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Morir en la meta – Toño Freire

                                   

     – Juego a que nuestro sabueso adivinará quién es el criminal. Para él, que resolvió homicidios reales, estas ficciones de TV son pan comido.

     – Por mi parte, pongo mi ficha al guionista. Piensa que tiene una decena de telenovelas a su favor, sin contar sus antiguos radioteatros.

     Era uno de los tantos diálogos que se escuchaba aquella mañana de noviembre de inicios de la década de los ‘80 entre los reporteros y fotógrafos de La Verdad. Ellos, ya antes que comenzara la tradicional pauta, cruzaban  apuestas relacionadas con el final de la serie La Vida es un Albur, transmitida por el Canal católico con récord de rating. En la Sala de Redacción del matutino cundía igual expectación que a lo largo de la audiencia nacional por saber quién de los cuatro parientes sospechosos –para acceder a su fortuna– había envenenado al latifundista Juan Elías Valverde en la noche de San Juan, justo cuando celebraba su onomástico. Suspenso que culminaría en aquella jornada y que había  nacido seis meses antes al compás de esas nerviosas máquinas de escribir al inventar el matutino un concurso policial. Mientras algunos confiaban en la destreza del escritor Jairo Soto Reyes, inventor de la saga audiovisual, otros, más identificados con su medio, postulaban que el sagaz ex comisario Barría del Bosque acertaría con el nombre del asesino.

     Conducta lógica esta última,  debido a que el ex prestigiado detective era en ese momento un empleado más del Diario. Su director, Ariel Montalván, tan fanático de los programas de la  tele como de las carreras de caballos en el Hipódromo, ansioso por aumentar el tiraje de su publicación, obligado a permanecer en cama víctima de un resfrío invernal, al observar en la pantalla la trama de Soto Reyes, sintió que rayos del cielo lo iluminaban y decidió  dar forma al concurso ¿Quién mató a Valverde?  Con el equipo reporteril de Espectáculos empezó la campaña y la consiguiente publicación de cupones. Maniobra que rápidamente enganchó a los lectores y que lo puso en el primer lugar de las ventas. Entusiasmado por la acogida de su idea, temió que tan  bello castillo de papel  levantado diariamente se  le viniera abajo.

     Es en la búsqueda por mantener y acrecentar el interés lector, arañando su pasado de gacetillero encargado de cubrir La Pesca –así apodaban a Investigaciones– cuando aterriza en su memoria el comisario Lucas Barría del Bosque. Iniciándose en el reporteo, lo había asombrado como acucioso investigador, explorador de  crímenes insolubles  y por sus galardones ganados  en el extranjero. En su reconocimiento, incluso leyó alguno de sus relatos policiales firmados como  Hércules Poirot en un tributo a Agatha Christie. Lo ubicó en su añoso caserón de avenida Ricardo Cumming:

     –Ya era hora que alguien se acordara de mí. Bastante me gusta estudiar a Simenon,  Conan Doyle,  Cornell Woolrich, pero también estaba aburrido de regar plantas y flores –fue su confesión.

     Entrecano aún a pesar de pisar sus 70 años, mirada de águila, bigote esmerado, mediana estatura, macizo. Reflexivo, deductivo, ejecutivo, al aceptar el desafío pidió únicamente que le pusieran como ayudante a un periodista de  teatro, cine, música, TV:

     –Como jamás fui bohemio, este mundo de los artistas siempre me fue distante. Me van a tener que abrir los ojos –masculló–. Es curioso, creo que nunca entre al camarín de una vedette ni vi maquillarse a un histrión. Reconozco, eso sí, que aplaudí a las dos efes: Flores y Frontaura.

