I

     Aquí estoy de nuevo yo, Wilberio Mardones, anti poeta y librero, tergiversando respetuosamente al gran Huidobro. Y digo que estoy de nuevo, a todo riesgo, porque una historia que conté antes, totalmente ficticia (aunque con algunos toques fácticos y/o facticios, como toda ficción), y me refiero a “Los berrinches del poeta”, dicho relato me ha valido los ataques de tres poetas, o poetas menores, o conatos de poetas, o pseudo poetas, o abortos de poetas, como se quiera, que se declararon ofendidos porque yo los habría denigrado; o tal vez desfigurado. Pretenciosos, digo yo, pero en fin, si a alguien le cabe un sayo que se lo ponga, y si le place como luce, allá él (o ella).

 

     El primer ataque vino de un amigo escritor del sur, sólido narrador de relatos fantásticos, casi me atrevería a decir góticos. Originales, más cercanos a las iglesias neogóticas de Chiloé, esas maravillas insólitas construidas en madera, que a los Golem o Nosferatu de la tradición libresca. El hombre nunca ha publicado poesía, aunque en alguna grata velada degustando los selectos mostos de su bodega, un coterráneo suyo me había leído sus poemas. Nada gloriosos ni tampoco catastróficos. Poemas enclenques, empero decentes, honestos, ajenos a esnobismos. A mi juicio demasiado prosaicos en sentido literal, sin la chispa de la ironía parriana. Don Nicanor es peste entre muchos poetas y aficionados a poetas en este país de copiones.

     Quizá dolido no por él sino por el otro, aunque sospecho que me tomaba el pelo, escribió una frase que rescato:

“He leído tu cuento, en especial la parte donde trascribes frases de la crítica a tu amigo poeta. Debo decir que es una crítica demoledora, terrible, pero por sobre todo descarnada. Solo dejas los huesos desnudos de alguien a quien le extirpas las vísceras poéticas. En pueblos pequeños, sin voluntad de lectura, abundan los poetas viscerales, que más que inspiración de musas tienen estados de ánimos productos de la vianda y del vino. Me imaginó que existió dicho poeta y que tampoco perdonó la rigurosidad de tal crítica y se apartó de tu amistad de atisbos molestos”.

Bien dicho pero, por cierto, no tuve la menor intención de referirme a él ni a su compinche, como insinúa discretamente.

     El segundo ataque provino del poeta maldito de Providencia, como yo le llamo, un flaco alto, la cabezota deforme siempre adornada de una kipá casposa y grasienta, a quien veía sentado en algún escalón de banco o farmacia declamando sus poemas desde una libreta no menos pringosa. Alguna vez cayó por mi librería y me obligó a recibirle su libro, una edición cartonera hecha por él mismo, puras fotocopias, y que nunca volvió para rescatarlo. Le dije que se lo recibía sólo en préstamo para leerlo. No me comprometía a venderlo. Después que hubo salido mi desgraciado cuento apareció un día por la librería, gimoteante, chillando con su tono más pitudo, que no podía ser que yo fuera tan perverso con un pobre poeta mugriento, judío errante y medio tarado como él (así se expresó).

A esas alturas estaba bien arrepentido de haberlo recibido de manera casi amable. Todo era pura fantasía suya, ni hablar. La mayoría de los mediocres se saben mediocres, digo yo, pero se pasan la película que son superiores. Le devolví sus inmundos pergeños asegurándole que no me refería a él, ni a nadie. Todo era puro invento. Se fue lloriqueando y moqueando, mascullando imprecaciones contra mí. Bastante loquito el pobre. Y pésimo poeta, qué se le va a hacer. Una aglomeración incomprensible de palabras era su obra, donde las que más se repetían eran “destino”, “nostalgia” y “melancolía”.

El tercero y peor ataque no vino directamente de otro poeta sino de su hijo. Nunca supe si había sido comisionado por el padre (sacando las castañas con mano ajena) o era una iniciativa propia del muchacho. ¡Nada de muchacho, un adulto, carajo! Conocía vagamente al hijo del personajillo, que me mandó una sarta de afrentas histéricas como rara vez había visto por escrito. Un producto de la subcultura flaite para que nos entendamos. Como no pienso resumir, acá va in extenso, corrigiendo las faltas de ortografía:

“No sé a cuál de todos tus nombres escribirte, aunque tengo claro como realmente es la persona que se oculta detrás de nombres sin sentido e identidad. Un cobarde empedernido que no busca nada más que satisfacción y logros propios que no le importa nada más que su propio Ego, que dice tener “amigos” los cuales trata de dominar y controlar para su propio beneficio. Cuando mi papá me contó que estaban peleados, pensé “vaya cuando no es pascua en diciembre”, y también me enteré de tu situación actual de salud, lo que me hizo reaccionar de forma positiva hacia ti. Sin embargo, continuando con la conversación me enteré en más detalle de sus mails y dimes y diretes. Para coronar todo esto, me encuentro con el desafortunado texto que publicaste (que por cierto ni mi mamá y papá querían que leyera). Mira Wilberio, no sé que tienes o que te pasa con mi familia, porque ya traspasaste más allá de lo permitido incluyéndome a mí y a mí mamá; a mí me enseñaron de chiquitito que los problemas se enfrentan y se resuelven o tratan de terminar como caballeros, no como un cobarde, loco trastornado que me dio a entender ese cuento, que me parece una MARICONADA, por decirlo menos (en mayúsculas te lo digo). Para querer hablar mal de los demás primero hay que mirarse uno y no generarse un cáncer a sí mismo. Me dio pena lo que pasó en un principio, pero ahora me da rabia y frustración ver cómo la palabra AMISTAD (en mayúsculas) la mandas a la cresta con esa basura que escribiste. Ojalá dentro de tu egocentrismo y problemas mentales lo puedas advertir”.

