
¡Bartolomé Leal al habla!: Blog de novela policial y negra
La mayoría de los historiadores de la religión coinciden en que el inventor del monoteísmo fue el faraón Akenatón (1379-1362 A.C.) de la dinastía XVIII, un iluminado que quiso imponer un dios único, Atón “el sol en el firmamento”. El faraón provocó con esto una revolución artística y social en Egipto. Los sacerdotes de Amón, el dios oficial de Tebas, no aceptaron su reforma, que les quitaba poder. El pueblo tampoco aceptó la degradación de sus venerados dioses locales.

Los sacerdotes conspiraron contra Akenatón hasta hacerle morir supuestamente de un ataque de epilepsia, de la cual en efecto sufría. Tenía 27 años. Tras un breve sucesor, Smenkaré, también asesinado, vino el reinado de Tutankamón (1361-1352), conocido como el “faraón niño”, cuyo impresionante tesoro fue encontrado intacto en una tumba sellada, oculta durante siglos a la codicia de los ladrones. A Tutankamón (que originalmente se llamó Tutankatón), se le aduló y acosó hasta lograr la restauración del culto de Amón y la autoridad sacerdotal.
Los seguidores de Akenatón fueron expulsados o liquidados, su nombre borrado de las paredes de los templos. La ciudad que creó para su mayor gloria llamada Aketatón, “el horizonte de Atón”, fue destruida hasta los cimientos, incluida la biblioteca. Pero el caos no cedió y tras las fastuosas exequias de Tutankamón, también fallecido de manera misteriosa, varios faraones de corta duración sufrieron muertes violentas.
Finalmente, un personaje siniestro, el cambiante Horemheb, comandante en jefe de los ejércitos egipcios y regente de Tutankamón, se hizo consagrar faraón, para lo cual desposó a la cuñada de Akenatón, hermana de la sin par Nefertiti. Empezaba la dinastía XIX, la última gloriosa del imperio, la de los faraones guerreros de nombre Ramsés.
Con estas temáticas históricas, el escritor inglés Anton Gill ha elaborado una serie de novelas de misterio que mezcla personajes de ficción y hechos auténticos con especulaciones acerca de las extrañas muertes de Akenatón y Tutankamón, así como las de sus efímeros sucesores.
La ciudad del horizonte (1991), primera de la serie, presenta al “detective”, el escriba Huy, un hombre respetado por sus competencia y sabiduría aunque se halla proscrito porque se le sindica como partidario del maldito Akenatón y se le prohíbe ejercer su oficio. A él le corresponde investigar la enigmática muerte de Smenkaré, sucesor directo del reformador, tras apenas seis meses de reinado. Mientre dormía, muere sin que se sepa porqué. El joven de veinte años era reputado como un fiel seguidor de las ideas de su padre adoptivo, Akenatón. Se inicia así una investigación que nos introduce en las intrigas de la corte y las perfidias de las élites religiosas de la época.
La ciudad de los sueños (1993) es la segunda entrega de la serie. Por tal nombre se conoce a un prostíbulo famoso en Tebas, la capital por entonces de los unificados Alto y Bajo Egipto, durante el reinado de Tutankamón. Si en la anterior novela el lector se encontraba en los dominios más o menos familiares de la narrativa de enigma, aquí la onda es el refinado y cruel erotismo de la antigüedad egipcia. El escriba Huy se sumerge en una investigación que la autoridad no tiene capacidad para abordar. Las muertes violentas de varias hijas de familia, adolescentes, que ocultamente trabajan en el burdel, más la descripción de las miserias sexuales de los proscritos políticos (seguidores de Akenatón, el Gran Criminal), confieren una dimensión trágica a la que parecería una historia picante.
La ciudad de los muertos (1993) cierra una trilogía. El tema es el asesinato de Tutankamón en un supuesto accidente de caza, justo cuando hay alegría porque el faraón ha logrado preñar a su mujer (el título de la novela es una metáfora de la infecundidad). Ay, abuelo de su esposa (hija de Akenatón y Nefertiti) y Homreheb, el comandante en jefe, son los co-regentes y los obvios sospechosos de la conspiración, movidos por la ambición de ser faraones. Huy investiga, siempre al borde del abismo, y sólo lo salvan su astucia de sabueso más la supersticiosa confianza o temor de muchos jerarcas respecto de su poder deductivo. Ha logrado mayor aceptación social y su antigua fe en Atón se diluye por conveniencia, arrastrándole a conflictos morales.
También han sido traducidas para nuestro solaz las novelas de la continuación de la serie de misterios egipcios por Anton Gill: La ciudad de las mentiras, La ciudad del deseo y La ciudad del mar. Dejo el dato en beneficio de los lectores busquillas.
Para el lector/lectora aficionados a la egiptología, las novelas de Anton Gill ofrecen retratos detallados de ciertos procesos como la confección de papiros para escritura, el embalsamamiento de cadáveres, el traslado de gigantescos obeliscos de piedra desde las canteras a los templos, las cacerías con carros en el desierto o los fastuosos matrimonios de la corte… Además reflexiona sobre el legado filosófico del reinado de Akenatón, que dio una nueva dimensión a las futuras religiones al concebir el concepto de un dios único. Sólo que, por mérito del autor, estos aspectos son contados como hechos cotidianos o aventuras del pensamiento, y no como información histórica.
Buenos ejemplares los de Anton Gill de una corriente, la novela policial histórica, que ha dado notables series de detectives para ampliar temporalmente el deleite de los aficionados, debidas a las plumas de autores como doña Ellis Peters (con el hermano Cadfael en la Edad Media), Robert van Gulik (con el juez chino Ti en el siglo VII, durante la dinastía Tang) y Bruce Alexander (con Sir John Fielding, el fundador de la policía londinense en el siglo XVIII).
¿Qué si tenemos estos libros en la librería El Rhinoceronte? Pues sí, varios de ellos…
