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El gnomo – Sarah Mège

 

El árbol no dejaba ver el bosque. El gnomo tenía mala vista, para peor fortuna. En aquellos tiempos medievales no se habían inventado los anteojos. O tal vez sí se habían inventado y sólo lo usaban algunos sabios en la ciencia óptica, o algún señor o monarca miope que podía comprar a sabios cristianos y llevárselos a sus pétreos castillos, donde lograban al menos, en esos tiempos de escasez y penuria, alimentarse con las liebres, faisanes y jabalíes cazados por sus cortesanos; y concederles por añadidura alguna paga por sus cristales y mejor trato que en las emergentes ciudades y sus peligrosas calles, infestadas de maleantes. Amén de, beneficio nada menor, disfrutar de los fuegos de las enormes chimeneas castellanas.

 O bien podía aquel señor o monarca secuestrar a sabios judíos o musulmanes, que disfrutarían de algo de protección en lugar de errar por los infectos pantanales que unían a los feudos y las parroquias, en permanente colisión. Gustaba también de los juglares, malabaristas y saltimbanquis, sobre todo si eran enanos, que lo hacían reír con sus andares ridículos, sus hablas patosas y su obscenidad carente de tapujos. Le gustaba lastimarlos levemente, golpearlos sin exageración, acosarlos para ver como lograban zafarse de sus crueldades.

Aquel árbol no le dejaba ver el bosque. Ni el camino. El gnomo cogió su hacha. Sólo veía frente a él un árbol que parecía ocupar todo el espacio para transitar, en aquel atardecer lluvioso, gélido, el orbe azotado por un viento que parecía ser cosa del demonio, que levantaba hojas y ramas que agredían al caminante. El gnomo, que era un ser pequeño y deforme, de piernas y brazos cortos aunque fuertes, necesitaba acercarse al castillo del duque de Trebia, donde podría hacer algunos de sus números de acrobacia y recitar poemas groseros para divertir a los cortesanos y sabios que se congregaban al calor de la ruda hospitalidad del aburrido duque.

El gnomo era pobre, momentáneamente pobre, no podía permitirse siquiera un asno. Había gastado todo su dinero en mujeres, a quienes tenía que pagar, humillarse para lograr sus favores. Y el gnomo, que en realidad era un enano disfrazado de gnomo, apenas un remedo de ser fantástico, tenía que soportar humillaciones y burlas, tenía que conformarse con las furcias más asquerosas y viles, tenía que lograr un triste placer sin amor, tenía que sumar a su miseria física la miseria moral.

El gnomo sabía que en no más de dos horas de camino llegaría a disfrutar de la tibieza de los fuegos del señor del castillo, tras ir chapoteando en los charcos de barro donde se hundiría hasta las rodillas, remontando aquellas suaves colinas que para él eran brutalmente empinadas, que había que luego bajar resbalando en aquel barrizal pedregoso que laceraría sus piernas, poderosas, se dijo, aunque delicadas. La naturaleza lo había hecho, como buen enano, de una fragilidad extrema y cada maltrato que algún abusador o alguna puta cruel le inferían, lo dejaba con terribles dolores, ensangrentado y exhausto. Pero ahora veía su ruta cortada por aquel árbol que agitaba sus ramas como si fueran los brazos de un gigante belicoso. No podía permitirse una nueva demora o perecería víctima de un rayo o tragado por esa tierra que se volvía una masa esponjosa y absorbente.

Decidió atacar, no le importaba quien fuera el engendro que bloqueaba su camino. Si era un árbol podía derribarlo, si un gigante, al menos herirlo. Tomó aliento y enarboló su arma. Dio un golpe con todas sus energías. La pesada hacha de doble filo, la bipene según le llamaban, que arrastraba por el suelo y que era casi más grande que él, se alzó por sobre su cabezota deforme. La descargó cogida con ambas manos. El gnomo lanzó un rugido de rabia al dar el golpe, para reforzar su potencia. La hoja principal de su hacha rebotó en la dura corteza y no pudo evitar que se volviera contra él, hiriendo su blanda joroba con la segunda hoja. Miseria, chilló el gnomo, que sintió un dolor horroroso atravesar todo su cuerpo como la descarga de un relámpago.

No era una corteza de árbol, era una coraza. Su hacha había rebotado en una coraza. Una coraza de amazona. La luz azulada de un relámpago, precisamente, le hizo adivinar las formas turgentes del obstáculo que impedía su pasaje hacia la salvación, hacia el tibio castillo. No era un árbol corriente entonces. Hembra, chilló el gnomo, es una hembra. Aquello le concedió renovadas fuerzas y sobreponiéndose a su agonía, lanzó una nueva estocada. El segundo golpe fue de abajo hacia arriba. El hacha entró por donde la coraza se dividía en dos, más abajo de la cintura de la amazona cuya estatura superaba dos veces las del gnomo. El golpe alcanzó lo blando y el presunto árbol se desmoronó, ofreciendo a la vista del gnomo la oscura hendidura entre las piernas.

Vulva, chilló el gnomo. Dejó a un lado la afilada hacha bipene y atacó con su duro y rijoso estilete de carne. Penetró en la herida abierta. Muslos, vellos, pliegues, humedad, aromas, calor, ardor, entrar, empujar, lacerar, dolor, sangre, muerte. Muerte, bramó el gnomo, sintiéndose vencedor. Muerte a ti, chilló la bruja guerrera, desangrándose bajo la coraza traspasada y cerrando de golpe su vagina dentada, cercenando desde la raíz la intrusa aunque indefensa arma del gnomo.

FIN

 

 

libreros el gnomoSarah Mège nació en Nairobi (Kenia) en 1991, de padre belga y madre panameña. Reside en el puerto de Colón, donde enseña en un jardín infantil y escribe cuentos de terror.  

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