Desmesurado y equivocado el boludo. No sé por qué lo tomó tan a lo personal, que no sólo identificó a su padre con el poeta de los berrinches sino que creyó ver a la madre del cuento como la suya, y a él mismo como el hijo. ¡De un relato de ficción! Si esa fantasía la tuvieran todos los ciudadanos, la historia de la humanidad sería una guerra continua y sangrienta entre escritores y lectores. ¡No se salvarían ni los Evangelios! Vaya ínfulas las de aquel infradotado.

Bueno, esto era un preámbulo. Mi joven e injurioso interlocutor (perro que ladra sí muerde) mencionó la palabra cáncer y de eso quiero contar una historia (no la mía, ignoro de dónde sacó eso), a riesgo de que me salga otro autorreferente al pedo, ofendido imaginariamente. De esos que si uno pone en el cuento un retoño deforme, una cónyuge necia, un rasgo codicioso, un descenso a la senilidad, una actitud de pelele, la mediocridad transformada en sapiencia, unas patas varicosas, lo que sea, lo considera suyo propio, exclusivo, y vengan las recriminaciones. Por mucho que nada de ello disminuya sus rasgos favorables, si los hubiera. Tal vez nunca debí escribir esos relatos banales que llevaban tanto tiempo guardados. En este país donde impera el aura mediocritas, el que menos caga una locomotora, como decía alguien. Cuando, como sabemos: “Life is but a walking shadow”. Así lo puso con agudeza el bardo de Stratford-upon-Avon en boca del enloquecido Macbeth, ¿no?

Basta de paja. Por encargo de un amigo escritor, decía, y lo identificaré sólo por sus iniciales Ele Jota (por si alguien cree reconocerlo), contacté de nuevo a Hari Premsingh, el detective aficionado al yoga para que me ayudara en una pesquisa un tanto especial. Pues aquel escritor estaba en medio de una batalla contra un cáncer de vejiga y, aunque se declaraba resignado a la idoneidad presunta de los galenos licenciados, quería saber de dónde le venía el asunto. No cuestionaba los tratamientos en boga, sobre todo porque detestaba a los yerbateros, curanderos, machis y similares. No quería saber nada de procedimientos alternativos para evitar su aciago futuro: la muerte pronta. Menos quería que lo anduvieran pinchando con agujas ni metiéndole corriente eléctrica. Tampoco se iba a poner a rezar, era un ateo fundamentalista.

–No es que me interese mucho vivir largo tiempo y pasarme los últimos días de mi vida hilando babas, defecando en una bacinica y meando sin control –me dijo Ele Jota sin demostrar autocompasión, al menos en apariencia–. Sólo deseo un poco de tiempo, digamos unos tres a cinco años ya que me lo preguntas, para terminar mis proyectos literarios…

Yo no le había preguntado nada pero me di cuenta que mi amigo estaba un tanto ausente, angustiado, medio deshecho, aunque conservaba sus modales cancheros y su afición por bromear, ese numerito suyo del que no se inmuta por nada y se caga en la diferencia, la cual había sido su marca de siempre… Al menos en lo exterior, yo sabía bien que cuando andaba golpeado sus comportamientos cambiaban sutilmente, invisibles para la mayoría pero no para mí. Conocía a Ele Jota desde que éramos amigos del barrio Franklin, por la época cuando llegué a Chile con mis padres y mis dos hermanas desde España, siendo adolescente.

–Amigo –abundó Ele Jota sin notar que se repetía–, sé que mi tumor es mortal, ya me han hecho los exámenes, es de grado alto, invasivo y maligno, grande como una pelota de golf… Me lo sacaron, sufrí lo mío, aunque puede reaparecer, reproducirse, renacer o lo que sea. Estoy condenado… No me importa pero tengo curiosidad por saber la genealogía de mi tumor.

Supongo que habrá querido decir “génesis”, pero no lo corregí como en otras ocasiones en que jugábamos a la semántica. Andaba alterado. Ele Jota decía “mi tumor” con un sentido de posesión un tanto morboso. Sin embargo, ¿quién era yo para interponerme en el camino de un personaje camino a la muerte? 

–¿Cómo te lo descubrieron? –le pregunté. No me interesaba demasiado el asunto pero mi amigo Ele Jota parecía ávido de dar detalles.

–Por casualidad. Varios exámenes señalaron que se trataba de un cálculo a la vejiga, gigante pero más o menos inofensivo. El sangramiento que sufría se debía al calcio (por eso se llama cálculo), que estaba hiriendo las paredes y de pasada rasguñaba la próstata, que la tengo grande para más recachas…

–Rectificaron el diagnóstico –metí cuchara.

–Pues se descubrió durante las operaciones. Un adenoma, tumor maligno, invasivo, enorme, camuflado bajo cristales de calcio.

–Por eso lo confundieron –aventuré, dejando pasar las repeticiones.

