
¡Bartolomé Leal al habla! : Blog de novela policial y negra
Preguntas: ¿Se puede ser un gran escritor de novela negra proviniendo del mundo académico y el ejército? ¿Es normal encontrar una de las mejores e influyentes novelas de los últimos años en una perdida liquidación, en otras palabras por unas pocas lucas? ¿Vale la recomendación de un colega escritor respetado y apreciado como Ramón? Pues todas esas preguntas tienen su respuesta afirmativa si están referidas a la novela El último buen beso (1978) del estadounidense James Crumley (1939-2008), recién traducida al castellano en 2011. Un “libro santo” escribió un crítico conocedor.

Pues sí. Todas las reseñas repiten más o menos lo mismo: el inicio de este libro es uno de los más atractivos e influyentes de la novela negra desde que emergió como el mayor género literario del siglo XX. Cito: “Cuando finalmente localicé a Abraham Trahearne, estaba tomando cerveza junto a un bulldog alcoholizado que respondía al nombre de Fireball Roberts en un antro destartalado de las afueras de Sonora, California, apurando hasta la última gota de una hermosa tarde primaveral”.
En este inicio, gloso, se hallan todos los elementos que transmutan un libro recién comprado (o sacado de una biblioteca) de promesa a fiesta: un misterio pertinaz (¿por qué el detective-narrador busca a ese personaje?), una locación extraña e inusual (un pueblo, parada de carretera o paisaje, en lugar de una gran ciudad), un marco climático (¿por qué una hermosa tarde primaveral?), una prosa desenvuelta y colorida (fluida y elegante pero carente de adornos superfluos), las ganas de saber quién es ese autor. Y un conjunto amplio de personajes, todos y cada uno con su rol en el relato, todos y cada uno mucho más que una maqueta o un recurso narrativo, incluido el perro alcohólico.
El desarrollo de la narración nos llevará a una serie de desdoblamientos, a una búsqueda dentro de la búsqueda, a un viaje por la Norteamérica profunda, a una trama salvaje que parece sencilla pero se complica hasta el límite del absurdo (ese absurdo que proviene del mundo real, por cierto), a un continuo despliegue de virtuosismo literario y, para nuestro gusto, de una negrura que no por controlada y manejada con habilidad, es menos drástica y aterrorizante. Se trata por cierto de crímenes y criminales. Aunque en la obra también se habla de literatura, de escritura y de vicios.
A juzgar por libros como éste cabe otra pregunta: ¿Han producido y siguen produciendo los gringos la mejor novela negra de la transición entre siglos? Con perdón, se puede responder que sí. Todo lo demás es moda pasajera. A James Crumley, escritor hosco y alejado de premios y homenajes, se le asocia a una generación (post Chandler) que ha dado muchos nombres imperdibles como James Lee Burke, Carl Hiaasen y Michael Connelly, por sólo nombrar un trío.
Hace muchos años había leído un notable volumen de cuentos de Crumley titulado simplemente Putas (1988), que me demostró dos cosas: una, que para publicar un libro de cuentos hay que pensárselo mucho, no es para principiantes; y que cuando un autor tiene la cabeza llena de gnomos creativos, cada cuento es una pequeña novela. Y eso lo ha logrado James Crumley para deleite de nosotros, lectores. Por cierto, si alguien encuentra por ahí su novela El pato mexicano (1993), me avisa por favor.