     El jefe de la sección Espectáculos fue el asignado para abrirle los ojos, narrándole rivalidades, ambiciones, envidias, intimidades, mezquindades, zancadillas que se prodigaban las estrellas de las 525 líneas con tal de continuar brillando u obtener un rol protagónico. Innumerables veces se les vio a ambos dialogando y caminando de un lado a otro frente al ventanal de las oficinas que daban a la Alameda de las Delicias. Culto, intuitivo, humanitario,  Barría desarrolló varias tesis comparativas entre los delitos larvados en una mente criminal real y los inventados en el magín de un creador de ficciones. Dedujo que aunque el parentesco era evidente, la lucha por la subsistencia diaria era más despiadada. Seguro de sus blasones, fue más allá de la indagación rutinaria al ordenar que, semanalmente, siguiendo sus matemáticas instrucciones, se publicara una fotonovela protagonizada por los mismos actores que maravillaban en la pantalla y que, a la postre, coincidiría con el desenlace del melodrama televisivo. 

     Culminaba el décimo año de la dictadura;  protestas estudiantiles sacudían el conformismo ciudadano. El pinochetismo insistía en usar la televisión para adormecer la opinión pública. Tiempo de shows rutilantes, falsos montajes noticiosos, dramones idiotizantes, animadores adoradores de los uniformados, despilfarro de dólares para contratar extranjeros famosos. Ultraderecha y militares amos del ecran electrónico. En medio de tal panorama, La Vida es un Albur robaba la sintonía.

     Mediodía fue el momento fijado por ejecutivos del Canal y el matutino para juntarse en la Notaría Carvajal, calle Morandé,  con el objetivo de proceder a  la ceremonia de apertura de los sobres, depositados con anterioridad, que contenían el nombre del o de la asesina de millonario terrateniente  Valverde. Mientras la hoja escrita por Lucas guardaba el nombre detonante de su investigación periodística paralela; el papel de Jairo designaba al verdadero ejecutor del homicidio audiovisual. Con la intención de despistar  al público, la estación confesional había grabado el final 14 veces con los cuatro familiares sospechosos: el sacerdote Mauricio, la doctora Michelle, el ingeniero Eduardo y la cosmetóloga  Luz Amada. Debido a la popularidad de la producción, al acto asistió gran cantidad de personas, camarógrafos, fotógrafos, locutores. Seguros de su triunfo, y sin la presencia del comisario Barría que se excusó por razones de salud, La Verdad se hizo presente con su Director  y media docena de redactores. Por el Canal, asistió el productor general más el imaginativo escritor de la serie. En tanto aguardaban al Notario, sin darse la mano, Montalván y Soto hilvanaron un agrio diálogo:

     –Mi trabajo de escritor de telenovelas es tan importante como el tuyo – comenzó imponiendo el guionista respaldado por su metro ochenta y su voz cavernosa–. Me molesta que lo trates como un género maldito y lo califiques de teleculebrón.

     –No tienes porque exaltarte –espetó el periodista amparado en mesurados modales de  diestro apostador–. Hasta donde yo conozco, en todo el Caribe lo denominan como tal. Imagino que si hubiese usado telecebolla, me habrías golpeado.

     –Menos mal que te abstuviste. ¡Eso es más despreciativo! Si obedece a otra realidad, ¿por qué no lo escribiste entonces entre comillas? Era lo correcto.

      –En todo caso estuviste genial manejando la trama sentimental y  el suspenso cual si fueras un Alfred Hitchcock. ¿Quieres fumar?

      –Si, pero de los míos. No me hables del aspecto policial porque lo detesto. Tú y el maldito concurso que inventaste me desordenó todo lo planificado. ¿Quién te mandó a efectuar tal acertijo? ¿Ignoras lo que sufrí para reorientar mi novela? Yo la había proyectado en forma tradicional, con encuentros y desencuentros amorosos, personajes simpáticos, trepadores sociales, conflictos de clases. Al leerte a ti y tu concurso, me volví loco. Me obligaste a estructurar cada semana secuencias de intriga policial y ese nunca fue ese mi objetivo.

      –Así será, pero no puedes negar que el concurso del Diario harto te ayudó, que la investigación paralela y la fotonovela creada por el Inspector Barría fue  exitosa. Nunca se hizo en el nuestro diarismo un trabajo como el suyo. No puedes ser mal agradecido. Tienes que reconocerlo.

      –Puede que tengas razón. No obstante me hicieron trabajar como chino. Digamos que el resultado fue bueno para la telenovela, para el Canal que vendió más avisos y para ustedes que vendieron más diarios. Los únicos que no tocamos billetes fuimos nosotros, ¿o no?

