos tan colosales que preferimos evitar esa posibilidad. Ustedes saben el mal genio que se gasta –se dirigió a Yberra y a mí–. Mi madre sobre todo quiere agotar otros medios de ubicarlo antes de tomar medidas extremas.

–Entiendo –dijo el detective–. Pero por mi experiencia en casos similares tiene que haber algo más que un tema de mujeres. ¿Lo andan buscando por deudas, estafas o algo así?

–En absoluto, no –replicó Luciano–. Vivimos modestamente. Los tres de la familia percibimos ingresos que nos permiten pasar bien, una casita propia en Peñalolén, un auto pequeño que compartimos, en fin, no nos falta nada básico. Soy soltero, vivo con ellos. Nos mantenemos lejos de los bancos y las multitiendas, hasta donde se puede. Mi padre sobre todo es un enemigo acérrimo del consumismo.

–¿Alguna onda particular en que andaba el señor Rivas Kelly al momento de su desaparición? –inquirió Hari Premsingh.

–La poesía –se me ocurrió opinar.

–No es una onda nueva, siempre ha andado en eso –me corrigió Luciano–. Es en temas de filosofía donde está con frecuencia indagando y descubriendo cosas desconocidas para él, pasa por etapas…

–¿Recuerda alguna temática reciente en particular? –prosiguió Hari.

–Pues sí –contestó Luciano–. Le ha estado dando muy fuerte al gnosticismo.

–¿Agnosticismo? –intervino Yberra.

–No. Gnosticismo, sin A –dijo Luciano.

–¿Alguien puede explicar de que se trata eso? –tercié, tenía una idea vaga pero me parecía que el tema ameritaba alguna precisión.

Yberra se aprestó como era su costumbre a consultar lo que llamaba “la sabiduría de Internet” en su teléfono celular ultramoderno, pero Hari se le adelantó:

–Es una doctrina originada en la Antigüedad que cree en la búsqueda del conocimiento como la llave para la salvación, aunque no cualquier conocimiento sino uno revelado, capaz de hacer que se alcance la iluminación, el descubrimiento de la raíz del Todo y otros atributos prestigiosos. Fue considerada una herejía durante le Edad Media y sus adeptos sufrieron persecución…

–Bien –intervine, escéptico, sobre todo por el tono de predicador del detective enturbantado– pero, ¿tiene esa doctrina seguidores en la actualidad?

–Pues sí –retrucó Hari–. Hay un considerable repertorio de sectas gnósticas las cuales tienen en común que se consideran poseedoras de libros secretos y misteriosos, de origen alógeno, que guardan conocimientos no conocidos por los comunes. Son conocimientos provenientes de los grandes espíritus de todos los tiempos, incluido Jesucristo, los cuales habría entregado a algunos de sus discípulos…

–Es el origen de los llamados Evangelios Apócrifos, ¿no? –aportó Yberra que había logrado conectarse, vía Google, a la Wikipedia y otras de sus fuentes favoritas de información.

–Volviendo al desaparecido señor Rivas Kelly –centró el tema Hari–, ¿se sabe de algún contacto suyo con el esoterismo gnóstico?

–Pues ahora que usted lo menciona –se expresó Luciano–, efectivamente se andaba juntando con gente de la onda filosófica, incluidas un par de mujeres, pero no sé exactamente quiénes ni tampoco cuáles temas privilegiaban. Tengo demasiadas cosas propias de qué preocuparme…

–No me extrañaría nada que se hubiera metido en ese toque como parte de sus pinchajes –acoté con malevolencia.

–Al contrario, a mí me extrañaría –señaló Hari, hablando como para sí mismo–. La mayoría de las corrientes gnósticas abominan del sexo, de las actividades corporales en general, ya que consideran que el alma se halla atrapada en una cárcel que es la vida terrena. En fin –prosiguió– creo que habría que buscar por allí. ¿Tienen algún lugar, digamos barrio, ciudad o pueblo por donde empezar? Podría empezar a investigar si existen grupos gnósticos activos. En Santiago desde ya los hay, en Investigaciones los tienen detectados como potenciales focos de perturbación social.

–¿Por qué? –se le ocurrió preguntar a Yberra, que tiene propensión a creer en la bondad natural de la especie humana. En aquello discrepamos, por cierto. Aunque esta vez lo apoyé:

–Sí, ¿por qué colgarles el epíteto de terroristas? Son un grupo de pensamiento, me imagino, no le hacen daño a nadie.

–Es la influencia de la jerarquía eclesiástica –murmuró Hari, aunque no elaboró.

