I

Tal vez alguien recuerda a un escritor sufriente de cáncer cuya historia conté en “El tumor asesino”. Historia que era, lo reconozco, una mezcla de medicina para todo público y mistificación fantástica. Pues pasó un buen tiempo sin que supiera del personaje. Dejó de aparecer por mi librería, lo cual era casi el único vínculo que nos unía. Llegaba con frecuencia buscando títulos raros y autores cual más cual menos ignoto. Una vez me dejó una caja con sus libros por si los podía vender. Reconozco que apenas la miré. Desde que enfermó sus visitas se hicieron esporádicas hasta que no llegó más. Supuse que se había cumplido su profecía autocumplida de que tenía los días contados, aunque hasta donde se sabe algunos cancerosos pueden durar un buen tiempo.

 

Fue el detective yogui Hari Premsingh, el mismo que había investigado acerca de los males del escritor Ele Jota, quien me dio la noticia de su muerte a través de una llamada telefónica. Sigo fiel a ese viejo modo de comunicarse.

–Buen día Wilberio –escuché su voz en tono deliberadamente neutral–. Quiero informarle que su amigo el escritor señor Ele Jota falleció hace tres días. ¿Estaba enterado?

–No, la verdad. Lamentable. Lo apreciaba. Sin embargo no me sorprende. Estaba bastante mal según él mismo. Usted lo sabe bien…

–¿Lo había visto últimamente?

–No desde hace al menos seis meses. Esa fue la última vez que pasó  por mi librería. La estoy cerrando, usted sabe…

–Pues entonces me permito informarle que murió asesinado.

–No me diga. ¡Vaya sorpresa! ¿Un asalto?

–Estamos investigando. Un asalto es una posibilidad entre otras. Le robaron el dinero pero dejaron la billetera con sus tarjetas y carnets. Nos han encargado en Investigaciones que interroguemos a todos los conocidos del occiso. He dado su nombre, Wilberio, y lo pasarán a visitar unos colegas.

–No hay problema, estoy en la librería de 11 a 20 horas más o menos. Cierro en un par de meses. ¿Se puede saber donde ocurrió el hecho?

–No lejos del negocio suyo, en el Parque de los Reyes, de madrugada. Le metieron tres balazos en el pecho, a lo menos dos mortales. No parece haber presentado resistencia.

–Macabro.

–Así es.

–Bueno, Hari. Quedo atento. Hasta luego…

El yogui había prescindido del tuteo, me trataba como un sospechoso o al menos un informante. No quería que yo apareciera como amigo suyo. Preferí seguirle la corriente. Me pregunté, ¿quién querría matar a ese pobre tipo? Ni siquiera un escritor rival porque era inofensivo, lo cotizaban poco, no le quitaba fama a nadie. Los críticos ni lo mencionaban casi. Se decía de él que había escrito varias “buenas novelas”, lo cual no significa nada. Él lo sabía. No le importaba. Estaba resignado. Pero lo que Hari había descubierto, como se cuenta en “El tumor asesino” acerca del vudú haitiano, podía tal vez asociarse a su muerte violenta. Al menos eso quería señalar a los detectives.

Llegaron un día jueves a media mañana. No había público en el “Rhino”. Pérez, el tira gordo grande y González, el flaco chico. O al revés. No puedo asegurar cuál era cuál. Uno pelado y el otro chascón. Uno hablaba y el otro anotaba. El gordo me preguntó si yo había asesinado a Ele Jota. Le contesté que no y me preguntó entonces si sabía quién lo había hecho. Consiguió otro no. Entonces el gordo, con un gesto satisfecho, hizo una pregunta de compromiso:

–¿Le han entrado a robar?

–Nunca. Nadie roba libros. De paso le informo que no vendo textos escolares.

–¿Qué libros compraba Ele Jota?

–De todo pero poco. Un par de libros al mes. Novelas, ensayos, historia…

–¿Pornografía?

–No vendo pornografía.

–¿Y qué me dice de esto? –señaló alzando con aire de triunfo un par de libros que le había pasado el chico: “El amante de Lady Chatterley” y “Pornografía y obscenidad”, ambos de D.H. Lawrence. El adlátere empezó a buscar más títulos, hasta que vio otro volumen sospechoso y se lo alargó al jefe: “La máquina de follar” de Bukowski.

