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Me llamo Fernanda Wilson y soy ingeniera civil dela Universidad Católica. Empresaria de prestaciones en la construcción, para servirles. Alguna vez conté acerca de un robo que hicieron en mis instalaciones y cómo durante tal robo se llevaron un camioncito viejo que era mi regalón. Heredado de papá, mi legado más preciado. Nunca pude recuperarlo ya que, aun cuando la policía lo encontró, no era sino un montón de chatarra, sin ruedas ni motor, apenas un resto de cabina. Se lo entregué a la compañía de seguros tras firmar unos papeles y de allí fue a parar sin duda a una barraca de fierro. Pues ese camioncito era un modelo Ford Pickup del año 1950 con motor V8, al cual se le había agregado una barandilla de tablas para dar altura al área de carga. Era un modelo que podía aguantar hasta una tonelada, me era útil. Pero sobre todo querido. Tal vez piensen que soy un poco fetichista. No me importa. Pongo una foto del modelo, no la del mío pero era idéntico.

 

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Pues un día en que andaba haraganeando por los alrededores de Puerto Varas, cerca de uno de esos pueblos que hay por detrás del volcán Osorno, vi desde el camino un camión igual al mío estacionado en una parcela. Estaba bastante maltratado pero era el mismo modelo. Un cobertizo de palos parados y techo de paja lo cubría a medias. El corazón me dio un vuelco, como se suele decir. Detuve el auto arrendado en que andaba paseando mi soledad (venía saliendo de otro romance fallido) y me metí en la modesta casa campesina que lo albergaba. Primero me atacaron unos perros pero ante un silbido salido de alguna parte, se retiraron. Un viejo decrépito apoyado en un bastón asomó a la puerta. La casucha se veía pobre, no obstante había suntuosos árboles alrededor.

–Bonito día para pasear –me dijo el viejo–. No son corrientes los soles por estos lados. ¿En qué le puedo ayudar, señorita?

–Buenas tardes, señor. Vi su camioncito –le dije con voz susurrante señalando el vehículo, haciéndome precisamente la señorita–. Tuve uno igual pero me lo robaron.

–No puede ser éste –replicó el viejo, sin mala onda, más bien con cierto humor–. Está en la familia desde que yo era cabro chico. Ahora es mío…

–Perdón por explicarme mal –repliqué a mi vez–. El mío lo recuperé, sin embargo estaba destruido. Veo que el suyo luce bastante completo.

–Se le nota el paso de los años, hay partes oxidadas y otras rotas –explicó el viejo–. Pero sí, es verdad que está casi completo. No le han robado nada de lo grande. Gracias a los perros –y me dedicó una sonrisa desdentada. 

–¿Puedo verlo? –adelanté otro peón.

–Todo lo que quiera. Pero le advierto que se le han caído pedazos y no anda desde hace un par de años a lo menos. Debe tener arañas y nidos de pájaros del año que le pidan…

Lo miramos juntos. Me di cuenta que el viejo insistía en que no valía nada. El Ford conservaba lo básico en su lugar, incluido el motor, pero sobre todo mostraba lo más difícil de recuperar: el frontis se veía entero así como los focos, el capó, los parachoques y los retrovisores. El tablero estaba casi intacto aunque según el viejo no marcaba nada. Tenía su manubrio original y la palanca de cambios unida al volante. Le faltaban perillas de las ventanas pero esas se podían adaptar, pensé. Por suerte se hallaban cerradas de modo que el vehículo se había defendido de la lluvia, la ceniza y la suciedad. Los cromados tenían las previsibles manchas de óxido y las rayaduras en la pintura eran múltiples. El color a esas alturas era indefinido, una suerte de gris verdoso que se debía más a las cagarrutas de los pájaros que a la pintura. Los neumáticos, desinflados y agrietados, se notaban inservibles. El parabrisas ostentaba una vistosa trizadura, en fin, no parecía otra cosa que un cacharro dado de baja.

–¿La erupción del volcán no llegó por acá? – le pregunté haciéndome la turista loca.

–Nos cayó un poco de polvo pero nada grave. ¿Le gustó el camión? –cambió de tema el viejo–. Si le interesa tal vez podamos hacer negocio. Tengo guardado el padrón.