–Pues según mi galeno, buen hombre, capaz, se mostró interesado en mis libros, afirma que fue mi organismo el que lanzó una batalla contra el tumor, rodeándolo de una capa neutralizadora. No sé si será cierto pero me parece interesante. Épico, carajo. Me lo sacaron al dichoso adenoma, pero la batalla sigue, estoy sometido a un tratamiento que ni te cuento…

Ahora entendí, tales tumores son tenaces. Como los malos poetas, se me ocurrió. Al respecto, una última digresión. Soy librero, me interesa la literatura. Mi experiencia me sopla que los buenos poetas, sobre todo los grandes, lo fueron siempre, desde sus primeros balbuceos. Si no me creen, lean a Neruda, Mistral, Huidobro o Parra, cuando jóvenes. Fueron creciendo, madurando, hasta producir obras maestras; otros también de mi gusto se mantuvieron siempre en un alto nivel, como De Rokha, Teillier, Lihn o Díaz-Casanueva. Esto por sólo mencionar a chilenos que me interesan. Los malos poetas no tienen arreglo, son malos de la cuna a la tumba. Mientras más persisten en escribir, lo hacen peor. Es como un teorema. Agreguemos, a guisa de corolario, que tampoco existen los poetas mediocres, sólo los buenos y los malos. Palabra de librero, si es que vale.

Sigo con los tumores y temores del novelista. El detective Hari me escuchó con paciencia. No sabe bostezar ni quedarse dormido, se gasta un autocontrol admirable. Los ejercicios yoga, me imagino. Se interesó. No había remuneración de por medio, lo que yo le pedía era en beneficio de la amistad, lo cual no sólo le pareció bien sino que me advirtió que no iba a gastar dinero, por supuesto, y tampoco demasiado tiempo; y que se iba a limitar a buscar en la red virtual, en algunos libros de las bibliotecas públicas, y a conversar del tema con médicos amigos. También se reuniría con el afectado, el escritor Ele Jota, naturalmente. En algún encuentro en la calle se lo presenté y después se reunieron solos. Hari me pareció bastante organizado para el promedio profesional chileno, hecho como se sabe de casi pura improvisación.

No pasó mucho tiempo y Hari Premsingh asomó un día por la librería con una bolsita de galletones veganos que hacía una amiguita suya, también de la onda del yoga. Bastante sabrosos, debo reconocerlo. Yo puse como siempre mi café café, tengo por lo general del bueno, esta vez un producto orgánico mexicano. La mezcla se reveló agradable, le pregunté como conseguir tales galletones. Hari no me respondió y sacó una libreta color violeta para leerme sus avances:

–Tengo un listado de 7 tesis para explicar el cáncer de tu amigo, todo sacado de las fuentes que antes expliqué. No estoy inventando nada nuevo. ¿Tienes tiempo de escucharme? Es largo. Prescindo de tecnicismos…

–Adelante –le dije, aunque dudando que el número 7 fuera coherente, sabiendo el gusto de ese tipo fatuo por las cábalas y los misterios.

–Tesis 1: la genética. Muchos cánceres tienen origen genético. Nuestro sujeto el escritor me aseguró que había poquísimos casos de cáncer en su familia, al menos que él supiera.  Me habló de una tía directa suya que murió casi nonagenaria de un cáncer que primero se diagnosticó como de piel, por unos enormes lunares marrones que le empezaron a salir por todos lados; y que después, a manera de corrigendum por parte de los especialistas, se volvió a diagnosticar esta vez como un tipo de leucemia o cáncer a la sangre. A la pobre vieja la sometieron a una tanda de quimioterapias absolutamente criminal y murió hecha bolsa.

–¿Eso descartaría el origen genético del cáncer de Ele Jota?

–No lo sé –respondió Hari sin muestras aparentes de fastidio–, sólo te estoy informando. No se puede descartar nada según los doctores.

–Bien, tranquilo –repliqué.

–Tesis 2: la exposición a metales pesados y elementos cancerígenos como asbestos, materiales radiactivos, rayos X o ultravioletas y otros por el estilo. En este caso hay posibilidad de empate ya que Ele Jota es químico y ha trabajado en faenas mineras en el norte de Chile, en Latinoamérica y en Europa, más concretamente en los Balcanes. Bosnia si no me equivoco, me confundo en esa región. Pues resulta que él ha estado efectivamente expuesto a esos problemas en los yacimientos y refinerías, incluido el uranio; aunque remotamente, sobre todo por los bombardeos en la guerra. Pero no ha estado más expuesto que otra gente, me aseguró Ele Jota y nada ha sido reportado, al menos en su conocimiento. Nunca lo sometieron a exámenes especiales ni lo evacuaron ni tuvo síntomas…

–Lo cual no lo hace descartable como causa –me atreví a meter cuchara.

–Agreguemos, ya lo mencioné –continuó Hari sin hacerme caso– el tema de los rayos X que en otra época en Chile se aplicaba a todo pasto y, más recientemente, el famoso agujero en la capa de ozono que nos tiene a todos a merced de los rayos ultravioletas, probadamente cancerosos…

–Entonces nada de eso es descartable como la causa –me atreví a repetir, sin recibir de Hari más que una mirada distraída y siguió con su enumeración.

–Tesis 3: la ingesta de líquidos potencialmente cancerígenos. Pues Ele Jota ha sido toda su vida adicto a las bebidas de fantasía, incluidas todas las colas, y al agua del grifo. Hay todo tipo de conservantes, edulcorantes, saborizantes y colorantes en las bebidas, todos más o menos cancerígenos, aunque autorizados por la máquina sanitaria y comercial a nivel mundial. Vinos, licores y cervezas parecerían estar un poco mejor protegidos, pero nada está garantizado. El señor Ele Jota casi no bebe alcohol. Respecto al agua, el abuso del ácido clorhídrico para potabilizar, lo que la gente llama cloro, también se considera con potencialidad cancerígena…

–Bueno –osé de nuevo interrumpir–. Pero eso afecta a casi el 100% de la población mundial que tiene acceso al agua potable, ¿no?

–Correcto –respondió Hari –pero a alguna gente le puede afectar más que a otra, me lo aseguró un médico especializado.

–De acuerdo, prosigue, está interesante.

–Agregaría que esta tesis 3 puede asociarse con la tesis 2, ya que tenemos el agua alta en arsénico del norte de Chile y en el caso de los Balcanes, la contaminación de las napas con proyectiles de cabeza de uranio, que efectivamente se usaron en las guerras balcánicas del siglo XX. Ele Jota me aseguró que había rumores al respecto, aunque él se “cagaba en la diferencia”, fueron sus palabras, y tomaba agua de la llave como si nada.

–Se lo andaba buscando este compadre –opiné, pero ya Hari se había vuelto a embalar.

–Tesis 4: las prácticas sexuales. Tratándose de cáncer a la vejiga estamos en la zona. Ele Jota me contó confidencialmente, y que esto quede entre nos, que era un putero aplicado. Le gustaban las prostitutas a pesar de haberse casado dos veces y todo el resto de la normalidad chilena; y que además era un adicto a las pajas sofisticadas. Había tenido varias enfermedades venéreas corrientes como blenorragia, flores blancas y uno que otro hongo; pero nunca sífilis o cosas más graves, digamos sida. En todo se había tratado y aparentemente curado. Respecto a la masturbación, me confesó que en una época le gustaba jugar con plátanos, pepinos, sandías o aguacates, no me preguntes cómo, es cosa de él…

–Loquillo el bueno de Ele Jota –me reí–, sé que ha leído bastante a Henry Miller.

–No sé, le tuve que sonsacar –replicó Hari–. Sólo le entendí que se inventaba orificios vaginales con toda esa ecología. Ah, me olvidaba agregar que don Ele Jota se confesaba, aún ahora en la vejez, adicto al sexo anal, sólo con mujeres según él, lo que también ha sido reportado como fuente de infecciones. Sin embargo, ningún amigo médico fue capaz de asegurarme que aquello podía ser cancerígeno, aunque sí podía infectarse la uretra y de allí la infección pasar a la vejiga y de allí a consolidar cálculos o algo por el estilo, los que a su vez podían evolucionar a tumores. Repito lo que me dijeron, no me pidas detalles.

–Bien amigo, prosigue.

–Tesis 5: ciertos vegetales de los Balcanes. Pues vi en la red que en países de la ex Yugoslavia como Bosnia, Montenegro y Kosovo, había una proliferación del cáncer de vejiga, estadísticamente mucho más casos que en el resto del mundo. Esto sin relación con el tema del uranio que te mencioné en las tesis 2 y 3. Puede en todo caso tener que ver con la tesis 4. Pues Ele Jota vivió allí por varios años y reconoció que comía normalmente tomates, pimentones, calabazas, cebollas, lechugas y rúculas, que se daban muy bien por allá, sin que nadie nunca haya hecho referencia al fenómeno del cáncer. También comía carne, sobre todo hecha kebab, bastante común en ese país de antigua influencia turca. Se supone que tales alimentos son hechos con carroña proveniente de animales que comen vegetales locales. No obstante, confesó, aunque las consumía con frecuencia, tales carnes no eran demasiado confiables, al tiempo que declaraba tener “guata de fierro”.

–Entendido, eso es perfectamente posible como otra causa en el caso de nuestro amigo. ¿Qué más tienes?

–Tesis 6: una mutación genética. Se asocia por cierto con la tesis 1, pero en este caso son rasgos genéticos adquiridos no heredados. Aparte de los elementos mutagénicos que se señalan en la tesis 2, está el cigarrillo como agente principal. Actualmente Ele Jota no es fumador pero lo fue alguna vez en su juventud y tal vez allí, lentamente penetró el humo, sea en modo activo o pasivo, el que llegó a su vejiga y dio espacio para que con los años se formara el tumor que lo afectó.

–Bien Hari, –me las di de abogado del diablo–, pero todo podría reducirse a un problema de genética atropellada, interna o externamente, con lo cual las tesis 1 a 6 podrían converger a una sola. Puro azar si entendí bien…

–Tal vez –asintió Hari– porque los galenos siempre tienden a obviar la identificación de la causa en el cáncer de vejiga, nunca te lo dicen y más o menos repiten lo que puede ser posible. Miré varios sitios institucionales de gobiernos, clínicas privadas y organismos internacionales en la red y tampoco se pronuncian de manera explícita.

–Se entiende. Tienes otra tesis, ¿no? Eran 7. Vamos adelante, que tengo que recibir a unos compradores que llegarán en un rato y además nos acabamos el café y debo preparar más.

–Tesis 7: una maldición vudú. Puede parecer absurdo hablar de magia negra en estos tiempos, pero Ele Jota trabajó en Haití y Dominicana, como asesor de empresas mineras, y según me dijo tuvo experiencias eróticas únicas, inolvidables, llegó a suspirar. Sugirió que se había hecho de algunos enemigos por su afición desmedida a servirse a las negritas más preciosas del mercado. Niñas de las familias ricas, entre ellas. Recordemos mi Tesis 4. Lo peor es que escribió un libro sobre eso, una novela erótica que tituló algo así como “Las infantas de Puerto Príncipe”, donde asocia el vudú con ciertas prácticas sexuales bastante escabrosas. Ele Jota me pasó un ejemplar, he leído pedazos. Un libro cochino como dice la gente. Seguramente encontrarás absurda esta tesis –remató, buscando mi reacción.

–Al revés, Hari –repliqué–. Podría tener sentido. No olvido que algo así les ha ocurrido a otros escritores. Me han contado de un diplomático chileno que escribió una notable novela sobre Haití y lo agarró después una seguidilla de enfermedades, en distintas partes del cuerpo, como si le hubieran estado clavando alfileres a un muñeco de cera. Se despachó en menos de un año, en medio de horribles sufrimientos, allá mismo en Haití, donde se quedó a vivir tras abandonar a la vieja chilena de toda la vida, más sus hijos y nietos, para amancebarse con una mulata más joven, poderosa heredera de un empresario de la industria del turismo.

Sin más comentarios, Hari Premsingh se despidió. Ya conté que no tenía con qué pagarle como merecía, de modo que le regalé precisamente aquel maldito libro escrito por un compatriota sobre Haití, obra de culto, en agradecimiento por haber aceptado tan insólita investigación detectivesca. Aunque no había llegado a resultados tangibles, se lo hice notar.

–Nos veremos de nuevo –me dijo–. Me queda un aspecto por investigar que puede arrojar nuevas luces. En la parte médica no hay mucho más a qué darle vuelta. No obstante puedo ver si hay algún grupo de cultores del vudú en Chile que esté pinchando con agujas un muñeco que representa a Ele Jota –replicó Hari, agregando–: Todo en beneficio de supuestas ofensas, quizá referidas en su libro. Te informaré a su debido tiempo, Wilberio. Si no te molesta, prefiero que todavía no le cuentes de esto al escritor ni decirle en qué ando. Me temo que no ha considerado el tema de la magia en sus elucubraciones sobre el cáncer que padece.

 

II

Hari tenía razón en algo. El país estaba recibiendo migrantes haitianos en cantidades tales que ya se hacían conspicuos en las calles, sobre todo en el centro de Santiago aunque también en barrios comerciales tradicionales como Providencia y Ñuñoa. Las estadísticas dicen que hay como 5.000, pero me parece a ojo que hay por lo menos el doble y me quedo corto. Un diario ha puesto 12.000. No era absurdo pensar entonces que tuvieran algún núcleo donde llevaran a cabo sus ceremonias vudú, la religión propia de ellos, que ya no era prohibida en Haití como me enteré, sino que una práctica aceptada y bastante pacífica. Incluso era atracción turística por allá.

Hari Premsingh se lanzó pues a la búsqueda entre la comunidad haitiana del muñeco, tal vez hecho de cera, que estaría representando al escritor Ele Jota. Por cierto, quiero decir más bien que buscaba al o los individuos que estaban trabajando una maldición vudú sobre el imprudente Ele Jota. A estas alturas lo pondría así, había sido una imprudencia de parte de mi amigo. No soy supersticioso pero mejor no meterse en cosas del demonio como decían los curas de mi colegio, el Hispano-Americano de la calle Carmen, donde iban a estudiar los descendientes de los migrantes españoles como yo mismo.

El detective se contactó primero con un joven músico y rapero haitiano a quien conocía porque solía ir a los conciertos de música de la India. No era adepto al vudú pero le dio datos de algunos paisanos que se dedicaban al tema. Mencionó dos nombres. Uno era un personaje que ofrecía todo tipo de servicios más o menos mágicos, aunque no magia negra. Tenía un modesto despacho en calle Matucana, donde también vivía con su extensa familia. Muchos de sus compatriotas pasaban por allí. Les daban lo mismo la congestión, el olor a comida y los berridos de los críos, iban en busca de amuletos contra la mala suerte, pócimas para el amor, lecturas del futuro o simples consejos de cómo sobrevivir en Chile. El hombre se hacía llamar Maître Salomón.

El otro dato pertinente que consiguió Hari de parte de Noël Tisserand, que así se llamaba el joven rapero, fue la identificación de una casita en Quilicura, no vamos a decir iglesia, donde se hacían oficios vudú, con invocaciones a los loas, las divinidades tutelares, los ancestros y el resto de la parafernalia. Él había asistido y grabado los cánticos, el joven era un verdadero aficionado a la música de su patria. Desde ya, rapeaba en creole, la lengua mestiza de Haití.

Pues Hari fue primero donde el Maître Salomón, según me contó. Había averiguado sobre él por aquí y por allá, entre otros haitianos. La mayoría concordaba que aquel era el principal santón reconocido, si no el único, por la comunidad haitiana y que gozaba de amplio prestigio. Pues el hombre recibió sonriente a Hari Premsingh, que llegó con su turbante blanco más pródigo en rollos de tela, un amplio traje albísimo, cuchillo en la cintura y collar de plata al cuello, impresionando al moreno taumaturgo, que lo trató poco menos que como a un enviado de la divinidad. Sin embargo, lo escuchó al inicio con cierto recelo, tenía miedo de impuestos internos y de la policía chilena, que lo acosaban de tanto en tanto. Cuando supo que andaba en misión de ayudar a un personaje víctima de la magia negra, una de sus especialidades como exorcista, se manifestó dispuesto a cooperar. Para empezar le hizo a Hari un autoelogio diciendo que era el único representante oficial y autorizado de las comunidades vudú de Haití en Chile y que no buscara a otros bokor, como se identificó a sí mismo, que eran todos unos impostores. Lo iba a ayudar, por supuesto, pero siempre que hubiera algunas “luquitas” para hacer bien su trabajo, que era muy arriesgado. Esto dicho con la mejor cara compungida de su repertorio.

Hari me llamó para preguntarme si el escritor o yo mismo podíamos poner unas 25 lucas. Le dije que sí, que por supuesto. La pista me pareció débil, un personaje así podía inventar cualquier cosa, pero no contábamos con otra. Ahora, no sé para qué habíamos de seguir con tal investigación, como habría opinado mi amigo Mauro Yberra, el campeón del escepticismo a estas alturas de la vida. No creía en nada. La verdad es que yo no me oponía más bien por curiosidad, maldita la fe que tenía en que el vudú podía provocarle cáncer a alguien.

Para hacerla corta, el tal Salomón se zambulló en la identificación de algún colega que practicara la magia negra con muñecos. Tenía variados datos, le aseguró a Hari en cuanto hubo embolsicado los billetes que le pasó, el problema era que arribaban haitianos por manadas al país y se hacía difícil saber en qué andaban todos los recién llegados. Tomó nota de los datos que Hari le confió acerca de la víctima, incluida su actividad de escritor y el título del libro conflictivo. Repitió que nadie como él conocía la comunidad haitiana de Santiago, aunque a veces quedaba superado por el ritmo de los ingresos de viajeros, y que a veces en el aeropuerto de Pudahuel se veían más morenos que en la Vega Central.

–Hay un detalle importante –me dijo Hari en una ocasión que se dio una vuelta por la librería para pedirme algún libro sobre religiones africanas–. Salomón jura que tiene amistades importantes en la embajada de Haití y con eso tendría el acceso a la mejor información, sobre todo tratándose de alguien como este amigo tuyo víctima de la magia negra, posiblemente conocido a nivel oficial, sea como experto minero o como escritor…

–El medio diplomático es ultra discreto –opiné–, dudo que te vayan a soltar información.

–Lo sé –replicó Hari–­, llegaré hasta donde se pueda. Después Ele Jota tendrá que ver qué hace.

Acto seguido Hari se había abocado a la segunda pista, ya que prefería no perderla e intentar también por allí. Curioso por saber lo que significaba una ceremonia vudú, pidió a su amigo el músico que lo acompañara a Quilicura, antaño un pueblo llamado así por un cacique impuesto por los incas, ahora una barriada popular. Noël Tisserand lo hizo y un día sábado por la tarde se largaron en un taxi colectivo hacia esa zona pobretona, con viviendas sólidas aunque hacinadas, casas y departamentos de mala calidad y apenas mantenidas, las paredes todas descaradas y plagadas de rayones horribles, de los que llaman grafiti pero que son pura mierda, reflejo de las mentes desquiciadas de sus hechores. Digo yo…

Era una pareja que llamaba la atención en Providencia o Las Condes. Un negro con peinado rastafari, nariz como coliflor hervida y permanente sonrisa, acompañado de un flaco pálido y altísimo de barbas negras como el carbón, tocado con un turbante blanco. Pero en Quilicura había que ser realmente raro para llamar la atención de alguien, abundaban los extravagantes de bajo pelo.

El evento vudú se desarrollaba en el salón principal de una casa común y corriente, sin diferenciación de las otras circundantes, abarrotada de gente sentada en las pocas sillas y el único sillón disponible. Cojines y cajas de manzanas, más el mero suelo, servían para que se instalara más gente. No había ningún chileno presente, descontado Hari, más indio que nacional por cierto. Dos pisitos de paja habían sido reservados para Hari y Nöel, considerados visitantes “ilustres”, ya que este último había anunciado a los organizadores que iría acompañado de un dignatario de la religión hindú. Bueno, Hari era sij pero para efectos de los organizadores funcionaba más o menos igual, lo clave es que lucía solemne.

Ahora el detective Hari no era el único enturbantado en la sala, ya que todas las mujeres que oficiaban, una media docena, llevaban su turbante blanco en la cabeza, amén de un amplio traje de igual color. Incluso el sacerdote a cargo del acto, el que hacía de médium para invocar a los espíritus, que también enroscaba un trapo en la cabeza, sólo que morado. Las mujeres, llamadas mambo según le explicó Noël, eran en Haití todas más bien gorditas y de cierta edad, cuando no viejas; pero no así en Chile, donde no llegaban migrantes haitianos de edad sino sólo jóvenes en condiciones de hacer trabajo como mano de obra. De modo que las mujeres que bailoteaban y entonaban melopeas en Quilicura eran jóvenes que se hacían las viejas.

Para no perder de vista la investigación, Hari le reiteró a su amigo que su afán iba por allí, no tanto la ceremonia, sin duda interesante pero no lo fundamental en su misión. Noël, fiel a su temperamento alegre, se rió sin ironía, prometiéndole hacer algún contacto. Le dijo que no valía la pena dialogar con el oficiante, lo conocía bien y era un anciano prematuro con el coco sancochado por el alcohol, había reemplazado feliz el clairin haitiano por el pisco chileno más barato. Sin embargo, el rapero se declaró buen amigo de una de las sacerdotisas mambo. Le señaló a una negra alta que se adivinaba escultural detrás de tantos trapos blancos que se meneaba con una potencia erótica un tanto fuera de lugar. Fue ella quien hizo unos dibujos sagrados en el suelo con ayuda de polvos de colores, se notaba que conocía bien la religión vudú.

–Esos diseños se llaman vevé –susurró Noël–, representan a los loas, las divinidades de la tierra y el mar. La mina aprendió mirando a su difunta abuela, que fue una mambo destacada en la región de Les Cayes. Se llama Marie-Fleurette, ¿quieres conversar con ella después de la ceremonia?

–De acuerdo –replicó Hari­–, tal vez quiera comer con nosotros para charlar tranquilos.

–Le voy a preguntar –replicó Noël–. Para tu conocimiento trabaja de modelo y bailarina en un cabaret de Providencia que se llama Passapoga.

Hari entendió de inmediato la verdadera profesión de la tremenda morena. Terminada la ceremonia, el cantante abordó a Marie-Fleurette. Había un restaurante haitiano en el barrio, “Le Roi Christophe”, al cual aceptó ir con Hari y Noël, pero contaba con poco tiempo ya que tenía una cita a las 10 de la noche. No podía estar demasiado tiempo con ellos. Hari le dio seguridades de que la llevarían en taxi, que no se preocupara, a lo cual Marie-Fleurette respondió que conocía un taxista de confianza, eso sí que lo pagaban ellos. Quedaron de acuerdo y se fueron a comer arroz con pescado al estilo haitiano, menos Hari, que como vegetariano se conformó con el arroz.

Pues Marie-Fleurette conocía al escritor Ele Jota, con quien había tenido un par de citas. Hari le explicó que andaban buscando indicios acerca de alguna gente que pudiera estar deseándole mal. Sugirió que pudiera haber una maldición vudú.

–Él es bueno amigo de Haití, lo único que puedo decirte –fue lo primero que declaró en su castellano imperfecto–. Lo otro que acá no te hacemos magia negra, nunca nada de maldiciones…

Hari sospechó que la mujer se estaba guardando información y condujo la conversación de modo que soltara la pepa a su manera natural de persona simple. Les confesó que Ele Jota estaba un poco enamorado de ella y que por eso no le iba a hacer daño. Agregó:

–No raro. Acá en Chile muchos se enamoran de negritas como yo –se rió Marie-Fleurette, tenía bonitos dientes y unas encías moradas que armonizaban con sus rasgos delicados, según comprobó Hari.

–¿Y tú no le correspondías? –apuntó Hari.

–Tengo novio –replicó­–. Trabaja en la embajada. No recuerdo cargo.

–¿Y se enteró de que salías con Ele Jota?

–Bueno, se enojó un poco. Pero todos hombres son celosos, ¿no? –y volvió a prodigarse en risitas–. Ele Jota me regaló libro suyo, no recuerdo título pero mi amigo de la embajada me lo quitó. No pude leerlo… Tampoco me gusta leer.

–¿Siempre te quita los regalos? –bromeó Noël.

–¡No! Pero es que le libro tenía dedicatoria un poco pasionada. No gustó a vicecónsul…

Se rieron todos. Hari se dio cuenta de que a Marie-Fleurette se le había escapado un cargo, ¿sería el de su amiguete o el de su jefe?

–Además mi amigo de embajada dijo después que había destruido le libro porque denigraba Haití y me prohibió verlo a Ele Jota. Malo con políticos patriotas y empresarios abnegados. Pero él no ha vuelto pasar por Passapoga. Ahora nos tenemos que ir, por favor…

Mientras esperaban el taxi Hari le volvió a insistir en el tema de la magia negra, si sabía de alguien que la practicara. Negó de nuevo, ella no lo hacía y no conocía ni quería conocer a nadie que hiciera muñecos para pincharlos. Su abuela le había enseñado el vudú más sano, como el que habían visto. También era católica y a veces iba a misa y se confesaba. Ya en ruta desde Quilicura hacia Providencia, y no habiendo más que sacarle, Hari dio por terminada su parte y dejó que Noël y Marie-Fleurette conversaran en creole acerca de las novedades de su país, siempre transitando de tragedia en tragedia.

 Para Hari había sido un paso exitoso y así me lo comunicó. La colonia haitiana era aún lo bastante pequeña como para que todos o casi todos se conocieran, y eso había servido porque ambas pistas habían conducido un resultado concreto. Más efectiva había sido la conversa con la oficiante vudú que con el santón, en todo caso. Hari me convenció que estaba cerca de encontrar algo más. Le concedí que prosiguiera, ambos informantes habían negado su relación con la magia negra pero podía haber hilos dignos de consideración. Le dije que el escritor seguramente estaría dispuesto a poner más lucas si era preciso.

La perseverancia del detective yogui dio sus frutos. Recibió una llamada de Maître Salomón. Hari se ofreció apersonarse en el estudio del santón en calle Matucana pero éste prefirió el concurrido y ruidoso patio de comidas del Terminal de Buses Sur, por ahí cerca en la Alameda. Había que hablar al oído del otro para entenderse pero se estaba a salvo de interferencias, se garantizaba una especie de anonimato. Paranoia del haitiano, aunque Hari le siguió la corriente para no espantarlo.

Lo esencial es que le dijo a Hari que sí. Había alguien que había confeccionado un muñeco que representaba al señor Ele Jota y lo estaba manipulando en clave mágica.

–¿Un muñeco de cera? –inquirió Hari.

–No –respondió el haitiano–. Un muñeco hecho con el libro de Ele Jota vuelto bolas de papel humedecido y metiendo todo dentro de ropa y unos calcetines suyos que han conseguido no sabía cómo. También han usado unos cuantos botones para ojos, ombligo, genitales, etc. Creo que deben corresponder a ropa de la víctima, así es como se procede en la magia negra vudú…

“Marie-Fleurette, pensó de inmediato el detective”.

–Supongo que lo están pinchando con agujas –le preguntó Hari.

–Pues de acuerdo a mi información es así desde hace bastante tiempo, no puedo asegurar cuánto, tal vez años.

–¿Y van pasando por diferentes partes del cuerpo?

