Los Detectives Autistas – Wilberio Mardones
Entraron una vez más a robar herramientas a la obra y había decidido no hacer la denuncia por inútil, sin embargo un trabajador me dijo que él sabía quién era uno de los ladrones y donde vivía. Nos tenían de caseros. A pesar de mantener guardias día y noche, a más de perros, alarmas, letreros con amenazas y luces por todos lados, era la tercera vez que se nos metían con éxito. Antes me habían birlado una retroexcavadora, que sacaron andando sobre sus ruedas tras golpear al único vigilante de entonces y quitarle la llave. La segunda vez habían salido cascando con dos concreteras, tres martillos neumáticos, una apisonadora manual y, lo que dolió más, un camioncito Ford V8 que había heredado de papá y que les sirvió para cargar los cuerpos del delito.
Por cierto, de todo aquel desarreglo sólo apareció el camión después de casi un año. Es lo que nuestra policía hace mejor, recuperar vehículos. Pero ni siquiera valió la pena recuperarlo, era sólo una carcasa sin el menor valor, desguazado hasta su última pieza aprovechable, incluso los cromados que testimoniaban su noble origen. Reforcé entonces todo el sistema de seguridad, puse más gente a cargo, gasté la plata que tanto me ha costado ganar en mi modesta pequeña empresa. No obstante, me atracaron de nuevo. En esta ocasión se llevaron puras cosas chicas, pero harto, todo lo que pillaron: palas, picos, sierras, llantas, cajas de clavos, rollos de alambre, tuberías, soldadura, atornilladores, una ferretería casi completa. Parecían ladrones especializados o bien idiotas, acarreando con lo de menos valor.
Cabe señalar que para desgracia del gremio de la construcción y afines, muchos empresarios venales son cómplices de estos delitos. Los cacos saben a quién pueden venderles los equipos robados. Tanto es así que en muchos casos, y tengo información de primera mano al respecto aunque no me parece prudente socializarla, muchos malandros roban por encargo, equipamiento bien preciso que algunas empresas necesitan y saben que adquiriendo material robado ahorran unos cuantos sucios pesos. Es algo altamente inmoral que desprestigia al gremio, qué duda cabe.
Sigo con mi historia. Los tres guardias habían sido atacados al unísono por dos tipos enmascarados, mientras tomaban su cena en la caseta de vigilancia. Los perros habían sido atraídos con suculentos trozos de carne, lanzados en su propia jaula perrera, siempre abierta durante la noche. Ahí mismo fueron encerrados, todavía deben estar relamiéndose los canes inútiles. No ladraron ni dieron la menor señal de que había extraños, completamente alienados de su tarea de vigilancia.
En esta tercera ocasión llamé a la policía de Investigaciones para que se hiciera cargo, más que nada para no defraudar a mis trabajadores, que habían sido tan maltratados por los ladrones. Tuve que llevarlos personalmente a urgencias para que les curaran los cortes en la cara y brazos y les dieran algún alivio para los moretones. Todavía con las huellas del desaguisado a la vista, llegaron a la faena dos detectives, uno flaco, pálido y callado, el otro gordo y sanguíneo. Este último era el jefe, el cual se hizo cargo de la situación dando órdenes y haciendo todas las preguntas, mientras el otro sólo tomaba notas. Percibí algo raro en la forma que operaba esa parejita.
El problema que me pareció advertir es que el gordo sufría de alguna forma de déficit atencional, o tal vez amnesia de corto plazo, porque en la mollera no se le quedaba nada de lo que yo le explicaba. Hacía varias veces las mismas preguntas, confundiéndolo todo, mientras el flaco revisaba sus apuntes y lo corregía. Corregía lo que su jefe había dicho aunque también lo que yo había dicho antes, de manera que fue una larga sucesión de malentendidos, de los cuales los detectives no parecían percatarse. Lucían contentos con lo que decían, repetían y anotaban, sin levantar nunca la voz. Se dirigían a mí en forma desinteresada, como si fuera más una traba que un aporte para abordar el caso. Para mí era como una pesadilla: un detective que no entiende lo que le dicen y necesita que se lo repitan por lo menos tres veces, y otro que se supone que recoge y anota lo que dice el otro, pero en el fondo registra lo que se da la gana o se le pasa por la cabeza.
