Astillas de Coigüe – Gonzalo Hernández S
Cristo lo mira con la cara embadurnada de sangre, los ojos y la boca sufrientes. El gesto que concentra todo el dolor terrenal en el misterio del Dios hecho carne. La escena es oscura. El cielo, sombrío; alguien de rostro anónimo sujeta sus brazos mientras un legionario descarga martillazos sobre un clavo enorme en la palma de su mano. El Salvador debe estar en la cumbre de su padecimiento, piensa Agustín Pizarro, a quien desde pequeño esa escena le produce una honda impresión. Entonces la contemplaba en la Biblia de su abuela, hipnotizado durante horas, en la casa de Gorbea. Ahora, que tiene cuarenta y siete años –y mucho dinero–, posee un cuadro de grandes dimensiones que reproduce ese momento de suprema agonía teologal, en el salón central de su casa de campo en Teodoro Schmidt.
Está sentado en un sillón color luma. En su mano hay una copa de vino. En su rostro, una barba prolija. El cuadro –anónimo– adorna la pared frontal. Las luces son bajas y dan una atmósfera de solemnidad. Un televisor encendido, sin volumen, va pasando una tanda de comerciales.
No hay más que silencio en el aire. Además de la mirada de Cristo, que es a su manera un clavo de nueve pulgadas atravesando carne humana, huesos, cartílagos, todo eso que se transmutó para consumar el sacrificio. Pizarro, paladeando la textura frutosa del vino en su garganta, sufre con Él.
Su rostro aparece en la pantalla televisiva; el silencio se esfuma de a poco. La estancia se llena con esa voz –Su Voz– que es más que la de un hombre, ya que en esos momentos lo inunda la Palabra Divina.
–…lo dijo el Cristo de Salvación: ¡crezcan, multiplíquense! Pueblen la tierra con sus hijos, y con los hijos de sus hijos…
Suena bien, estima Pizarro, sin soltar el control remoto. No es exacto, ni cien por ciento fiel con las Escrituras, pero resulta convincente. La feligresía no pide rigurosidad.
–¿Y qué vemos hoy, hermanos míos? –prosigue Su discurso– ¿Qué es lo que escuchamos de las palabras de esos que se llaman a sí mismos liberales, o progresistas? Que la sobrepoblación es un peligro. Que ésa es la causa, y no los pecados de los hombres, de que exista la pobreza. Que las familias deben ser reducidas. ¿Y por qué, hermanos? Yo les diré la razón: porque ellos son ENEMIGOS DE LA RAZA HUMANA.
En la pantalla, Pizarro viste una camisa blanca con franjas negras, verticales, y cinco kilos menos. En el sillón, en vivo, su barriga sobresale del borde del pantalón, pero no demasiado.
–Son señales –dice en la tele– del fin de los tiempos. ¡Está escrito, mis hermanos! Las Escrituras nos advierten de la venida de FALSOS PROFETAS. ¡Y ya han llegado! Detrás de ellos hay intereses inmensos, colosales. ¡El poder de Satanás en la tierra no debe ser subestimado! La batalla entre la Luz y las Tinieblas se está librando acá, en nuestro país, ¡y es ahora!
Elocuencia lograda. Dramatismo, repetición del mensaje. La dosis justa. Lo que aprendió hace más de veinte años en el penal de Padre Las Casas, cuando daba sus primeros pasos en el arte de la prédica.
–…los poderes fácticos, mis hermanos, esos que dominan el mundo y sirven a intereses oscuros. Por eso debemos ser más fuertes que nunca, ya que ha llegado EL DIA DE LA BESTIA. La historia nos pone a prueba. ¡Dios será testigo y juez de nuestros actos!
Por supuesto: esa idea en particular resulta algo dogmática para alguien de su edad. Nadie, pasada cierto umbral de experiencia, puede dejar de ver los matices que encierran ciertos axiomas radicales. Lo cual nada tiene que ver con su fe, desde luego.
–Ahí están los defensores del aborto, mis hermanos. Los que sostienen que la sobrepoblación es algo malo. Los apologistas de Charles Darwin, el mayor enemigo de la humanidad en su historia. Y los políticos, corruptos, son esclavos de los poderes fácticos del Satanás darwiniano; esos no buscan más que la riqueza personal y la ruina de los hombres. ¡Aprendamos a reconocer a nuestros enemigos! Identifiquémoslos antes de que sea tarde, llevémoslos al sacrificio. La Biblia lo dice muy claro: ¡cortarle la cabeza a la serpiente! Evitemos que se propague la semilla. ¡Abran sus ojos, hermanos! Dios envía terremotos para el norte, incendia los cerros en Valparaíso: son señales. ¡Es el camino equivocado que toma nuestra sociedad en vísperas de la Gran Guerra en los Cielos!