–Por supuesto –salté de inmediato moviendo la reina–. Si lo quiere vender, dígame su precio, don…

–Me llamo Raimundo Pugas Mugas, para servirle. ¿Y cuál es su gracia, señorita?

–Soy Fernanda Wilson, a sus órdenes –le contesté, estirándole la mano. No soy de besos a destajo. Conocía esa expresión anticuada para pedir el nombre, la usaba mi padre, de modo que no hice ningún chiste obvio.

–Mucho gusto –murmuró el anciano.

–Pues me interesa, pero necesito saber en cuanto valoriza usted el vehículo. Hay que hacerle varios arreglos, qué digo, hartos… –insistí en mi pregunta.

–No tengo idea de cuánto cobrarle, señorita Fernanda –contestó el dueño del camión. Yo estaba entrando en proceso de enamoramiento con la máquina y estaba más que dispuesta a pagar lo que fuera por obtenerlo. Desde ya quería pagar un precio justo, dentro de lo posible, no soy una aprovechadora como la mayoría de mis colegas; corrijo, como algunos frescolines sin ética.

Miré de nuevo mi objeto de deseo, ese pequeño camión Ford Pickup del año 1950 con motor V8, idéntico al que había perdido. Tenía incluso su barda de madera aunque bastante rota. Sabía que habría que meter allí un par de millones, a lo menos, si quería volver a hacerlo rodar y tal vez otro millón para tenerlo impecable. Por cierto era importante hacer evaluar las latas por un experto. Tantos años en el sur, con esa humedad, no hay metal que resista. Mi tiré pues un carril, no quería tampoco entrar a regatear con un viejo campesino pobre.

–Hasta animales le hemos metido arriba. Le caben tres caballos bien ordenados. Apretaditos, claro. Por eso está harto cochino… –comentó lanzándome una sonrisa de puras encías.

–Don Raimundo –lancé en el tablero mis caballos al ataque–. Le ofrezco un millón de pesos, en billetes y sin descuentos. Yo hago todos los papeleos, pago la transferencia y me hago cargo de sacar la máquina de aquí.

–Bueno, señorita Fernanda. Me gusta su oferta, no voy a tratar de aprovecharme, para mí es un montón de fierros viejos. No guardo ningún lazo sentimental con ese cacharro. Déjeme solamente consultar con mi sobrina Miriam, que vive conmigo y salió a Puerto Montt a hacer compras, ya llegará por acá en el autobús rural, aunque más tarde…

–Pues espero –le dije, temiendo lo peor si se inmiscuía una de esas brujas metiches que lo emponzoñan todo. ¡He conocido a tantas en mi vida! Reconozco que la oferta era buena, en todo caso.

Para hacerlo corto, el negocio se cerró ese mismo día, que era un sábado. La sobrina ni siquiera intervino, en un aparte el viejo le contó de mi oferta y aunque discutieron por un rato, ella pareció estar de acuerdo. Jaque mate inapelable. Antes que me retirara, tomamos un mate con tortillas de rescoldo y hablamos de las erupciones del volcán Calbuco, de la plaga de industrias salmoneras y de los turistas mentecatos. Lunes y martes me dediqué full time a los trámites y a buscar un garaje. Al miércoles siguiente llegué yo misma donde don Raimundo, acompañando a la grúa para sacar el camioncito y llevarlo al mejor taller mecánico de Puerto Montt. También acarreaba todos los papeles para que me los firmara. ¡Hacía años que no me sentía tan feliz!

Poco femenina dirá alguien, poco creíble si fuera el personaje de un cuento, las mujeres no son así. ¡Miren que volarse por un camión viejo! Eso no se lo cree nadie en Chile. Es inverosímil. Pues habemos algunas que somos así y, como decía un amigo español mal hablado: ¡vayan a tomar por culo si no les parece!

A las tres semanas volví a Puerto Montt con Rojitas, uno de mis choferes y también mecánico de la empresa, para trasladar el camión a Santiago. Primero lo revisamos y Rojitas hizo unas cuantas observaciones que los de Puerto Montt asumieron, sobre todo en el tema de la puesta a punto para optimizar el uso del combustible y hacer más fáciles las partidas en frío. Según ellos el camión estaba mejor conservado de lo que aparentaba, al menos en la parte mecánica. Cuando mi hombre estuvo satisfecho partimos tempranito al día siguiente de vuelta hacia Santiago. Hicimos una sola parada a la altura de Los Ángeles para un nuevo chequeo y para almorzar. El Ford se portó a cabalidad, tomamos nota de cada uno de sus modos, un ruidito por aquí, un olorcillo por allá, en fin, todo bien, hasta que arribamos a Santiago sin novedad.

De allí el Ford se fue a un buen taller de maquillaje para la pintada y para resolver los temas del tablero, la tapicería, los limpiaparabrisas, los focos, las manijas, la estética digamos. Yo misma supervisé las compras de repuestos, conseguidos algunos en depósitos de vehículos viejos y los nuevos que estuvieran disponibles o pudieran adaptarse. Finalmente di instrucciones de pintarlo de dorado. Tal cual. Así salió a la calle. Causaba sensación por donde anduviera, incluso yo misma me permití manejarlo cuando se me dio la gana. Seis meses me duro la alegría, hasta que me lo robaron.

–¿Lo pintó de dorado? –me espetó con la cara torcida el detective Pérez, el gordo, mientras al detective González, el flaco, se le caía de la boca el lápiz con que estaba anotando mis declaraciones. Pues ahí tenía nuevamente ante mis ojos a los “detectives autistas” como los sobrenombré alguna vez. Era como el retorno de un mal sueño.

–Sí –le respondí al gordo calvo mientras el flaco melenudo recogía su lápiz baboseado del suelo y se ponía a garrapatear como alienado en su pringoso cuaderno–. Lo pinté de dorado para que no me lo robaran…

Por supuesto que no les conté que en el fondo lo había pintado de ese color en honor a Cris Johnson, “el hombre dorado”, personaje de un cuento de ciencia-ficción de Philip Dick que había leído alguna vez. Y confieso que llamaba a mi camioncito Cris cuando nadie me escuchaba. Nada de eso lo dije a los detectives. Me habrían creído loca, o peor, vieja calentona. Las que han leído el cuento me entenderán…

–Igual se lo robaron, ¿no? –se burló el detective gordo.

–Terrible pero así fue –tuve que reconocer.

–Usted es ingeniera civil, ¿no? –me espetó Pérez.

–Correcto.

–Con todo respeto, ¿no le parece un poco hippie ese color? –el flaco anotó algo en su libreta mientras sofocaba un gruñido entre risa y tos.

–Tal vez, pero a mí me parece un color como cualquier otro. Además va a ser más fácil identificarlo –los detectives se miraron pero no hicieron ningún gesto.

–Correcto –concedió Pérez, al parecer le encantaba esa palabreja.

Nuevamente estaba viviendo la pesadilla de hacer la denuncia en Carabineros, llevar la copia a Investigaciones, firmar en la Notaría, discutir con los del Seguro, ir de aquí para allá, soportar largas esperas e interrogatorios pelotudos, repetir mi RUT una y otra vez… Y en todas partes rogar para que hicieran algo. Me vi obligada a contar repetidas veces que fue un robo preciso y conciso, sólo agarraron el camión y, supongo que para aprovechar el viaje, cargaron con todas las herramientas y materiales que pudieron meter adentro.

La operación fue hecha durante una noche sumida en una tormenta de terror, con truenos, ventoleras y relámpagos, más una lluvia torrencial como las que rara vez se dan en Santiago. Uno de aquellos diluvios que no hacen salir a los guardias de sus casetas a menos que haya un terremoto. Pues allí se quedaron los boludos mirando la tele o durmiendo a pata suelta mientras los ladrones rompían la verja, sacaban el camión a empujones primero y con su motor andando una vez en el camino (mi depósito de maquinarias y herramientas se halla en una zona semi rural), saqueaban de paso la bodega y partían de lo más campantes amparados por el temporal. No hubo heridos, ataques ni nada. Cero violencia. Cabe mencionar que por instrucciones mías se había dado de baja a los perros, más lo que gastaban en comida, dejaban sus mojones por todos lados, hacían reclamar a los vecinos y me costaban una fortuna. ¿Error? No sé, el tema me cabrea profundamente.

Entre otra información que debí entregar a los detectives autistas estuvo el origen del vehículo, a quién y dónde lo había comprado. No tenía nada que ocultar, la operación había sido limpia como una patena. 

Pasó un mes, pasaron dos, pasaron tres. Ya había casi olvidado a mi bello camioncito dorado, ¡cómo estaría sufriendo!, cuando me llegó una citación a Investigaciones. Había aparecido el vehículo. Me apersoné pues en el edificio de Investigaciones con una ominosa sensación de déjà vu. Me recibieron de nuevo “los detectives autistas”, el gordo Pérez y el flaco González, con caras burlonas. Me dieron ganas de decirles que parecían venir de cagar juntos por lo contentos, pero me aguanté.

–Encontraron un camión que responde a la descripción del suyo por allá por Puerto Montt, cerca de donde usted lo compró –habló Pérez.

–¡Qué bien! –exclamé–. ¿En qué estado se halla?

–No lo sabemos oficialmente. Recabamos alguna información escueta de Carabineros. Tenemos que proceder en terreno para identificar el cuerpo del delito.

“Recabamos” había dicho el pelado gordo. Si hay una palabreja burocrática que odio es esa. Bueno, el resto de la frase también era como para vomitar. De nuevo tuve que contenerme para no largarles una pesadez. En lugar de eso pregunté:

–¿Debo ir allá?

–Afirmativo –señaló el gordo con cara satisfecha. Le gustaba la jerga castrense.

–¿Cuándo?

El gordo le lanzó una mirada interrogativa al flaco que empezó a hojear su libreta de apuntes con frenesí. No encontró nada, se fue poniendo cada vez más colorado. Empezó a respirar con dificultades, pensé que podía venirle un soponcio. El gordo lo dejó sufrir por un par de minutos y después le arrebató el cuaderno de las manos, abrió una página y me leyó una fecha.

–Dentro de tres días, con apercibimiento de arresto –murmuró el flaco González que recibió una mirada fulminante de su superior, el gordo Pérez.

–Allá nos vemos en la comisaría de Puerto Varas para ir juntos al reconocimiento y espero que no tenga algún problema para ir –dictaminó Pérez en tono autoritario.

–No se preocupe, iré como sea –no me quedó otra que acatar. De todos modos traté de sacar algo más de información. Le pregunté al gordo–: ¿se puede saber en qué estado lo encontraron?

–Secreto del sumario –barbotó el detective Pérez, mientras González sacaba una sonrisa que juraba irónica, medio recuperado al parecer de la humillación sufrida.

Yo no daba más de tedio teniendo que lidiar con este par de mequetrefes. Necesitaba saber algo más de mi Cris y me daba cuenta que no iba a conseguir nada de Pérez y González. Estaban felices además de jugar conmigo a las escondidas.

Decidí entonces recurrir a mi amigo Hari Premsingh, el detective de turbante, aficionado al yoga como yo misma. Él me había ayudado cuando el robo de mi anterior camión y por entonces había entrado a trabajar en Investigaciones. Era compañero de trabajo de Pérez y González. Lo solía ver en el centro Kundalini. Hari era uno de mis amores fallidos, aunque habíamos quedado amigos y salíamos de vez en cuando.

Pues lo ubiqué en su celular y me prometió hacer algo. Valió la pena, la historia que me contó era hilarante. Pues los detectives autistas habían simplemente indagado acerca de un camión dorado que andaría circulando por las calles y carreteras chilenas en las horas siguientes al robo, ya que si pasaba más tiempo la probabilidad de que lo repintaran era altísima. No habían descartado tampoco los pasos fronterizos.

Movilizaron pues al Ministerio de Transporte y a la Concesionaria de Autopistas, que les permitieron acceder a las imágenes provenientes de sus cámaras de control. Con la ayuda de un computín astuto de apellido Rodríguez, lograron identificar los vehículos dorados que habían cruzado las calles y carreteras que contaban con registro de imágenes. Había sin duda un margen de error grande. No obstante descubrieron que un vehículo dorado se había movido esa noche y al día siguiente por la autopista sur hasta Puerto Montt. Podía ser el mismo o no, pero ya había algo. Incluso por descarte ya que no se habían detectado vehículos de ese color en la autopista norte y tampoco en la ruta internacional a Mendoza.

Bueno, suena fácil pero se demoraron unos tres meses en hacer calzar la información con la ayuda de unos softwares bastante sofisticados. Concluyeron preliminarmente que ése era el cuerpo del delito como les gustaba decir y que había llegado de color dorado hasta Puerto Varas. No estaba claro si había entrado a Puerto Montt, no se contaba con información del registro visual. Por eso la coordinación fue hecha con los carabineros de Puerto Varas.

Pues en el intertanto los muchachos de verde habían encontrado el vehículo en un camino secundario por los alrededores de Puerto Octay, un poblado de la parte norte del lago Llanquihue. Un par de pacos de la región que andaban patrullando los caminos privados en una moto de tres ruedas, que les facilitaba la accesibilidad, lo vieron al fondo de una quebrada. No lo hallaron como resultado de la pesquisa de un vehículo dorado, sino que durante un patrullaje de rutina. Informaron a Santiago y acá lo identificaron. Pérez y González fueron informados de inmediato que partían en misión.

El Ford había sido abandonado casi al borde del más cordillerano lago Rupanco. Un lugar bien perdido en la geografía de la zona. Había caído de tal modo que era imposible sacarlo sin alguna maquinaria, así que los ladrones habían preferido abandonarlo al no poder moverlo de allí. Los carabineros habían encontrado en la zona de carga del camión (la batea que le llaman), un caballo muerto. Según el informe de los uniformados otros dos caballos habían sobrevivido y deambulaban por las cercanías.

Encontré mal ambiente cuando llegué a la comisaría y ya estaban Pérez y González conferenciando con sus colegas de verde. Al parecer había ocurrido algo irregular. Me dejaron afuera de la discusión. Sólo cuando hubimos partido al lugar de los hechos, en la camioneta de Investigaciones, me enteré someramente del problema. Los carabineros habían dejado desguarnecido el lugar donde estaba el camión, había empezado a llover y no podían seguir en la moto. Nadie quedó de custodia. Al día siguiente, cuando volvieron a la zona, encontraron el vehículo incendiado. El caballo muerto había sido removido y los caballos vivos no se divisaban por ninguna parte. Alguien, presumiblemente los ladrones, le había metido fuego al pobre Cris y sacado los restos del animal para borrar huellas o evitar su identificación. Abigeos era la explicación por la presencia de los equinos. Se habían reportado robos de esos animales pero eso era frecuente en la zona. Por lo general para abastecer a las carnicerías clandestinas.

Estaba claro que el vehículo había sido encontrado por azar, como ocurre frecuentemente en estos casos. Por cierto no llevaba sus patentes originales. Pienso que los cuatreros se habían escondido en alguna parte al ver llegar a los pacos motorizados y, a su partida, habían hecho de incendiarios para eliminar rastros. De seguro ayudó el detalle de que la lluvia no fue abundante. Pero estaba lo bastante nublado como para ocultar la humareda. Todo suena bien verosímil, ¿no?

Como sea, se armó un quilombo institucional entre Carabineros e Investigaciones, que supongo se reúnen sin armas cuando hay controversias porque de lo contrario habría muchos mártires. Además había actuado la representación local de mi compañía de Seguros, que se había hecho cómplice del ocultamiento de la negligencia policial. Lo que más les interesaba era cerrar el caso con todos los descuentos posibles a la hora de pagar. El lapso entre el descubrimiento del camión desbarrancado y la quema al día siguiente había desaparecido de los partes oficiales. Una situación extraña pero yo me hice la tonta, mientras me pagaran por el vehículo me conformaba. La parte sentimental obligada a olvidarla. Los tiras de Santiago, entretanto, hervían de rabia, su abnegación funcionaria pasada a llevar.

Una vez que hube reconocido el vehículo en presencia de todos los actores del drama, y constatado que quedaban algunos restos de la pintura dorada (al parecer no lo habían repintado) en esos fierros sancochados, me hicieron firmar unos cuantos papeles y me autorizaron a volver a Santiago, no me necesitaban más. Llamé a mi amigo Hari para preguntarle qué opinaba de este caso. No por teléfono, me dijo, y nos juntamos en el café de siempre. En su opinión yo había cumplido mi parte y que no me metiera, las rivalidades entre fuerzas policiales eran un tema delicado y lo mejor era que me mantuviera al margen. Había protocolos de resolución de controversias sumamente complejos, ignorados por el ciudadano común.

