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“Mi detective es un sujeto transitorio”

Entre lutos y desiertos (2016) es la última novela de Gonzalo Hernández, un escritor chileno que ha asumido el género negro como su forma de expresarse literariamente. A propósito de esta opción y de otros tópicos relacionados con Santiago y las provincias, los chilenos y chilenas, los nuevos habitantes de la urbe, la delincuencia, el copete y el toque, los giros del lenguaje, el carrete y la tarea escritural, es que hemos armado esta conversación que trascribo para el blog aún cuando corra algún peligro de que se pierda la espontaneidad.

-¿Consideras Entre lutos y desiertos un inicio, interludio o culminación de un recorrido novelesco?

Un interludio, en varios aspectos. Gustavo Huerta, el protagonista, ya no es ese simulacro de detective privado que interpretó en Colonia de perros, la novela que inició el ciclo. Ha pasado por un par de oficios informales, como es su tónica, en los últimos años. En este momento se encuentra en Copiapó, lejos de Santiago, probando suerte con la venta de pitos. Su vida personal también está en un punto de inflexión. Su relación de pareja está en crisis, lo que en buenas cuentas da el motivo que sostiene la trama. Pero aquí no se resuelve nada. No al menos para él. Hay una intención expresa de poner el futuro del personaje en puntos suspensivos, o de postergar su desenlace, para así darle continuidad en otra novela.

-Tal vez rompiendo algún paradigma o tópico recurrente en el género, tu detective no es un Quijote sino que asume su eventual actividad como marginal, transitoria, azarosa, tanto así que en esta novela se ha transformado en un traficante de drogas y, lo que es peor, cuando asume su rol detectivesco (o algo parecido) no sólo lo hace mal sino que casi echa a perder todo…

Así es. Me pareció atractiva la idea de pasar a este ex detective a un territorio más delictual, aunque no es completamente un criminal, sino una especie de narco blando. No tiene ni las luces ni las agallas para algo más serio. Es un sujeto transitorio, nunca pasa mucho tiempo en algo establecido. Ni en sus actividades laborales, sean o no legales, ni menos en su vida afectiva. Además es incapaz de aferrarse a ideales, y eso es lo que lo saca del molde policial, en mi opinión, pues una característica propia de todo investigador que se precie es la perseverancia, la obstinación. Lo cual implica creer en algo, si no en la ley, al menos en una idea de justicia o de moral básica. O por último en las personas, ya que la política se desecha como una causa perdida. Lo cierto es que hay poco de eso en Huerta. Y cabe suponer, así como van las cosas, que ese nihilismo va a cobrar a futuro un cariz más sórdido.

-¿Te parece que hay algo del carácter del chileno en este personaje y su trayectoria vital, este nuevo ejemplar de la clase media, criado en el consumismo y el triunfalismo, pero que está estadísticamente condenado a ser un fracasado, un perdedor, un farsante?

Absolutamente. En Huerta esos rasgos están exagerados, con múltiples contradicciones, pero no creo que sean exclusivos de una clase media que es cada vez más amplia e inasible en el país que heredamos de la dictadura. Los veo como síntomas transversales de la sociedad, vista en conjunto. Un egoísmo que va aparejado con la falta de empatía: cada cual se salva solo, consumiendo como bestia para paliar un vacío que no logra definir y que resulta imposible de llenar. Poco importa si ese hiperconsumo se nutre de autos, ropas, televisores, farándula o drogas. Ahí ocurre un fenómeno psíquico interesante, porque es indiscutible que este modelo social opera desde esa estadística que tú mencionas: produciendo marginales, delincuentes, perdedores, flaites, potenciales presos. Los viejos, cuando ya no sirven, se quedan tirados, estafados en sus previsiones y bajo la guillotina de Fonasa. Los niños pobres son exiliados en los vertederos del Sename. La brutal crueldad de esta lógica solo admite un tipo de éxito, el monetario, relegando lo demás al basurero. Y Huerta no es parte de la facción exitosa de esta estadística, como es evidente. En Lutos y desiertos quise ahondar en algunas de esas perversiones psicológicas que se desprenden de esta época, a mi juicio.

-Ahondando en lo mismo, me impresiona eso que he visto en otras personas, por ejemplo emborracharse o drogarse hasta perder la conciencia de su ubicación física y social, sin importar las consecuencias, el deterioro de su imagen, su decoro, su eficacia profesional incluso.