Soy una mujer de negocios e ingeniera civil, aclaro. El lugar común supone que las empresarias somos unas fieras preocupadas tan solo de ganar dinero sin cuidado por la sensualidad o la femineidad. Sin embargo, no es mi caso. Me creo una cuarentona atractiva, me llamo Fernanda Wilson, mi nombre suena, soy respetada en el gremio. Visto a la moda y cuido mi figura, sobre todo con la práctica del yoga. Una emprendedora del siglo XXI. Pero esos tipos, esos burócratas de detectives, me trataron como si yo fuera una vieja histérica. En realidad, eso lo supongo porque actuaban como si yo, mi empresa, el delito, las víctimas, las especies robadas, no existiéramos físicamente, fuéramos apenas entes abstractos susceptibles de ser transformados en notas en un cuaderno. ¡Qué cosa más rara! Autistas, se me ocurrió pensar.
Por supuesto, supuse a priori que no había ninguna posibilidad de obtener resultados de las pesquisas con ese par de retrasados a cargo del caso. No les iba a entregar la pista aportada por mi trabajador, un carpintero medio retirado que por eso lo tenía de refuerzo en la guardia. Adivinaba que les iba a dar lo mismo. Desde ya, al principio mencioné someramente la dichosa pista a los detectives, pero el flaco anotó cualquier cosa y el gordo olímpicamente la ignoró.
Se contaba pues con aquel indicio, una suerte de reconocimiento de uno de los atacantes, aunque los tiras no iban a hacer nada. Podía haberme quedado simplemente así, pero con toda sinceridad el tema de la impunidad de la delincuencia en este país me tenía bien cabreada. No podía ser que hubiera que aguantarse robo tras robo y finalmente nadie hacía nada. O hacían poco. O lo hacían mal. Como fuera, la delincuencia iba de mal en peor. Véanse las encuestas ciudadanas con las percepciones de la gente, por si alguien duda de lo que afirmo.
Opté por hacer justicia por mí misma. Estaba picada, no me importaban las consecuencias y si caía alguna empresa del rubro, mala suerte, los estafadores debían ser castigados. Ese fue mi parecer. Bueno, aclaro, no iba a salir a matar flaites ni nada por el estilo. He visto muchas películas pero no soy ni remotamente una asesina en serie o una vengadora. Tampoco una loca irresponsable. Sé disparar porque alguna vez practiqué tiro, pero maldita la gana que tenía de ir a meterme bajo las patas de los caballos…
Decidí pues recurrir a un amigo. Bueno, ni siquiera era un verdadero amigo sino un compañero del club de yoga. Un flaco de barbas negras, muy alto y pálido, no precisamente buen mozo pero tampoco feo, que andaba siempre de blanco con sandalias y turbante. Blanco también su turbante, bien lavado por suerte. Se hacía llamar Hari Premsingh y llegaba a las sesiones en bicicleta. Sin embargo yo lo había visto en varias ocasiones meter su traje blanco, las chancletas y el turbante en una bolsa, ponerse terno y corbata, y salir medio en secreto a tomar un taxi. Hasta que en una ocasión lo abordé, se portó amable y aceptó tomar conmigo un refrigerio en el café de la esquina. El club de yoga queda en la calle Eliodoro Yáñez y en la esquina sur oriente con Lyon hay un local discreto donde nos solemos juntar a charlar después de las sesiones, sobre todo las nenas. O las nenosaurias, si se quiere.
Lo cierto es que Hari Premsingh era su nombre de batalla en el yoga, había adherido sin mayor entusiasmo al sikhismo internacional, según me contó, sobre todo porque le gustaba una profesora que andaba por entonces en la India. Por inercia había continuado en las clases, o tal vez guardaba alguna esperanza de que su prenda volviera. Aunque yo sabía que perdía el tiempo porque esa nena había partido detrás de un carismático indio viejo, su maestro de canto. Hago notar que Hari era más o menos una década más joven que yo.
Bueno, Hari Premsingh, a quien nunca le pregunté su nombre civil, ocurre que las oficiaba de detective privado para una compañía de cobros llamada Sacofin, como perseguidor de deudores. Una empresa odiada por la pobre gente que debía dinero, sobre todo a los bancos, compañías de seguros o empresas comerciales. El nombre le quedaba bien, entraba a saco en la intimidad de los ciudadanos para obligarlos a pagar. Contaba con una planta de personal lo más deleznable que uno pudiera imaginarse. Gente vulgar, implacable, tenaz, sorda a los ruegos o los reclamos. Lo sé por experiencia propia como empresaria en dificultades. Alguna vez me acosaron en forma absolutamente contraria a los derechos humanos. Pues allí trabajaba Hari.
Un trabajo deplorable, me confesó en una ocasión. Se hallaba agobiado por lo duro que significaba para él escarbar en las vidas de los infortunados deudores. Le tocaba incluso proferir amenazas, sobre todo cuando hacía encargos de las compañías aseguradoras. Por cierto, Hari sufría grandes dudas morales por causa de un trabajo tan atroz. Su jefe era un tal Herrera, economista fracasado en todos lados, echado de varias universidades, un “pellejo de guarén” repugnante, decía Hari. Le llamaba así. El tipo lo trataba mal, lo obligaba a extorsionar a la gente; no obstante le pagaba relativamente bien. Mi amigo del yoga era un as para descubrir donde se escondían los deudores que se negaban a pagar.
Bueno, no sé bien por qué lo hice, me caía bien el muchacho. Tal vez fue un toque maternal, yo no tenía hijos. No me interesaba tampoco echármelo encima, como decían algunas de mis amigas. Hari Premsingh no andaba buscando polola, pero me daba cuenta que yo le gustaba. En un arranque inexplicable le pedí que me ayudara con sus dotes detectivescas a investigar la pista que me había proporcionado el trabajador, apodado el Chocolo, un hombre moreno que me trataba con el mayor respeto. Al revés de otros obreros, de quienes bien sabía yo que cruzaban todo tipo de apuestas acerca de cómo sería mi vida sexual. Cosa que me importaba un rábano por cierto. Allá ellos con sus fantasías. No podía defraudar al maltratado Chocolo. Tenía que buscar una alternativa a esos detectives autistas.
Hari no pudo negarse. Hari era rarito también, no como los detectives oficiales pero sí mostraba timidez e inteligencia, humor e indiferencia. Todo a la vez, como si actuar en forma continuamente contradictoria fuera lo más normal. Una amiga psicóloga me dijo: sufre una forma del síndrome de Asperger. Ante mi pregunta me explicó que era una forma leve y no inhabilitante de autismo. Otro más, no por favor, se me ocurrió pensar, pero ya tenía a Hari embarcado en la pesquisa, no me quedaba sino esperar qué iba a surgir de todo ese intríngulis.
El detective me pidió los datos de Chocolo, que se hallaba convaleciente en su casa, para que lo ilustrara acerca de su pista, para ver qué significaba aquello de que él sabía dónde vivía uno de los ladrones. Era necesario empezar por allí, naturalmente. Lo dejé hacer, no le pregunté acerca de sus métodos de trabajo detectivesco.
Por razones de su pega, Hari esperó el fin de semana para abordar al Chocolo. Fue en la tarde del sábado, la misma semana del robo. Yo me hallaba en el parque Arauco haciendo unas compras para luego encontrarme con unas amigas en el café Paul, donde se celebraba una “noche parisina”. Miré mi celular que comenzó a sonar de manera impertinente y leí en la pantalla el nombre del Chocolo. Como era uno de los guardias nocheros le había dado mi número privado. Me vi obligada a salir para afuera del lugar, había una cantante dándole a unas canciones francesas preciosas. Me produjo bastante lata responder a la llamada, pero tal vez era algo importante. Escuché la voz pituda del Chocolo:
–Señorita Fernanda, aquí le habla Chocolo Gamboa –su voz sonaba además ansiosa y agitada.
–¿Qué pasa Chocolo? –le respondí.
–Pasa que agarré chanchito a uno de los ladrones, señorita Fernanda.
–¿Cómo es eso, Chocolo? –le pregunté–. Explícame de qué estás hablando.
–Un tipo disfrazado de Osama Bin Laden llegó hasta mi casa a preguntarme por el robo. Me di cuenta altiro que era uno de los ladrones.
–¿Cómo te diste cuenta, hombre por Dios? –ya había adivinado, Chocolo había atrapado al pobre Hari Premsingh. Seguramente, ingenuo como era, usó su traje de yoga como camuflaje.
–Por la forma de caminar, señorita, fue uno de los que me pegó.
–¿Estás seguro?
–No totalmente, el disfraz no era el mismo, pero no lo dejé ni hablar y le mandé un tortazo con un pedazo de cañería que siempre tengo a mano en la casa. De todos modos es un sospechoso, digo yo…
Me quedé helada, apenas a atiné a preguntarle:
–¿Lo mataste?
Chocolo se rió:
–Nada de eso señorita Fernanda, quedo medio grogui, el trapo que tenía en la cabeza amortiguó mi pencazo. Pero ya se recuperó, lo tengo amarrado y con un calcetín en la boca.
–Repíteme tu dirección –le grité– y no hagas nada más. Corro para allá –sólo me preocupaba en ese momento la suerte del alma cándida de Hari, metido en ese forro por culpa mía.
–No se preocupe, jefa, ya llamé a Investigaciones y los detectives vienen para acá a hacerse cargo del sujeto, los mismos efectivos del operativo en la obra –el Chocolo trataba de hablar como en las películas.
Al mismo tiempo que yo gritaba un ¡no! de angustia, partí hacia el estacionamiento a buscar mi auto y rajar hacia la población El Barrero, distante como a mil kilómetros, donde vivía el Chocolo. Me había dado el nombre de una calle y un número que apenas había podido memorizar, pero no conocía ese lugar y para peor se estaba empezando a hacer de noche. ¡Qué horror! Además debía meterme en esos andurriales con mi BMW color vinotinto.
El teléfono celular de Chocolo sonaba siempre ocupado, yo dejaba mensaje tras mensaje y nada, mientras aceleraba peligrosamente por la circunvalación Vespucio. Después de darme varias vueltas por unos lugares siniestros, casi arriba de los cerros, finalmente caché en la oscuridad una cuca de carabineros y me acerqué a ellos para preguntar por la dirección. Me alumbraron con linternas, las manos en sus armas de fuego. ¡Qué susto! No me dejaron hablar, me pidieron mis documentos. Me miraban feo. Tuve que explicar en qué andaba, no me entendían. Después supe que allí, en esa población, se vendía droga y llegaba gente cuica a abastecerse, por eso los pacos acechaban.
Por mientras se perdía un tiempo precioso, estaba realmente angustiada, llena de remordimientos por mi amigo Hari. Al final los carabineros me acompañaron hasta la casa del Chocolo. Era tan tarde que se había metido en la cama y apareció en bata. Me gritó de inmediato:
–Señorita Fernanda, ¿para qué vino? Los de Investigaciones se llevaron al sospechoso. Quedó en buenas manos…
Casi me desmayé. El pobre Hari en manos de los detectives autistas. No podía imaginar una pesadilla peor. Como una sonámbula, agradecí al Chocolo por su acción y a los carabineros por su ayuda. Me metí en el auto y partí. Los pacos me guiaron para que pudiera volver a Vespucio. Manejé como una idiota. Me di de nuevo mil vueltas y atiné por fin a orientarme hacia el cuartel de Investigaciones en calle General Mackenna. Era de noche, el edificio estaba cerrado a machote. Nadie me abrió, ni me atendió un nochero. Fuera de servicio. Un letrero decía algo así como atención desde las 8 de la mañana. Enrumbé pues hacia mi departamento en Vitacura. Al día siguiente iría por Hari, condenado a pasar la noche entre rejas. Yo pasé casi toda la noche insomne, haciendo solitarios con un naipe, no podía con mis nervios.
A las 8 estaba allí de nuevo, con unas ojeras de terror, en la entrada de Investigaciones. Había una multitud esperando, en su mayoría gente humilde en busca de sus relativos atrapados por lo que llamaban “la pesca”. No conseguí el menor privilegio. Después de dos horas logré que me dejaran hablar con Hari. Con él estaban los detectives autistas, el gordo y el flaco, que me saludaron educadamente aunque como si me vieran por primera vez.