–Efectivamente –confirmó Maître Salomón–. Se hace según donde uno quiera perjudicar a su enemigo, pueden ser la cabeza, los ojos, los oídos, el pecho, el vientre, los genitales o los pies… También varias partes al mismo tiempo. Los brujos saben cómo combinar el poder de las agujas. Pero lo clave para garantizar el éxito es que el muñeco esté confeccionado con algo que perteneció al cristiano que se desea lastimar.

Maître Salomón se negó terminantemente a explicitar de donde había sacado esa información. Podía contarle apenas lo mínimo para que el señor Hari sacara sus conclusiones. También se excusó de usar sus poderes para neutralizar la magia negra contra Ele Jota. Hari dedujo que el santón había conseguido tales datos accediendo a los contactos en la embajada de los cuales se jactaba. Marie-Fleurette había hecho por su parte una conexión al hablar de su novio celoso, empleado diplomático.

Tenía una papa caliente entre las manos. Pues por allí se hallaba la explicación del misterio. No necesariamente la causa del tumor que le había salido a Ele Jota, pero al menos la comprobación de que se estaba usando magia negra contra él. Si resultaba efectiva o no, era otra historia. Ahora correspondía un nuevo tête-à-tête con el angustiado escritor, ansioso de que alguien le explicara por qué se hallaba tan enfermo y por qué la muerte lo acechaba; pero que tampoco tenía muchas ganas de proporcionar detalles concretos de sus desenfrenos personales, sobre todo los eróticos.

Hari Premsingh fue directo al grano cuando se volvieron a encontrar. Esta vez en un café Tavelli de la comuna de La Reina, cerca de donde Ele Jota residía. El escritor no se acobardó esta vez cuando se vio abordado tan directamente por el detective. Reconoció que había estado con una corista y escort haitiana de nombre de fantasía Marie-Fleurette. Habían tenido varias citas, luego ella se había negado a seguir viéndolo, le habló de un novio celoso. Ele Jota le expresó a Hari que no había insistido en verla de nuevo, aunque le gustaba. Era una mujer bastante limpia y él siempre tomaba sus precauciones con las damas de compañía, según dijo. Miró a su interlocutor con la cara bravucona de los puteros irredentos. No fue así como me lo contó Hari, la interpretación pseudo psicológica la pongo yo.

–¿Le mencionó que ella se dedicaba al vudú? –preguntó Hari a Ele Jota.

–No me contó nada de eso, hablábamos de Haití pero sobre todo de la situación social y laboral, aunque Marie-Fleurette sabía de vudú, al menos del tema religioso, su familia era practicante por generaciones. Pero nada más.

–¿No le dijo que era sacerdotisa mambo en una iglesia en Quilicura?

–No –respondió el escritor, aunque a Hari le entraron dudas si mentía. Lo más probable es que ella no permitiera a sus clientes chilenos, o blancos en general, ir a meterse a las ceremonias.

–Pues he averiguado que alguien, no necesariamente esa dama, está pinchando un muñeco vudú para atormentarlo a usted.

–No creo en esas patrañas –respondió secamente el escritor.

–Como sea, respóndame lo siguiente: ¿ha extraviado usted ropa en alguna reunión con ella, sea en su departamento, en un motel u otro local de encuentro?

–Curioso que lo pregunte. No he perdido nada. En una ocasión en que hizo mucho frío le obsequié a Marie-Fleurette unos calcetines míos de lana y un chaleco. Todo eso lo llevaba en mi mochila para prevenir los cambios de clima…

–¿Ese chaleco tenía botones? –siguió Hari, implacable.

–Por cierto. Un chaleco de cachemira con botones.

–Me temo que precisamente con esa ropa, tomada de Marie-Fleurette, no sé si entregada por ella o arrebatada o robada, se hizo un muñeco vudú con el cual han estado haciendo magia negra para perjudicarlo a usted. Lo he comprobado, de modo que le estoy hablando de un hecho real. El muñeco existe…

–Me parece la historia más ridícula que he escuchado en mi vida –se burló el escritor.

–Se lo cuento como parte de mi pesquisa, señor –le respondió Hari sin amilanarse–. Puede creer lo que desee.

–Está bien –replicó Ele Jota–. Discúlpeme. ¿Descubrió quién lo hizo?

–Eso no. Mis fuentes, que son gente haitiana, no van a decirme nada más, a menos que haya un proceso judicial y se vean obligados a proporcionar información y presentarse ante un tribunal.

–Tenga por seguro que no pienso hacer eso.

–Me parece bien. ¿Quiere escuchar mi conclusión?

–De acuerdo.

–Hay un sujeto importante, o tal vez varios, con vinculaciones diplomáticas, que han actuado implementando una maldición vudú, sea por celos contra usted o porque están molestos con los contenidos de su libro, o con ambas cosas a la vez. Le informo que el muñeco de marras está confeccionado con las hojas de su libro y la ropa incautada a su amiga Marie-Fleurette. No puedo ir más allá, estimado señor.

–Usted ha descubierto una sola cosa desconocida para mí –replicó Ele Jota–. El muñeco. No sabía que alguien había hecho uno. Ahora bien, sé quién es el tal cabrón celoso de mi relación con Marie Fleurette. Es el hijo de perra del vicecónsul, pero nunca me imaginé que iba a recurrir a ridiculeces de magia negra. En fin. Como sea, nada de eso me ayuda mucho, sino apenas a aumentar mi escepticismo en que la medicina vaya a surtir efecto. Con muñeco o sin muñeco estoy condenado a una muerte pronta. Gracias señor detective. Permítame parodiar al Papa: ¡El tumor es más fuerte!

 

FIN

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