Le hice ver a Hari que por la negligencia de esos pacos flojos los ladrones habían quemado mi camioncito, que a lo mejor se habría podido recuperar sacándolo de la quebrada donde había caído. Pero como quedó botado le pegaron fuego. Me sentía dispuesta a dar la pelea para por lo menos cobrar una compensación adecuada, no las migajas que me iba a dar la compañía de seguros. Hari me hizo ver que me iba a meter debajo de las patas de los caballos con eso, él me apoyaba en mi indignación, pero no iba a ganar mucho. Era mi testimonio contra el de varios policías en activo. Ya estaba hecho todo el papeleo, yo misma había firmado aunque tenía por cierto la opción de retractarme, pero me iba a ver envuelta en un proceso harto desagradable.

A los pocos días recibí un llamado de una mujer detective que se identificó por su apellido Mella, representante de Investigaciones en la región de Los Lagos, que me preguntó si yo ratificaba el informe final de las fuerzas policiales, civiles y uniformadas, o si cuestionaba en algo lo expresado a la letra. Tal vez Hari Premsingh había intervenido, tal vez los “detectives autistas” esperaban que el imperio de la ley se respetara. Ahí tuve que tomar mi decisión y preferí abandonar la pelea. Le dije que sí, que estaba de acuerdo. No quise entrar en detalles para no destapar otra vez el avispero. La vieja (supongo que lo era) me preguntó:

–¿Es exacto que su pequeño camión estaba pintado de dorado?

–Correcto.

–Bueno, fue gracias a eso que lo encontramos –respondió.

No era correcto pero me quedé callada. No me pareció el momento de ponerme discutir detalles irrelevantes. La detective se calló por unos momentos, al parecer revolvía papeles y me preguntó:

–Ingeniera Wilson, tenemos un trío de sospechosos. Bastante probable que sean ellos. Veo por su declaración que en Santiago nadie se percató del robo, de modo que no hay posibilidad de que nos apoyen en la identificación. ¿Es eso correcto?

–Correcto –respondí–, ya me estaba enervando el uso de esa palabra tonta.

–Bueno, eso es casi todo, ya tenemos su ratificación del informe –me dijo la detective–. ¿Alguna pregunta?

–¿Qué fue de los pobres caballitos? –no resistí preguntar. Escuché que la vieja se reía al otro lado, a mil kilómetros de distancia.

–En algún informe por ahí decía que usted era un poco hippie.

–Error de transcripción  –pensé en el pelotudo de González que tomaba notas con un lápiz chupado–. En realidad practico el yoga.

La detective se rió y dijo:

–Yo también hago yoga. Respecto a los equinos, no han sido recuperados aunque tenemos varias denuncias de robos. Los personajes que robaron su camión se dedicaban al abigeato. Ese camioncito suyo les era muy útil, porque con su capacidad para dos o tres o caballos, o bien media docena de ovejas o cabras, y por su tamaño pequeño, pasaba desapercibido. Sepa usted que había usado para tales efectos, me refiero al acarreo de animales. Interrogamos al antiguo propietario…

–Don Raimundo Pugas Mugas –le dije.

–Correcto –formuló la detective–. Sepa usted también que su Ford había sido usado antes para actividades ilegales y llevaba un par de años desaparecido. Lo andábamos buscando. Usted lo reinscribió y por fallas de los sistemas computacionales no se detectó que era un vehículo buscado, no por robado naturalmente.

–O sea que los ladrones lo conocían.

–Hippies. Drogadictos conocidos. Tal cual. El señor Pugas Mugas nos dijo que habían irrumpido unos sobrinos suyos de mala vida y se habían puesto furiosos porque había vendido el Ford. Aparentemente se consideraban con derechos sobre el vehículo. Los buscamos y los encontramos fumando marihuana, son nuestros principales sospechosos.

Tal vez por eso don Raimundo estuvo tan apurado en vendérmelo, pensé para mí, sin comunicarlo a la detective Mella. Preferí hacerme la lesa.

–Vaya sorpresa –le dije–. ¿Cómo llegaron hasta mí esos hippies? –todo esto se hacía por teléfono, hubo un par de cortes entremedio pero sintetizo.

–Bueno, la información de transferencias y permisos de circulación es pública, de modo que ellos consiguieron su dirección y decidieron robar el vehículo que según dicen les pertenecía, en eso están basando su defensa. En el hecho utilizaron durante tres meses el vehículo robado a usted, así mismo, pintado de dorado, sólo que con placas cambiadas. Cosas de drogados, no se preocupan por los detalles prácticos, actúan osadamente. Nadie se dio cuenta tampoco de que ese camión circulaba por la región,  hasta que fue encontrado desbarrancado por Carabineros.