–Creo que no vale la pena buscarlo en Santiago, por acá no anda, de eso estoy seguro –tomó la palabra Luciano­–. Ama su cuarto, es su refugio. Tiene que andar más lejos. Mejor buscar hacia el sur. En los últimos tiempos el papá solía ir con frecuencia a Iloca y Pichilemu, por el lado de Curicó, Santa Cruz, no precisaba mucho, según él para respirar un poco de aire limpio.

–¿Aire limpio? –me burlé–, eso está podrido por las emanaciones de las plantas de celulosa.

–Bien, como sea –dijo el detective de turbante–, haré un plan de búsqueda con esa base, sin descuidar el tema de la poesía. Si no me equivoco por allá se practica bastante el género lírico.

–Verdad –saltó Yberra–, tengo un conocido que es el poeta mayor de Pichilemu, hay un novelista de onda ecológica en Licantén, la zona de Pablo de Rokha, y he escuchado hablar de vates diversos que se prodigan durante el verano en las playas.

–Las poetisas también se prodigan a su modo, me imagino –seguí festinando la discusión pero no me pescaron.

–Estamos de acuerdo –dijo Yberra mirando el reloj–. Supongo que habrá que poner recursos financieros.

–Pues sí –respondió Hari–. Honorarios y gastos. No tengo auto y utilizo trenes o buses, me conformo con albergues modestos. Les mandaré un presupuesto. Agradecería también conocer esos contactos en materia literaria, iré a conversar con ellos.

–Mi madre y yo nos haremos cargo de los pagos –señaló Luciano.

–Tranquilo, les ayudaremos –intervine mirando a Yberra, que aprobó.

Se lanzó pues el operativo Rivas Kelly. A los dos días empezaron a llegar correos electrónicos de Hari. Antes le habíamos entregado un fondo para gastos. El más solvente, Yberra, que era socio de una imprenta, puso la plata al contado y nos dio unos días a los demás para cubrir nuestros aportes. Quedamos en que el detective buscaría a nuestro amigo por una semana máximo y, si no había resultados, entregaríamos el tema a la autoridad policial. No podíamos eternizar una pesquisa como en las novelas; al revés, teníamos que ponerle límites.

Desde Curicó, Hari informó que había contactado a varios círculos poéticos, bastante activos, organizaban recitales e incluso publicaban modestos libros. En uno de ellos, formado por poetisas de diversas edades, más bien feministas, conocían a Gustavo pero no lo veían hacía tiempo. No había andado por allí en los últimos días, al menos que ellas supieran. Hablaron maravillas de él. Esperaban su visita, sin fecha precisa. El detective se las había arreglado para hacer creer a las poetisas que simplemente quería conocerlo.

Hari nos contó también que tenía un conocido en la ciudad, antiguo colega en Investigaciones que lo puso al tanto, extraoficialmente por supuesto, de que había varios grupos esotéricos en Curicó, sobre todo los dedicados a la teosofía y el yoga. En general bastante tranquilos, uno que otro pito de marihuana pero sin escándalos. No daban jugo, en sus palabras. Nunca habían escuchado hablar de los gnósticos en Investigaciones, aún cuando Hari tuvo que explicarle la diferencia con los agnósticos. Había también masones, rotarios y leones en la ciudad, pero ésa era gente de orden, había entre ellos incluso miembros de las fuerzas armadas, poder judicial y concejales. Médicos también por supuesto.

De modo que Hari había rastrillado y descartado en un día a Curicó, capital de provincia, y se había desplazado hacia Santa Cruz, otra de las débiles pistas disponibles, un pueblito cercano a San Fernando, otrora campesino y discreto, más bien rasca, que había subido de pelo gracias a un conocido magnate del armamento. Contaba con atracciones del tipo hoteles, casinos y clubes, hasta un zoológico, que eran del gusto de nuevos ricos, el medio pelaje nacional que había prosperado con las privatizaciones y la  economía de libre mercado.

Hari se había acercado al hotel, siempre con el cuento de que buscaba a un amigo y pudo constatar que Rivas Kelly había estado allí hacía poco y se había entrevistado con el dueño del hotel, un testaferro del empresario de armamentos. Aquel hotelero había sido correligionario de nuestro ex compañero de colegio, el cual había militado en un partido de izquierda llamado MAPU, una escisión progresista del importante Partido Democratacristiano chileno. El fabricante de armas había financiado en su momento a partidos políticos contrarios a Pinochet.

El hotelero le dijo que Gustavo había pasado sólo a saludar y que se había movido al interior, manifestando deseos de visitar Licantén y los pueblos de la costa, andaba al parecer en una suerte de terapia ambulatoria, un retiro peripatético, según él mismo lo había confesado. Todo bien, excepto que el hotelero le había parecido que el señor Rivas Kelly no esta enteramente en sus cabales. De modo que, nos escribió Hari, si quieren puedo llegar hasta aquí no más en la búsqueda. Ya sabíamos, entonces, que nuestro amigo y padre (el detective nos escribía correos colectivos) fue visto vivo por un testigo confiable. Aunque, en su opinión, si se hallaba con algún trastorno del comportamiento (fue crudo al ponerlo así), él pensaba que era mejor ubicarlo físicamente.

–Ese Hari Premsingh no tiene autoridad moral para tratar a alguien de trastornado, que se mire él mismo al espejo –le comenté a Yberra cuando nos juntamos a almorzar para analizar el avance de la pesquisa.

–No te subas por el chorro, Mardones –me dijo mi amigo Yberra–, mejor atengámonos a lo concreto. A mí me parece que es mejor que el detective siga adelante, tal vez Gustavo anda enloquecido y puede hacer quién sabe qué pilatunada. Si te parece le ponemos un correo a Hari de inmediato desde mi teléfono… Que siga adelante.

Estuve de acuerdo y al poco rato llegó la respuesta positiva del detective, que se estaba desplazando hacia Licantén, Iloca y Vichuquén. También se manejaba con un teléfono de última generación y una tablet. No nos entregó detalles pero tenía una pista vaga, se la habían dado en Carabineros, acerca de un grupo de viejos locos, antiguos académicos y trotamundos, caballeros inofensivos por cierto, que podían ser los gnósticos que buscábamos. Operaban en Vichuquén pueblo, no en el lago. No conocía el lugar pero ya se informaría al respecto.

Esa misma noche nos llegó desde Licantén un mensaje. Hari se había reunido con el novelista que Yberra conocía, un prohombre local, quien le había obsequiado sus libros y a cambio de su aprecio por la literatura le había contado que efectivamente había un grupo filosófico en Vichuquén. Un trío de hombres cultos. Al escritor lo habían invitado un par de veces a sus tertulias. Abordaban muchos temas, no sabía si el gnosticismo, aunque en los últimos tiempos andaban transmitiendo sobre un misterioso Libro, con mayúscula, que uno de ellos había traído desde Egipto. El escritor había congeniado con el detective de turbante, lo había alojado en su casa de Iloca y al día siguiente lo llevaría hasta Vichuquén, donde había una feria de libros y un encuentro de artistas plásticos. Se celebraba un nuevo aniversario de la fundación del pueblo y se había organizado un repertorio de eventos.

De modo que Hari Premsingh había avanzado. Ya tenía tres nombres, los de tres viejos veraneantes asiduos a Vichuquén: un arquitecto especializado en restauraciones, un veterinario melómano que se autodefinía como “doctor en tangos”, y un profesor de castellano experto en etimología. Todos ellos eran aficionados a la filosofía clásica, la historia antigua y los ásperos mostos de la zona. Habían sido también miembros históricos del mencionado partido MAPU, según le había informado el escritor de Licantén, de modo que era muy probable que fueran conocidos de nuestro desaparecido amigo. Faltaba ver si Gustavo Rivas Kelly se hallaba con ellos para cerrar el círculo de esta sencilla pesquisa detectivesca.

Ese mediodía Hari nos escribió para señalar que Vichuquén estaba muy entretenido, que lo habían recibido como el profesor de yoga que al parecer alguien les había ofrecido a las pirulas aburridas y a las dueñas de boutiques. Se vio gratamente obligado a hacer una clase. Le pidieron más, por supuesto. Hari había visto en acción a los viejos gnósticos, tomando café frente a la plaza con sus caras arrugadas mirando la placa que recordaba la fundación de Vichuquén, en plena conquista hispánica, a cargo simultáneamente de un cacique mapuche local y un encomendero español. Una rareza en este país de racistas. El señor Rivas Kelly no estaba con ellos en ese momento, nos informó. Nos pidió que nos reuniéramos entre nosotros en Santiago, ya que iba a hacer una conexión por skype hacia las cuatro de la tarde.