En eso hay algo va más allá del acto catártico de la borrachera. En Rusia se estila el zapoi, que es la ingesta ininterrumpida de alcohol durante días, semanas incluso, en viajes de trenes caóticos y sin rumbo definido. Pero esas son cosas de eslavos, y nosotros nunca tendremos una metafísica (ni un vodka) que esté a la altura de ellos, por lo que el parangón en realidad no viene a cuento. Se me ocurre, en cambio, que en la pasta base tenemos un ejemplo más claro. Hace diez o quince años, la pasta era una droga de parias. Lo más bajo del escalafón. Y eso se ha ido nivelando, haciendo más transversal, como un efecto de corrosión social; ya no es tan raro ver a gente acomodada ir a convertir a la pobla en busca de unos monitos, a veces porque la plata no alcanza para coca, pero también porque es una forma de turismo. Parece cool adoptar las formas y los lenguajes del mundo marginal, quizás por una moda que podemos interpretar como la actual versión de ese romanticismo de antaño enamorado de la decadencia, pero también como un efecto psicológico de ese fenómeno de negación de lo político cuyas señales son la apatía y el descrédito.

Noto en tu novela una notable preocupación por el lenguaje, cosa que la hace un hito en la narrativa chilena actual (incluida la negra), manejándote bien en el argot y en lo que yo llamo las terceras acepciones de las palabras, una forma de ocultar códigos convencionales y de resaltar otros, quizá destinados a algunos enterados…

Supongo que cualquier escritor debe tener una preocupación especial por su lenguaje, más allá del género que cultive. En el caso de esta novela, fue la misma trama, sus exigencias de realismo, las que fueron moldeando el vocabulario final, donde el argot, los modismos, incluso las chuchadas, tenían una marcada importancia. Hay que considerar que es un arma de doble filo, en especial en un relato largo, ya que si ese intento de realismo suena extraño al oído, inmediatamente el conjunto pierde credibilidad. En cuanto a las terceras acepciones: hay una intención, o juego, de mandar mensajes subrepticios, pero trato de que eso no se transforme en algo críptico para el lector no enterado. La idea es que en esos casos sea el contexto lo que proporcione el significado. Y desde luego, también ocurre que hay lectores más agudos que el escritor, gente capaz de advertir acepciones que a uno se le pasan por alto. Esa proliferación de sentidos me gusta más allá de que algunas interpretaciones puedan no agradarme, ya que a fin de cuentas es el juicio de terceros lo que perdura en una obra, y no la opinión de su autor.

-Hay cosas que me molestan en el género, en tanto cultor, como son las latas descripciones de lugares, para rellenar, la proliferación de lugares o verdades comunes que se quieren aparecer como reflexiones profundas, los detectives o investigadores choritos, ingeniosos, llenos de citas. Tu novela me ha gustado, creo que se halla libre de esas lacras, ¿estás de acuerdo?

A mí también me molestan esos trucos de relleno, trato de evitarlos. Lo que yo espero como lector, al entrar a un relato negro, es una trama que avance sin obstáculos innecesarios. Es como estar con una mina rica que no pare de hablarte estupideces e inventar excusas para postergar el paso a lo bueno. Si a alguien esto le parece una ofensa de género, bueno, que invierta los términos de la analogía y el resultado sigue siendo una lamentable pérdida de entusiasmo; antes de llegar a las cien páginas ya dan ganas de patear lejos el libro y agarrar cualquier otro. En mi caso, la corrección y la reescritura son fundamentales para eliminar ese tipo de tonterías. Siempre hay material sobrante en los primeros borradores. Es una especie de vicio que está a la vuelta de la esquina. También ayuda mucho que alguien lea el texto y te advierta cuándo y dónde la estás cagando.

-Creo que tienes un concepto elevado y trabajado de los personajes secundarios, pienso en el Gato, la Condesa, el Gordo, el perro, el paco, etc. ¿Qué onda tienes ahí?

Esa fue otra exigencia que surgió del relato. Era evidente que Huerta, por sí solo, sería incapaz de lidiar con el problema que cargaba a cuestas. No quedaba más remedio que trabajar en los secundarios, quienes debían sostener un andamio para permitir que la acción avanzara. Lo pasé bien en ese proceso. Creo que fue una de las razones por las que disfruté escribiendo esta historia, especialmente en el caso de la Condesa y el Gato, mis personajes favoritos. Quizás deba añadir que en la anterior novela, El mal de Hugo, la acción se concentraba demasiado en el protagonista y su psicopatía. Ése fue un efecto que quise evitar en esta entrega.

-Creo que tus diálogos siempre traen algo novedoso u original. Me suenan depurados y concentrados, integrados a la trama ¿Recurso literario o conocimiento de ciertas idiosincrasias?

Recurso literario, pero con un alto nivel de obsesión. Soy una especie de maníaco a la hora de corregir diálogos. Podría pasar una eternidad revisándolos. Siempre encuentro que hay una palabra, una inflexión, a veces un adverbio miserable que lo está arruinando todo. No tengo un conocimiento de idiosincracias tan avezado como quisiera, trato más que nada de poner oreja, atender a cómo se habla en lo coloquial, y en qué ambientes, para después decidir en qué dosis traspasar eso por escrito, ya que tampoco es buena estrategia transcribir literalmente, tal cual se escucha. Eso no funciona en el texto, hay que buscar un equilibrio que esté en armonía con la trama, como bien señalas. Una especie de funambulismo. Eso me lo enseñó Ramón Díaz Eterovic cuando me ayudó a corregir Colonia de Perros.

-Ya que mencionas a Ramón, creo ver una notable solidaridad en el mundo (mundillo) de los escritores de género negro, cosa que también he captado en otros medios negros como el argentino y el uruguayo, incluso el español. Se me hace que esa caída es elegante y limpia, fructífera para nosotros los cultores del género, no andamos preocupados de que nos vayan a plagiar o nos quiten la oportunidad de apuntarle el palo al gato. ¿Crees que se da igual en otras tribus literarias nacionales?

Me parece excelente la camaradería que existe en esta pequeña cofradía. Somos gente común y corriente -ya que de ningún modo normal-, sin ínfulas de grandeza, escribiendo porque nos gusta; compartimos lecturas, juicios, enfoques, buscando mejorar los oficios y no ventilar vanidades. Sigo creyendo que el gran mérito lo tiene Ramón, quien se ha preocupado de construir una escena desde prácticamente la nada, ayudando y estimulando a muchos autores y autoras en los últimos años. Por no mencionar su labor de levantar los festivales Santiago Negro, en especial el primero, que tuvo tintes épicos. No conozco otras tribus literarias criollas, la verdad, pero entiendo que hay un grupete de poetastros jóvenes que exhiben sus egos y rencillas en Facebook, suerte de bolsa de gatos histéricos e infinitamente pasados a caca. No siento ni el menor deseo de husmear en ambientes así.

-Cuenta algo de tu santoral en materia de género policial y negro, también la ciencia-ficción, pero tratando de decantar una frase o una línea para cada uno de aquellos que has puesto en los altares. Y cómo esas obras y autores se reflejan en tu escritura (si es que).

Difícil. Es como una decisión curricular: te exige excluir injustamente. Además nuestras preferencias van cambiando. Pero siempre es un ejercicio entretenido: hace una década, Chandler y su Largo Adios hubiesen estado al tope de mi panteón, sin titubeos. Hoy ubico en su lugar a Hammett; La maldición de los Dain es insuperable. ¿Y cómo discriminar a Jim Thompson? ¡No se puede! Pero quizás la más malvada, más que el hijo del sheriff, sea Patricia Highsmith, la Condesa Bathory del psicoanálisis. ¿Te conté que desde que leí a David Goodis, hace poco, estoy fantaseando con escribir algo que ojalá se acerque a su enorme y olvidada grandeza? Así en su momento me ocurrió también con Kenneth Fearing y su Gran Reloj, años atrás. Noto, hace ya no pocos años, cierta influencia de Rubem Fonseca en mis balbuceos novelescos; no tanto en sus tramas, personajes, como sí en su escritura, su falta de respeto con las normas, su economía y desparpajo. ¿Voy a dejar fuera a James Ellroy? Sería herético. En cuanto a la ciencia-ficción, es un género que he postergado en los últimos años, pero siempre vuelvo a Frederic Brown y su extravagante mezcla de fantasía, crímenes y extraterrestres. Y aunque siento la mayor admiración hacia Isaac Asimov y su prodigioso cerebro, es Ray Bradbury, a mi juicio, el escritor más completo de esa tribu. Su paleta de recursos es el universo, como el tatuaje en su Hombre Ilustrado; una suerte de Led Zeppelin para el rock: todo lo que vino a futuro se puede encontrar en él. ¿Y Kurt Vonnegut, ah? Bueno, nadie me hace reír tanto como él, te lleva de la mano a lugares y posibilidades que ni sospechas, como en Galapagos, quizás la obra más misantrópica y amena jamás escrita. Aunque es innegable que el más desquiciado y extremo es Philip K. Dick. Nadie ha visto lo que vio ese tipo. ¿Quién puede pretender siquiera seguirle el hilo, sin perder la cordura? Dicen que si lees tres de sus libros a la par, acabas en El Peral. Yo recomiendo dicho ejercicio de la mano de Ubik, Los tres estigmas de Palmer Eldritch, y Valis. Aunque hay otros caminos para lograr el objetivo.

-En Entre lutos y desiertos has asumido la región de Atacama, Copiapó, Vallenar, Caldera, Alto del Carmen y otros sitios como si fueran propios, como si a ti y a tu doppelgänger Huerta les hubiera caído una orden del demiurgo para reivindicar esos parajes castigados y menospreciados. