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Caracas – Bartolomé Leal

El ingeniero había volado hasta Caracas durante el fin de semana sólo para ver a Lilia S., la mujer más bella que nunca había tenido entre sus brazos. Por algo había sido candidata a miss Lara para el concurso miss Venezuela. Y las misses venezolanas, como se sabe, han mostrado al mundo algunos de los cuerpos femeninos más hermosos que nadie pueda concebir. Una arrebatadora sinfonía de curvas y turgencias era Lilia S. Sin embargo, no le había ido bien en la vida: un marido chulo que terminó en la cárcel y la dejó abandonada, una familia pobre a quien mantener, enfermedades de padres y hermanos, en fin, puros sufrimientos. Merced a su estatura y fortaleza, había trabajado como vigilante de un banco y luego en la policía. Pero había tenido demasiados disgustos con sus colegas, tipos groseros y corruptos. De allí había pasado a secretaria en empresas y servicios públicos. Sin gran éxito. No era demasiado competente. Se pensaría que su belleza le podía haber acarreado ventajas, pero fue en realidad lo contrario.

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Languideciendo en un puesto burocrático la conoció el ingeniero, quien había llegado a ese organismo del estado venezolano para hacer una consultoría especializada. Le habían asignado a Lilia como dactilógrafa, posiblemente porque era la más inepta del personal disponible. Mas ella había sido atenta y comprensiva. Le había aceptado una invitación a un café de media mañana, luego a una cerveza vespertina, por fin al cine. Rechazó una invitación a almorzar aduciendo que era un gasto superfluo, pero sí aceptó como compensación un frasco de perfume. De allí en adelante se fue desarrollando una amistad cada vez más íntima. Se hicieron amantes.

El ingeniero no reencontró a Lilia S. en Caracas, aunque la buscó. O sea, la pudo haber encontrado, pero en su tumba. Nadie le supo decir cómo había muerto, ni tampoco dónde estaba enterrada. Tuvo que conformarse con imaginar su bello esqueleto yacente, de lado, la cabeza afirmada en su puño. En esa pose que le gustaba para conversar desnuda en la cama, con su largo y magnífico cuerpo moreno desplegado para la vista, el tacto, el olfato, el gusto y el alma. Morena. Sí, morena era Lilia S., el producto de esa mezcla racial latina, africana e indígena, que es una de las bendiciones de Venezuela.

Le recomendaron que no averiguara demasiado. Su amiguita había muerto en circunstancias poco claras durante un enfrentamiento entre grupos mafiosos. Ni siquiera en Caracas, sino en el pueblo de La Guaira, cerca del aeropuerto, donde ella habitaba. El cuerpo sin vida de Lilia había sido reclamado por sus familiares, quienes se la habían llevado para enterrarla en algún villorrio del estado de Lara. Nadie le pudo dar más detalles.

Tendría un triste fin de semana el ingeniero. No el alegre que había esperado. Se fue para Sabana Grande a buscar fruta y cerveza para comer solitario en su hotel, mirando la televisión local, que tanto le divertía compartir con ella, regocijándose con sus carcajadas cantarinas e ingenuas. En una tienda china hizo sus compras, lanzó una broma y fue insultado con furia por la tendera, una bruja cuyos ojos rasgados no se veían entre las arrugas, una reencarnación de los dragones ancestrales. En la calle unos niños ladrones trataron de arrebatarle el paquete. A cuatro patas debió recoger sus haberes. Luego, mientras tomaba un café en el paseo, lo acosaron mendigos, músicos callejeros, vendedores de lotería y lustrabotas. En un descuido intentaron sustraerle la billetera. Se defendió y su taza de café marrón voló desde la mesa, directo a sus pantalones.

Quiso irse de inmediato al hotel, pero un chaparrón violento acompañado de rayos y truenos lo obligó a refugiarse bajo techo. Esta vez en una pequeña cantina oculta bajo los edificios de Parque Central. Se sintió rodeado de los cantos de los sapos, borrachos de felicidad ante el aguacero. El lugar era singular, protegido pero al aire libre, envuelto en un jardín con profusa vegetación acuática que crecía en unos encantadores estanques. No había que aguantar el aire acondicionado. El calor lo revitalizó. Se sintió un poco en medio de la selva.

Miró hacia otra mesa cercana donde dos mujeres departían animadamente. Una era una jovencita menuda, rubia. La otra una era una negra corpulenta con un cintillo rojo que le sostenía el pelo hacia atrás y exaltaba su frente. Charlaban y reían. De pronto, la mujer negra rompió a cantar. El ingeniero reconoció el tema de las Bachianas Brasileiras de Villa-Lobos, un lamento sin palabras que siempre lo había conmovido. Seguramente era una cantante del vecino Teatro Teresa Carreño, templo del arte que Lilia había podido conocer, dichosa y emocionada, gracias a que él la llevó. La voz purísima de la mujer resonó imponente entre el tam tam de la lluvia y los llamados roncos y apasionados de los batracios. El ingeniero ahogó un sollozo por Lilia. Por el añorado esqueleto de Lilia, tan sola en su tumba lejana.

Llegó a su hotel de un humor de perros y durmió el resto del día y parte de la noche. La madrugada lo encontró mirando el cielorraso. Se levantó y bajó a desayunar en el restaurante del hotel, normalmente acogedor. No duró mucho la tranquilidad. Escuchó un tumulto cerca de la puerta que daba a la calle. Eran tres sujetos que, revólver en mano, pretendían asaltar el lugar. Por fortuna no estaban interesados en la docena de pasajeros que desayunaba a esa hora temprana, sino en el dinero de la caja. Los apiñaron en un rincón con amenazas de matarlos. El ingeniero obedeció sin protestar. Al final uno de los asaltantes, que vigilaba, gritó que venía la policía y todos arrancaron. Otro de los delincuentes lanzó un disparo al techo que causó gran estruendo y desparramó yeso pulverizado, para mostrarles que no bromeaban.

El ingeniero no quiso salir más del hotel. Su avión salía tarde esa noche y prefirió permanecer allí todo el día. Cuando finalmente abordó su taxi para dirigirse a La Guaira en pos de su vuelo, vio a un tipo muerto en plena la calle, casi frente al hotel, flotando en un charco de sangre y rodeado de curiosos. El hombre iba vestido exactamente igual que él, lucía como su doble; al menos eso le pareció, a la luz mortecina de los avisos de neón. Un extranjero, gritó alguien.

Fue el colofón de tan romántico viaje. Adiós para siempre, Lilia, musitó.

FIN

Bartolomé Leal es autor de narrativa negra, traductor y editor. Su última novela publicada es el thriller africano Blanca de negro, Espora Ediciones, 2016.

 

 

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