–Es literatura, por favor –reclamé haciéndome el ofendido.

–Tome nota colega –dijo el gordo sin replicar.

–¿Qué otros clientes tiene?

–Escritores, lectores, académicos, artistas, coleccionistas… Nunca delincuentes hasta donde sé.

–Este barrio no es de lo mejor –señaló.

–Hay de todo –me permití responder. El “Rhino” se ubica por Plaza Brasil, como se recordará.

Y los detectives se fueron. No más preguntas, ninguna búsqueda de pistas ni solicitud de nombres, nada de amenazas ni presiones. No se mencionó el cáncer y muchos menos el tema del vudú. Por supuesto que con esa actitud no lo saqué a relucir, que hicieran su trabajo esos Pérez y González. Me pareció que tenían sus ideas al respecto y me habían pasado a ver sólo por obligación. ¿Cuál? No sé. Seguramente preferían atracarle a los delincuentes conocidos del barrio, si es que. A Ele Jota se lo habían cargado en una zona donde eran frecuentes los atracos a mano armada.

A la semana me llamó de nuevo Hari Premsingh. Quería pasar por el “Rhino” a conversar conmigo acerca de la muerte del escritor. Había vuelto a tutearme. Le dije que por supuesto, que le convidaba un café argentino muy bueno que me había llegado y que, si podía, trajera un par de esos galletones veganos que hacía una amiguita suya.

–¿Cómo va la investigación del crimen de Ele Jota? –le pregunté de entrada. Según su costumbre andaba con turbante de sij, casaca alargada y pantalones blancos.

–Bueno, mis colegas tienen una docena de sospechosos. Los vienen interrogando desde hace días. Están seguros de que de allí van a sacar uno o más culpables. Todos se gastan unos prontuarios de miedo. Perfectamente cualquiera de ellos podría haberlo hecho, pero…

–Pero tú no te lo compras, ¿vale?

–Más bien tengo mis dudas. Tú sabes, Wilberio, que pude conocerlo mejor a Ele Jota cuando investigué… Te acuerdas, ¿no?

–¿Entonces?

–Bueno, él no quiso saber nada de la maldición vudú, se burló de mis pesquisas. Sin embargo, nada de eso impide que los afectados, léase los haitianos importantes involucrados, hayan decidido otra forma de perjudicarlo.

–Entonces, descartada la magia negra vía el dichoso muñeco.

–No diría descartada pero tal vez es un dato superfluo. Quiero decir que a lo mejor el escritor prosiguió con sus ofensas a personajes encumbrados de la diáspora haitiana o de los organismos nacionales oficiales.

–O sea, “cherchez la femme”.

–Pues quizás. Necesito averiguar si don Ele Jota siguió flirteando con aquella dama morena, ¿cómo se llamaba?

–Marie-Fleurette –le respondí presto, nunca olvido un nombre femenino–. Bailarina y escort del Passapoga. Amante de un vicecónsul de Haití o algo así…

–Justamente.

–Y, ¿en qué puedo servirte yo?

–Solamente me gustaría saber si Ele Jota te confidenció algo al respecto.

–Lamentablemente nada. Ni siquiera una mención. No era tema entre nosotros.

–Es verdad, fui yo mismo quien le sacó con dificultad alguna información sobre sus hábitos eróticos –respondió Hari, un tanto decepcionado.

–Si capto bien lo que tú insinúas, Hari, es que habrían sido sicarios contratados quienes atentaron mortalmente contra el escritor.

–Es una teoría, ¿puedes darme tu opinión?

–No es mucho más lo que puedo aportar. Quise decir que con o sin muñeco, eficaz o no, Ele Jota seguía comiéndole la color a ese vicecónsul y éste, celoso, furioso o simplemente vejado, pasado a llevar por un don nadie, habría decidido buscarse un sicario para acabar con él. O tal vez más de uno…

–La autopsia mostró que todas las balas provenían de una misma arma.

–Bueno, me suena un poco rebuscado un ejecutor solitario tratándose de asesinos profesionales, pero en fin. Será cosa del subdesarrollo…

–¿Haitianos? ¿Te parece posible?

–Dudoso. Lo último que quieren es buscarse líos, pero nunca se sabe. Me suena más bien una faena para colombianos, cuentan con muchos asesinos expertos. Batallones diría. Hablo por lo que he visto en el cine o leído en las novelas o en la prensa.