Los faros de una camioneta se distinguen por detrás de las gruesas cortinas de lino. Debe ser Teófilo. Pizarro se levanta de su asiento y apaga el televisor. Ya tendrá tiempo de ver el programa competo en Internet, en la página del canal regional, cuya audiencia es nutrida y crece día a día.
Se abriga con una chomba gruesa y sale del salón, dirigiéndose a la amplia cocina a leña que calienta el hogar, dispuesta en el recibidor contiguo. Revisa el fuego, lo alimenta con un par de palos, lo revuelve con el atizador y cierra la compuerta. Afuera, suena un bocinazo.
Son las ocho de la tarde, el termómetro marca siete grados. Ahí está Teófilo, de pie al lado de la camioneta: macizo, tez morena, barba hirsuta; su mirada sigue siendo infantil. Son los ojos que lo salvaron, recuerda Pizarro, volviendo a ver en ellos lo que advirtió al principio: la predisposición al Bien.
La Fuerza de la Luz.
El tiempo ha pasado. Ahora Teófilo es mayor de edad, y un excelente trabajador. Su hombre de confianza. Le comenta algo relativo a las reparaciones que se llevan a cabo en la parcela de Freire. Informa de cifras y regateos con el encargado de las grúas. Pizarro asiente, con su atención en el asiento del copiloto, donde, envuelto en mantas de vivos colores, dormita el bebé.
–¿Cuántas semanas tiene? –pregunta, inclinándose a mirar por la ventanilla.
–Tres recién cumplidas, don Agustín.
–Déjame verlo.
Teófilo abre la puerta y lo arrulla, musitando: tchh, tchh; el niño ha despertado y emite quejidos leves. Se lo entrega al predicador, quien lo recibe y acaricia su frente, que es lo único que se deja ver. Luego lo lleva hacia el interior del hogar para contemplarlo. Tal como hizo con Teófilo, dieciocho años atrás.
El criado espera afuera. Sabe que su patrón debe hacer eso a solas.
Pizarro destapa el rostro del infante y lo sitúa bajo la luz de la lámpara. Su expresión se endurece. A los pocos segundos, el bebé abre los ojos y mira un punto impreciso, revolviendo sus manitos. Entonces el pastor lo ve. Está ahí, invisible a la percepción del resto, neutro en ese presente… y tanto más peligroso por ello.
La potencia oscura.
No necesita cerciorarse. Es su don. Sabe que Dios lo bendijo con una misión terrible, pero necesaria.
–Se queda conmigo –le dice a Teófilo, de vuelta en el exterior.
–Muy bien, patrón.
–¿Qué hay de la familia?
–Ya está pagada. Y agradecida de no haber caído en pecado.
–¿Qué es lo que saben?
–Nada. No conocen su nombre, ni el mío. Creen que lo compra una familia de alemanes.
–Bien.
El criado pide quedarse con la camioneta esa noche. Pizarro lo autoriza. Se despiden.
El pastor espera hasta que los focos se pierden en el camino empedrado. Luego se dirige con el bebé hasta la parte trasera, más allá de los pollos y de la caballeriza, donde la leña se acumula en un espacio seco, bajo un cobertizo que Teófilo construyó el verano anterior.
Lo apoya en una raíz gruesa; ahora el pequeño llora con ganas. Pizarro lo contempla y lo arrulla con voz suave.
¿Por qué no hacerlo? No es a ese diablo que mora dentro a quien está mimando, sino al inocente que todavía no sabe. El alma a medio camino.
No debe enternecerse, recuerda. Eso de ahí es la Górgona; cobra impulso con su espalda y descarga el hacha. La sangre salpica la tierra bajo sus pies y alcanza parte de sus botas. Teófilo lavará más tarde todo eso. Lo importante es que la cabecita rodó con el primer golpe, y así el alma dejó de sufrir. Ahora sólo resta trozarlo.
No le demanda mucho tiempo. Las partes son diminutas y ceden con poco esfuerzo. Quince minutos después vuelve al interior con los trozos en una caja recubierta de plástico, para evitar que chorree; abre la cocina. El infierno está vivo. Mete un bracito, las piernas, junto a un puñado de astillas de coigüe que prenden con rapidez. Luego, siguiendo el rito, arroja la bolsa con los órganos pequeños: el hígado, el corazón, los pulmones. Cierra la compuerta.
El mal en potencia de ese enemigo de la humanidad se purificará con el fuego. Para ello no hay prisa.
Las noches son largas en esa época del año.
FIN