             Aprovechando su ironía, Montalván lo pinchó:

     –¿Sabes que existe una escritora española de apellido Pantoja que allá por los ‘60 hizo una radionovela con el nombre La Vida es un Albur? Como tú empezaste…

      No alcanzó a terminar la frase. Soto se le fue encima:

     –¡Desgraciado! ¿Adónde quieres llegar? ¿Insinúas que soy un plagiador? De esa señora jamás oí hablar.

     Instante preciso para que el notario Carvajal solemnemente tomara la palabra:

     –Que el nerviosismo no altere esta linda ceremonia. Habiendo sido ya sobrepasada la hora fijada para la cita, ha llegado el momento de abrir la caja de fondos y proceder al retiro de los sobres del concurso televisivo. Como quedó establecido, sólo uno de los dos  contiene el nombre del verdadero asesino de don Juan Elías Valverde… Reporteros, artistas, amigos, por favor no se acerquen tanto… Dejen espacio para que camarógrafos y fotógrafos hagan sus tomas… Vamos, vamos. Retrocedan un poco; que todos vean la hoja escrita por el señor Jairo Soto Reyes. Observen. Ahí se lee claramente que la asesina es… ¡Luz Amaaada!

      El nombre anunciado desprendió un iceberg en medio del equipo informativo de La Verdad. Cabizbajos volvieron al Diario. Silenciosos por la derrota de su apreciado compañero que en su acuciosa investigación policial errara al afirmar, tal como consignaba en su sobre, que el asesino del latifundista era el sacerdote Mauricio. Evidentemente, dando muestra de disosmia, Lucas despreció los perfumes de la cosmetóloga y optó por entramparse en la oscuridad de la sotana.  Optimistas, pensando que luego celebrarían, los reporteros habían partido a la Notaría y retornaban amargados por el fracaso del  respetado profesional. Pero está escrito que las malas noticias nunca llegan solas. Una desgracia mayúscula los aguardaba: el comisario Barría que el día  anterior se había retirado temprano a su hogar, extenuado por el esfuerzo desplegado, había sufrido durante la noche, en forma inesperada, un ataque al corazón. Su viejo y cansado músculo, esculpido con el buril de la constante zozobra policial, se quebró, invitándolo a transitar por el sendero del eterno descanso. Congoja, impotencia, lágrimas en la sala de Redacción. Emocionado, Montalván llamó a su oficina a los jefes de sección. Sin titubeos planteó:

      –El deceso de nuestro notable comisario nos plantea un  serio problema ético. ¿Qué hacemos? ¿Informamos que nuestro querido comisario falló en su última diligencia? ¿Mentimos o decimos la verdad? Ante tal disyuntiva no traspasaré a ustedes la responsabilidad. Yo asumo la decisión. No en vano fui  quien lo puso a investigar el certamen. Como en la hípica, a veces se gana y otras se pierde: jamás creí que mi mejor jinete rodaría justo antes de llegar a la meta. Debo escoger entre la verdad y la amistad, los principios y la lealtad,  el prestigio personal y la acción humanitaria.  Perdónenme, pero en este caso, nobleza obliga, y escojo dar un  fuerte abrazo de despedida a mi querido amigo Lucas. En consecuencia, el título de mañana en portada será: “Comisario Barría acertó nombre del asesino”. Y en el epígrafe pondremos, Finalizó el concurso ¿Quién mató a Valverde?

 F  I  N

 (A René Vergara, uno de los fundadores de la Brigada de Homicidios de Investigaciones)

 

 

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Toño Freire:  Director de televisión, cine, documentalista, publicista y académico universitario de larga trayectoria, ha incursionado en el género negro/policial con su serie de novelas de Rakatán, un periodista investigador de crímenes: “¡Hay ambiente en el Bim Bam Bum!”, “Rakatán en La Sirena” y “Rakatán y La Carlina, Heroína Nacional”. El cuento que presentamos, con Rakatán de protagonista, forma parte del libro El Pajarico de San Nicolás y otros Des-cuentos (2014).

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