Hari Premsingh estaba bien, tenía un leve cototo en la sien y un labio roto pero nada más. Su turbante se veía todo torcido y sucio, aunque no se lo había sacado. Expliqué a los detectives que Hari había tratado de ayudarme en la pesquisa de los ladrones. El gordo me hacía preguntas absurdas y el flaco anotaba. No aceptaron mis explicaciones. Hari estaba acusado de ser el ladrón y lo iban a prontuariar de inmediato. Había sido reconocido por unos de los testigos del robo, léase el Chocolo, y eso era una prueba contundente. Me desgañité tratando de sacarlos del error pero fue imposible.
Dieron por terminada la visita. Por suerte, Hari, que estaba empezando a desesperarse, me dio el teléfono de su jefe, el economista Herrera. Sólo él podía sacarlo de allí mandando a alguno de los abogados de Sacofin, aunque el precio era que seguramente perdería la pega. Mi amigo tenía razón, no había otra manera. Lo hice. Hablé con el “pellejo de guarén” por teléfono, un siútico repulsivo, un rasca de hablar amanerado. Por fortuna no tuve que conocerlo en persona. Me traspasó la llamada al abogado. Pues sí conseguí reunirme con el tal abogado, un gordito calvo y sudoroso a quien se le salía la camisa del pantalón, que escuchó mis razones y partió hacia Investigaciones. Me pidió ir solo, no me necesitaba, sabía como manejarse en ese medio. Prepare la billetera, me dijo, yo la llamo.
Esa misma tarde Hari Premsingh estaba libre aunque cesante, por cierto. Lo habían echado de inmediato de la empresa por romper la exclusividad que debía a Sacofin y además por llevar una doble vida, como detective privado y extremista islámico, según calificó Herrera la afición de Hari por el yoga. Lo pasé a buscar a General Mackenna, con la chequera en la mano para pagar las costas y al abogado, que aprovechó de embolsicarse unos morlacos extra. Al menos había hecho bien su trabajo, me conformé. Hari había quedado libre.
Nos fuimos al club de yoga, donde mi amigo pudo cambiar de ropa y refrescarse. Después lo invité a comer algo al café, ese café donde había empezado su desgracia. En el fondo, me confesó que estaba agradecido de mí porque había podido, por fin, liberarse de ese trabajo infame. Conversamos bastante y quedamos en juntarnos para ir a un concierto o algo cultural que mereciera la pena. Me había olvidado del robo, en el fondo no quería saber más de eso. Pero la historia no había terminado aún.
Al día siguiente, domingo, no hice sino dormir y descansar, con la idea de almorzar tarde con alguna amiga en un buen restaurante de Providencia. El programa terminó siendo en El Huerto y sola, sin compañía. La semana siguiente fue atareada y el robo, cosa del recuerdo. Los trabajadores heridos seguían con licencia y tuve que contratar gente extra para instalarlos en la obra durante la noche e impedir que me robaran de nuevo. Fui al yoga por las tardes y mi amigo Hari no apareció en toda la semana por el club. Andaba ocupado buscando trabajo, me imaginé.
Fue al sábado siguiente cuando resucitó el tema, como los monstruos de esas películas gore. Estaba saboreando un café en el Juan Valdez de Alonso de Córdova, a eso de las 5 de la tarde, cuando sonó mi celular. El Chocolo de nuevo. Se me ocurrió pensar: “La pesadilla continúa, no puede ser cierto”.
–¿Qué me cuentas Chocolo? –le dije, con la esperanza de que fuera algo sin importancia.
–Señorita Fernanda –me respondió–. Le tengo una muy buena noticia.
–¿Cuál? –le pregunté, con el alma en un hilo.
–Atrapé al ladrón. Fui a su casa y lo pillé con toda la evidencia. Junto con el Osama Bin Laden ése, forman la pareja del robo.
Chocolo no sabía que Hari había sido liberado, nadie se lo había informado y no tenía por qué saberlo tampoco. Lo dejé en su error.
–¿Qué hiciste, por la virgen santa? –atiné a decirle.