Nos movilizamos prontamente. Luciano, el hijo de nuestro amigo, se nos unió y a la hora señalada estábamos todos en la librería esperando ver la cara de Hari en la pantalla de mi laptop. Tras unos cuantos titubeos la conexión se estabilizó y el detective nos habló. Se hallaba en una plaza, la pantalla mostraba muchos árboles, soplaba viento y volaban hojas. Al fondo se percibía una edificación baja con balcones de madera, tipo casa chilena que le llaman. Nos dijo:

–Atrás mío está el café de moda por acá. En la terraza se hallan los gnósticos. Me parece que nuestro hombre está sentado con ellos. No saben que los tengo en cámara. Voy a mover la pantalla para que queden al centro y haré un zoom para que puedan verlos mejor… Acomoden vuestra pantalla.

Lo hice, con ayuda de Luciano. El joven Rivas fue el primero en decir:

–Ahí está mi padre, bien por Hari.

–Se le ve lo más contento –murmuró Yberra–. Maravillosa la tecnología.

Fiel a su modo de ser, el escritor policial exaltaba lo que consideraba bueno de la podrida sociedad que compartíamos. En todo caso, tenía razón en el sentido de que lo habíamos pillado chanchito al bueno de Gustavo Rivas Kelly, gracias a la informática.

–¿Conoces a los demás? –le pregunté a Yberra.

–Me parece que al pelado alto que se peina como peluca de tony es un arquitecto destacado, fotógrafo y dibujante.

–El chico de barba con aire de sapo resignado a aguantar su charca podrida debe ser el profe de semántica –me atreví a opinar–. El otro con cara triste de marido dominado tendrá que ser el veterinario tangófilo. Como sea, no cabe duda que Rivas Kelly se halla de lo más a gusto, tiene más aire de político laborista británico que nunca, mira esa chaqueta de tweed con codos de cuero. No se la conocía…

–Le brillan sus ojitos grises soñadores –señaló Yberra, sin comentar mis gastados chistes.

Luciano Rivas se reía de esos pelambres entre ancianitos. En fin, era parte de nuestros juegos. Estaba contento de la forma en que se había resuelto el problema, al menos por el momento.

–Creo que la misión está cumplida –habló Hari desde la pantalla–. Voy a acercarme al cuarteto, haciéndome el amistoso. Trataré de averiguar qué planes tiene nuestro hombre y les informo más tarde por correo electrónico.

El último correo de Hari, bien entrada la noche, consignaba que se había reunido con los gnósticos. Efectivamente estaban especulando con gran excitación acerca del Libro de Set, uno de los hijos de Adán, que el veterinario había encontrado en un bazar medio secreto en El Cairo. El hombre era un viajero compulsivo al igual que su señora, a la cual había dejado en San Fernando, donde residía, ya que después de cada viaje lo dejaba más cabreado que nunca, según comentó. El libro fue escrito por el gran Set a los ciento treinta años y había estado depositado por siglos en las montañas de Charax, en espera de que llegaran los últimos tiempos de la humanidad.

Comenté con Yberra por teléfono que Hari debía haberse emborrachado con los carcamales para que le confiaran tales secretos arcanos, destinados sólo a los elegidos. El profesor de semántica había sido el encargado de interpretar para los demás la edición multilingüe del sagrado texto. Una copia para turistas enterados por supuesto. Al poco rato llegó otro correo del detective donde decía que le había ofrecido a nuestro amigo, con el aire más inocente posible, si quería mandar algo a Santiago ya que se volvía al día siguiente. Rivas Kelly le había respondido que no porque tenía planeado quedarse sólo un par de días más en Vichuquén, y que después iría a Curicó donde lo esperaban sus musas. Críptico, aunque todos sabíamos a qué se refería. Al detective no le pareció que Gustavo estuviera fuera de sus cabales, lo dijo y lo repitió.

Hari Premsingh resolvió el caso en menos de cinco días, aunque en realidad ni siquiera hubo caso. Yberra me contó una semana después que Gustavo Rivas Kelly, de regreso al hogar, lo había convocado a una cerveza en el pub, a mí me había dejado afuera, seguía enojado conmigo porque le había denigrado sus poemas. Le confesó a Yberra que había tenido una experiencia místico-erótica única y que había cambiado completamente su enfoque para hacer poesía, y que en el futuro iba a trabajar una forma de haiku hermético, con fundamento en una revelación que le había sido confiada; que había tenido acceso al Libro, a la Ley y a la Espada (todo con mayúsculas), y que no podía explayarse más, pero que era otro hombre, eso podía asegurarlo.

Por cierto, nunca se enteró que lo habíamos hecho seguir por un detective.

FIN

 

 

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