–Pero mi compra fue legal –retruqué.

–Correcto –una vez más–, de modo que tiene derecho a la reposición por parte de su compañía de seguros, pero esa parte tiene que negociarla usted. Es todo cuanto puedo informarle –añadió a modo despedida.

–Le agradezco la información detective Mella.

–No tiene por qué –sentí que largaba otra risita tonta–. Bueno, hasta luego señorita ingeniera Wilson, gracias por su cooperación.

No me conformé y llamé de nuevo a mi amigo Hari. Le propuse que viniera a cenar a mi departamento un viernes, prometí prepararle una comida vegetariana deliciosa, budín de coliflores con queso de cabra, que sabía adoraba; y ensalada de betarragas con alcaparras, cebolla y perejil, adobada con mayonesa vegana, otra de mis especialidades. Le conté por teléfono de mi conversa con la detective Mella y quedó en hacer algunas averiguaciones discretas. Reconozco que me vestí especialmente para la ocasión, estrené unos shorts negros y una blusa de seda color crema, no sé por qué pero en tales ocasiones me vienen ganas de mostrarme seductora.

–María Marta Mella –dijo Hari una vez que estuvimos sentados en mi mejor sofá con sendos vasos de jugo de mangos naturales en las manos–, es una buena amiga. Una detective de escritorio pero inteligente. Le encanta el yoga, me ha invitado a dar clases de kundalini, nos entendemos bastante bien.

–Me pareció buena onda…

–Te cuento –prosiguió Hari–. Los Pugas Mugas son un trío de primos que dictan pautas éticas en Puerto Varas. Se las dan de hippies y de robinhoods. No es cierto que roben caballos para los mataderos clandestinos, es una insidia de los agricultores ricos. Roban caballos para regalarlos a los guasos pobres. Ahora, éstos a veces los venden a los mataderos, no entienden mucho de beneficencias porque están tapados de deudas. Los Pugas Mugas anduvieron perdidos por Argentina como tres años, ya que tenían problemas legales, sobre todo financieros, pero volvieron en cuanto lograron que prescribieran varios procesos.

–Vaya cabroncitos –me permití opinar–. Entonces no encontraron nada mejor que buscar su camión y me lo vinieron a robar. Podríamos haber negociado, no tenían necesidad de hacerme tamaña chuchada…

–No es su estilo negociar –prosiguió Hari Prensingh– y tú no existes para ellos. Creen que le compraste el camión con malas artes al viejo Raimundo. La hermana de uno de ellos, que vive con el viejo, trató de persuadirlo pero no lo logró. Don Raimundo quería vender el vehículo por la plata. Tu oferta lo trastornó, nunca había visto un millón de pesos juntos en su vida.

–Bueno. Supongo que los van a meter presos a esos Pugas Mugas –acoté–. A menos que tenga buenos pitutos.

–Pues los Pugas Mugas tienen amigos entre ciertos políticos de todos los partidos, como se usa ahora –dijo Hari–. Además está ese lío del encubrimiento del condoro policial. Ellos están enterados. Por eso te decía que mejor ni menearlo. Van a quedar impunes. A todos les conviene…

–Menos a mí –suspiré–. Mejor comemos y hablamos de otra cosa, ¿vale?

Hari me abrazó y me besó levemente, lo dejé, necesitaba consuelo.

Bueno, no hubo desenlace malo ni bueno. Los cabos sueltos nunca fueron atados. Cobré una miseria a la aseguradora por mi camioncito, por Cris el “camión dorado”; pero me quedé vacía. Lo sentimental es el tipo de cosas realmente irrecuperables. Todavía tengo pesadillas con esos caballos que se salvaron de la muerte, fuera durante el accidente, fuera en algún matadero, tal vez se movieron hacia la cordillera y se hicieron cimarrones, tal vez algún día se sabrá de plagas de caballos salvajes, tal vez sus sucesores heredarán lo que quede de este país cuando terminemos de destruirlo, no sé, quiero pensar que algo positivo saldrá de esta estúpida y banal historieta.

 

FIN

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