 –Lo hemos comprobado en el servicio. Buena intuición la tuya, Wilberio. Tenemos un informe que muestra la presencia de asesinos profesionales que trabajan acá en Chile para los capos de la droga. Un aporte de Colombia a las nuevas migraciones.

–No me suena que Ele Jota haya merecido ser pasto de un sicario.

–Aún así, ¿le escuchaste alguna vez al escritor hablar de ese tipo de personajes, o de eventuales conocidos circunstanciales?

–¿Por qué lo preguntas?

–Porque puede haber sido atacado a traición por alguien a quien conocía.

–A ver. Él se interesaba mucho en el estrato lumpen. Desde su atalaya, que llamaba “el Cubo”, investigaba en la red virtual y en las bibliotecas acerca de los grupos marginales. Le interesaban los punks, los migrantes, los mapuches, los futbolistas de barrio, los músicos de la calle y los micros, las malabaristas, los predicadores, toda esa canalla… Aunque desde lejitos. Armaba libros con sus lecturas y con sus viajes, por eso sacó uno sobre Haití. Y el tema erótico le fascinaba por sobre todo.

–En eso buscaba experiencias directas –acotó Hari sin ironía.

–Correcto. Por eso, y ahora celebro tu apreciación, amigo, los sicarios urbanos no me suenan demasiado alejados de sus intereses literarios.

–Tal vez lo mandaron matar con alguien que sabía de sus costumbres.

–No suena inverosímil pero ¿para qué? Los asesinos por encargo no se amilanan por detalles como conocer a su víctima. A veces prefieren que sea alguien totalmente ajeno a ellos para que no encuentren pistas…

–Dime Wilberio –me cortó Hari–. ¿Tienes libros de Ele Jota? Me gustaría que me ayudaras a meterme en ellos. Tal vez por allí se encuentre alguna clave.

–Pues sí, pero te confieso que no los he leído aunque ahora tengo ganas de hacerlo. Están metidos en una caja que no he abierto aún. Creo que le debo eso a mi ex cliente. Había publicado como veinte libros, creo que los tengo casi todos, hechos con editoriales pequeñas y algunos incluso autoeditados. Se gastaba todos sus ingresos en aquello y escribía, tal como lo afirmaba, encerrado en un cubo de tres metros de largo, ancho y alto…

–¿Me puedes ayudar con la lectura mientras yo retomo el camino de interrogar a la diva haitiana y a los diplomáticos? Veré si saco algo de allí. Te aprovecho de contar que Investigaciones me ha pedido que indague en paralelo con los colegas oficiales.

–Por supuesto –le respondí–. Leer es parte de mi oficio de librero.

Quedamos pues en reunirnos con Hari en una semana para compartir y analizar los avances.

II

Me puse pues a leer a Ele Jota. Un auténtico escritor marginal. Sus libros no eran feos de carátula pero abiertamente amateurs. Hablo como librero. ¿Novelas? Eran una mezcla entre ensayo crítico y narrativa social. Se metía con un tema, creaba unos cuantos personajes y aderezaba una trama para desparramar opiniones y percepciones sobre lo tratado. Ninguno de los libros explicitaba si se trataba de novelas o cuentos, aunque sus cuentos estaban más o menos conectados y podían pasar por novelas. Libros cortos, no pasaban de las 150 páginas. Un estilo parco y correcto, desarrollo ordenado aunque con ritmo apresurado. Me recordó a Pío Baroja, guardando las distancias por supuesto. De acuerdo a los datos de solapa, Ele Jota había cumplido 55 años al momento de su deceso.

Interesantes los libros, sí. Uno de ellos trata de los músicos punk chilenos. Su título es “Krul de Té”. Ese es el nombre de una banda de rock, ficticia supongo, que se producía en la población “La Pincoya” en la comuna de Huechuraba por los años 80. Zona brava. De frentón nivel socioeconómico bajo. Cinco componentes, todos jóvenes, tres hombres y dos mujeres. La banda es presentada como un ejemplo de búsqueda por salir del círculo vicioso del desempleo, la droga y la promiscuidad, pero en el transcurso del libro se descompone varias veces, sobre todo por controversias respecto al dinero. Terminan por acuchillarse unos a otros durante una tocata infernal. Un libro amargo.

Otro libro (y voy a mencionar sólo tres que pudieran dar pistas a Hari) tiene por tema los coreanos que llegaron durante los años 90 para dedicarse al comercio. Se hicieron ricos rápidamente. El personaje central es un lisiado que tiene manos ortopédicas y se traslada en una silla de ruedas con motor. Bala para los negocios. Malo, perverso, mentiroso, aunque trabajador. Empieza en el persa Bío-Bío vendiendo relojes falsos y joyas de fantasía y rápidamente arma una potente máquina comercial, incluida una cadena de supermercados y otra de restaurantes. No sólo eso sino que organiza un colegio y una iglesia para los parroquianos coreanos. En una mocha horrible que se arma en plena Alameda esquina de calle Maipú, cerca de la Estación Central, donde el coreano tiene su centro de operaciones, unos chinos enloquecidos lo masacran a garrotazos. Según la policía fue casual, pagó un pato que no le correspondía, pero los matones resultan ser patos malos con un amplio prontuario. Tratan de echarlos del país pero tienen abogados bien pagados y pasan piola. El coreano quedó como un mártir del emprendimiento. Por eso el título algo irónico del libro: “Héroe de la tormenta”.

El tercer libro trata de los migrantes colombianos y dominicanos que operan en la Vega Chica y en los mercados persas, sobre todo en los galpones de Víctor Manuel. Sus negocios legales son comederos, peluquerías, tatuajes, clases de baile, ropas de fantasía, pornografía y afines. Pero lo que hacen en realidad es practicar la trata de blancas, aunque más bien de negras, mulatas y otras damas de piel canela, importadas desde Colombia y Dominicana. Protagoniza una beldad caleña llamada Esmeralda, descrita con tanto detalle y con algo más que un resto de pasión, que me entró rápidamente la sospecha de que Ele Jota tenía intereses por allí. Es sumamente crítico de los cafiches colombianos a quienes acusa de explotar canallescamente a las mujeres, de inducirlas a la droga y negarles servicios médicos. Describe varios enfrentamientos a balazos. Manejan también el tráfico de armamento. El libro se titula “Sicarios en Santiago”. ¿Bingo?

Los demás libros estaban ambientados en otros países y no servían demasiado para nuestros efectos. Bueno, no se podían sacar demasiadas conclusiones de los tres seleccionados, pero Ele Jota sí tiene que haber hecho algunos contactos directos para escribir sus libros. Creo que cambié mi percepción inicial de que Ele Jota era un escritor de gabinete (o de wáter diría mi amigo Yberra). Aparentemente había salido de su Cubo para husmear en la realidad oscura de Santiago, en los barrios populares, en las zonas peligrosas. Se me hacía evidente que había conocido a tipejos de cuidado. Le habían informado. Tal vez los había ofendido pero me pareció que Ele Jota se cuidaba para no delatar y de alguna manera los elogiaba, cantaba sus deleznables hazañas.

Nos juntamos con Hari. Me contó sus novedades.

–Bueno, algo avancé aunque no demasiado en la línea de mi hipótesis. Me reuní con Marie-Fleurette en el Passapoga, tuve que hacerme pasar por cliente y esperar un par de horas hasta que apareció. No me reconoció sin mi vestimenta sij pero finalmente logré conversar con ella en una mesa y pagarle un trago…

–Una pregunta impertinente: ¿Investigaciones reembolsa eso?

–Sí lo hace, pero cuesta un mundo que llegue la plata. A veces prefiero pagar de mi bolsillo.

–Perdona, continúa.

–Me fue mal con la dama. Ella me juró que no se había juntado con el escritor desde cuando nos vimos en la ceremonia vudú. Tampoco don Ele Jota la había llamado. Más aún, se iba a casar con su diplomático así es que ahora no aceptaba citas. Me mostró su anillo de compromiso, con piedras finas auténticas.

–Entiendo. De modo que se podría descartar el móvil de la venganza haitiana.

–Pues sí… No sólo por eso, sin embargo. Investigué discretamente al vicecónsul, tuve que recurrir a los servicios de Inteligencia de la Cancillería. No se le conocía ninguna relación con grupos de la delincuencia internacional, mucho menos con colombianos. Había gruesas carpetas sobre los haitianos en el país…

–¿Carpetas auténticas? –no resistí preguntar.

–Tal cual, de cartulina y con documentos en papel. Hay cosas que no se dejan en los computadores a riesgo de que se metan los hackers.

–O sea que tu corazonada se fue el agua. Ele Jota no fue víctima de un sicario.

–Diría que al revés, por otra razón. Y lo que te voy a contar es confidencial. Los detectives Pérez y González, aunque se comportan a veces en forma extravagante, son auténticos perros de presa y cuando se meten a investigar van hasta las últimas consecuencias. En corto, encontraron el arma homicida. La habían tirado al río Mapocho no lejos del lugar del crimen…

–¡Me cago en la pared!

–Pues sí. El arma fue identificada sin espacio para la duda como aquella que había sido disparada, a pesar de haber sufrido daños metida en el agua, lo que dificultó su análisis. Pero lo mejor es lo siguiente…

–¿Qué?

–Que había pertenecido a un mafioso colombiano deportado como capo de la droga en Chile. Abastecía a gente importante. Cuando lo apresaron se hizo un inventario de sus pertenencias y faltaba parte del armamento, que fue descrito incluso con marcas y números de serie por nuestros informantes, unos perros sarnosos a su servicio que lo traicionaron.

–¿Y eso qué significa?

–Pues deduzco que el arma quedó en manos de alguno de sus guardaespaldas o lo que sea.

–Y ese sería el asesino de Ele Jota –aporté.

–Con bastante probabilidad.

Nos quedamos pensando un rato, renovamos el café y Hari me preguntó por mis lecturas.

–También descubrí algo –le dije y le mostré triunfalmente el libro “Sicarios en Santiago”, por Ele Jota. El detective yogui puso los ojos en blanco y masculló tres veces algo así como “Wahe Guru”.

–¿Lo leíste Wilberio? –me preguntó tras hojearlo.

–Sólo diagonalmente. Según entendí trata de los amores entre un ingeniero chileno y una prostituta y bailarina mulata proveniente de Cali, Colombia, y de la disputa que tiene el protagonista para sacarla de las garras de su cafiche, un mafioso colombiano. Tienes que leerlo tú, tal vez encuentres alguna pista.

–Pues me lo llevo.

–Estamos cerca de resolver el caso –me reí. Hari no me siguió en eso y se despidió con cierta solemnidad.

III

Cuando nos juntamos de nuevo, el detective yogui traía el libro de Ele Jota con varias páginas separadas por tiras de papel cuidadosamente recortadas.

–Traigo varios párrafos marcados de “Sicarios en Santiago” –me dijo–. Te los voy a leer, son sólo cinco por ahora. Enseguida los comentamos.

El ingeniero hizo de tripas corazón y tuvo que afrontar la decisión que más temía: entrevistarse con el empresario de espectáculos del cual dependía Esmeralda. Estaba enamorado hasta las patas. No podía sacarse de la cabeza las turgencias de la negra colombiana. Su olor lo trastornaba, esa mezcla entre pimienta, carbón vegetal, banana y pachulí barato. Al menos eso era lo que su pituitaria procesaba. Su sola forma de andar lo excitaba hasta el nivel de lo indecoroso. Cuando hablaba, aunque fueran puras banalidades como era su costumbre, quedaba arrobado. No le importaba, se hallaba completamente obnubilado, infatuado, obseso. Ciego de pasión. No podría soportar perderla y si para eso tenía que enfrentarse al demonio, lo haría. La propia Esmeralda le había confiado que el colombiano, su “protector”, era terriblemente irascible, que nunca se separaba de sus guardaespaldas y que manejaba negocios oscuros de los cuales ella prefería no saber nada… (pág. 44).

Jesús Pastrana se había construido una casa enorme en La Dehesa en medio de una propiedad de más o menos media hectárea, cercada por un muro de dos metros y medio de altura coronado por pinchos de fierro. Hasta allá tuvo que llegar el ingeniero Camilo Mascaró para negociar la libertad de Esmeralda. Había un contrato más o menos legal que él había revisado, pero sobre todo pesaba una amenaza silenciosa ante cualquier intento de ruptura unilateral. Se sintió llevado en una elegante camioneta de doble cabina por dos de los guardaespaldas del empresario antioqueño. Uno manejaba y el otro iba atrás sentado al lado suyo, observándolo sin pestañar ni meter conversación. Al llegar a la mansión el portón se abrió automáticamente y el vehículo se detuvo en una rotonda rodeada de jardines, frente al monumental pórtico. Allí había tres tipos premunidos de metralletas apuntando hacia el suelo pero con los dedos en los gatillos. El ingeniero fue cacheado para asegurar que no portaba armas y luego conducido al segundo piso donde se hallaba el despacho del magnate. Pastrana, vestido con una guayabera bordada, su calva coronada por un sombrero Panamá, se ubicaba tras un enorme escritorio antiguo y noble, con patas de león, propio de un jefe de estado. El esbirro que había estado sentado en la camioneta junto al ingeniero le indicó una silla frente a su patrón. Enseguida los cinco guardaespaldas se situaron en abanico sobre un par de sillones detrás del ingeniero, que así no podía verlos más que de reojo. El magnate les hizo un gesto y ellos dejaron sus armas en el suelo. Mascaró sintió el frufrú de los metales rozando la alfombra. Luego Jesús Pastrana sacó un cigarro habano y lo encendió sin ofrecer al ingeniero. En eso el ingeniero sintió tras suyo ruidos como cuerdas de guitarras y luego el siseo de violines en afinación. A un gesto de Pastrana, los guardaespaldas comenzaron a tocar más bien desordenadamente el quinteto de Boccherini. Mascaró lo reconoció como la música que se tocaba en la película “El quinteto de la muerte”… (Págs. 48-49).

–Gracioso el detalle cinéfilo –le comenté a Hari, quien prosiguió su lectura sin hacerme caso.

El líder de los guardaespaldas, el “primer violín” como le puso Camilo Mascaró, fue el encargado de gestionar el pago por las carnitas tiernas de Esmeralda. Tiernas efectivamente, ya que según su pasaporte había cumplido oficialmente dieciocho años, para no sobrepasar la ley, aunque podía tener menos. El ingeniero, que se acercaba a los cuarenta, se sentía enloquecido ante ese cuerpo joven aunque voluptuoso, rotundo aunque grácil, suave y sobre todo ardiente. El líder del quinteto se llamaba o se hacía llamar Baldo. Mascaró nunca supo si se trataba de su nombre verdadero o de un alias. Era un tipo alto y corpulento sin ser gordo, con la cabellera cortada a cepillo en estilo militar. Mandíbula cuadrada, rigurosamente afeitada. Sus ojos verdes eran penetrantes, adornados de unas cejas espesas que mostraban algunas canas, tal como su pelo oscuro sin ser negro. El efecto intimidante de su mirada se reforzaba por la nariz, aguileña como la de un ave depredadora. Nunca sonreía, de manera que era imposible conocer su verdadero talante y daba la impresión de que en cualquier instante podía lanzar un picotazo letal. El magnate colombiano, el tratante de blancas para ser más preciso, había fijado un precio por el rescate de Esmeralda, un precio bastante alto, y el ingeniero debía pagar las cuotas en efectivo. Nada de transferencias ni depósitos. Baldo era el encargado de recoger los billetes… (Págs. 55-56).

–¡La madre que lo parió! –salté. Ahí tienes la descripción de tu asesino. Hari me miró sin comentarios y continuó leyendo otro de los párrafos marcado del libro.

El guardaespaldas principal, el “primer violín” al decir del ingeniero, se había hecho casi un amigo del pretendiente de Esmeralda, de tanto frecuentarlo. El ingeniero se portaba cordial, sabía escuchar, cumplía las exigencias y le hacía la tarea fácil al esbirro. En alguna ocasión en que el hombre se hallaba con gripe y no podía apersonarse en el piso del ingeniero, le había solicitado que fuera a su pensión a pagarle ya que temía irritar al capo. Mascaró se enteró pues de su residencia en un viejo edificio de calle Bascuñán Guerrero, al llegar a avenida Blanco Encalada. Con tanta familiaridad, Baldo le había empezado a contar su vida como sicario en Medellín al servicio del clan Escobar, historias espeluznantes por cierto. Se jactaba de haber sido un sicario limpio, confiable y eficaz, no era hombre de cometer errores infantiles. No obstante Mascaró llegó a sospechar que se trataba de puras fantasías, una estrategia de amedrentamiento para que no se saliera de madre y pagara sin chistar. También le contó que se había reformado y que su arribo a Chile se debía a la bondad de don Jesús Pastrana, un honrado empresario del espectáculo. Eso el ingeniero no se lo tragó pero evitó hacer comentarios riesgosos. Notó que el tal Baldo amaba y odiaba a su patrón…  (Págs. 55-56).

Baldo no olvidaría nunca que Mascaró le salvó la vida en una ocasión, o al menos evitó que sufriera un accidente grave. El sicario había estado a punto de caer por el hueco del ascensor en el edificio donde vivía el ingeniero. Fiel a su rutina, Baldo era el único que llegaba a cobrar y se había habituado a ciertos gestos repetidos que realizaba como un perro de Pavlov. Mascaró pagaba religiosamente, cosa que también puede haber influido en su distracción. Conversaban un rato y a veces compartían una cerveza escuchando música clásica. Así Baldo le contó que don Jesús Pastrana había elegido al quinteto porque sabían tocar instrumentos, no muy bien pero eso divertía al magnate. Pues una noche Baldo se despidió, tal vez algo achispado por las libaciones, y en el pasillo oscuro trató de subirse al ascensor sin percatarse que debido a una falla no había llegado. Fue un providencial Mascaró quien, con un grito, impidió que el otro se precipitara al vacío… (Pág. 70).

–De modo que el sicario del libro le debía un favor al ingeniero –me permití comentar–. ¿Por qué habría de asesinarlo entonces, más no fuera por encargo?

–Es un factor que no he podido dilucidar –respondió Hari–. La disyuntiva entre la amistad y el profesionalismo.

–Bueno. Es cierto que parecen opciones incompatibles, pero aún así, ¿por qué el Baldo real habría aceptado la misión? Hay otros sicarios en el mercado, supongo…

–Más adelante en el libro se menciona lo mucho que Baldo influyó en el capo mafioso para qué finalmente Mascaró se quedara con su joven morena –siguió elucubrando Hari Premsingh–. Pero siempre con cautela, tampoco querría perder su trabajo; y hay que recordar que nuestro sicario real se hallaba aparentemente cesante al momento del crimen y tal vez no podía rechazar el pedido de los que mandaron matar a Ele Jota, los haitianos o quien fuera…

–Tal vez fue un simple asalto como opinan tus colegas Pérez y González.

–No lo creo. Me parece demasiada coincidencia que esté rondando el tema de una faena de sicarios. Sobre todo por el arma. Ese punto no calza. ¿Quién contrataría sicarios para asesinar a alguien si no hay razones poderosas?

–Tienes que localizar al verdadero Baldo. Cuentas con su descripción e incluso una dirección, vaya. De ficción, pero de repente Ele Jota no se alejó demasiado de la realidad. Es algo típico de los malos escritores, te lo digo como librero, no es por ofender a nadie.

–Pues ya empecé las pesquisas. Ahora me tengo que ir. Te contaré en cuanto haya novedades y si tú tienes algo, me llamas por favor.

IV

A las dos semanas me pasó a visitar Hari Premsingh. Reproduzco lo esencial del diálogo tal como me acuerdo.

–Me ha ido mal con la búsqueda del sicario. Tratamos de interrogar a los adláteres del capo colombiano a quien había pertenecido el arma y todos se habían esfumado. Incluso aquellos que habían comprado su impunidad denunciando al mafioso. Seguramente en cuanto pudieron hacerlo tomaron las de Villadiego. Generamos nuevas órdenes de detención, pero eso puede tomar años tratándose de delincuentes internacionales.

–¿Y qué hay del “primer violín”?

–Ninguno de los involucrados corresponde exactamente a la descripción, nadie tampoco hizo mención de un personaje físicamente similar.

–¿La dirección del libro sirvió?

–Inexistente.

–O sea que estamos en un callejón sin salida.

–Bueno, sí, aunque encontré algo en el libro. No sé si podemos tomarlo en serio. Escucha esto, un párrafo breve hacia el final de “Sicarios en Santiago”:

Baldo le contó una vez a Mascaró lo que él llamaba un caso humanitario, una ejecución decente o algo por el estilo, distinta a las otras, lo repetía con diferentes formulaciones. Había matado a un amigo suyo que estaba aquejado de una enfermedad terminal y se hallaba sumido en sufrimientos inenarrables… (Pág. 130).

Quod erat demonstrandum? –fue lo único que atiné a preguntar.

–Posiblemente, no podría asegurarlo–murmuró Hari.

FIN

 

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