–Fui con los perros. Lo reconocieron. Le lamían las manos. Fue él quien les dio los pedazos de carne. ¿Qué le parece señorita Fernanda? Es uno de esos tipos nuevos que usted contrató hace un mes. Su cómplice, el doble de Osama, es de afuera. Me pasé ¿no? Los tenemos a los dos.
–¿Has hecho algo más?
–Pues sí, llamé a los detectives pero me mandaron a la cresta, perdonando. Dicen que el caso está pendiente y que deje al sospechoso tranquilo, que ellos le van a hacer una visita. Sé que no van a hacer nada. Por eso recogí todas las herramientas que había allí, son las nuestras y las restituí a la faena. Al tipo lo dejé amenazado.
–Bien Chocolo, gracias. No te metas más en esto…
–La estoy llamando, señorita Fernanda, para que me dé instrucciones.
–Ya te dije, Chocolo, deja que Investigaciones siga con el asunto. No te metas más ¬–casi le grité. Me percaté que mi hombre se hallaba ofendido, barbotó un débil:
–Bueno, como usted diga, patrona.
–El lunes te quiero ver en mi oficina para darte una nueva función y deja en paz a ese personaje. Te lo repito. Yo veré qué hago con Investigaciones –y le corté con rabia.
Una peste ese Chocolo. Estaba transpirando y toda temblorosa. Me mandé un par de pastillas para dormir, me tiré encima de la cama y me quedé dormida en cuanto hicieron efecto. Lo único que ansiaba era refugiarme en el sueño, olvidarme de todo, no saber nada más de nadie.
Fue al día siguiente, domingo, cuando me estaba levantando para ir a yoga, que me llamó Hari Premsingh al celular. La verdad es que me alegré al inicio, pero luego el corazón empezó a darme de patadas al pensar en qué nuevo enredo iba a aparecer. Se disculpó y me preguntó si tenía ganas de tomar un café con él en el lugar consabido, que me invitaba después de la clase de yoga, que no podía ir en esta ocasión. Por supuesto que acepté y nos citamos a las doce mediodía.
Por primera vez lo vi oficialmente sin sus paramentos de yoga. Seguía con la barba aunque recortada. Llevaba una polera amarilla bastante convencional y unos jeans azules. Calzaba sneakers blancos. La cabeza descubierta. Me pareció relajado y de buen ánimo. Me abrazó ligeramente y su beso de saludo fue un poquito más largo e intenso que otras veces. Me emocionó un poco. Yo había sido la causa poco menos que de la destrucción de su vida.
Una vez que hubimos hecho nuestros pedidos de consumo, me dijo:
–Te quiero contar algo.
–Adelante –le dije–, espero que sea algo bueno.
–Lo es –replicó con una gran sonrisa–. Encontré trabajo…
Se me quedó mirando, a la espera de una reacción de mi parte. No me quedó otra que decirle:
–Maravilloso. Dame detalles.
–Pues estoy en la policía de Investigaciones trabajando como detective. Por ahora en un puesto interino. Están cortos de personal calificado y necesitan refuerzos, pero si todo va bien, pudiera conseguir un cargo de planta. ¿Qué te parece?
Al decir esto último me tomó las manos. No tuve corazón para quitarlas. Le pregunté:
–¿Y cómo es que se produjo ese milagro?
–Me recomendaron los detectives Pérez y González, te acuerdas, los que investigaron el robo en tu obra, el gordo y el flaco…
Estuve a punto de decirle los detectives autistas pero me contuve, ahora eran colegas de Hari Premsingh, les debía respeto.
–¿Y sabes cuál fue el argumento que permitió que me dieran el puesto? –susurró Hari, callándose para poner suspenso en el punto.
–Dilo, tonto –repliqué con los ojos húmedos–, antes que te pegue una cachetada y mejor no me sueltes las manos que soy capaz de hacerlo, como que me llamo Fernanda Wilson…
–Pues ellos, Pérez y González, informaron a la jefatura que yo era un maestro del disfraz, y que por ello iba a hacer un gran aporte dentro de Investigaciones.
No pude sino besarle las manos y dejar que pasara lo que tuviera que pasar.
FIN
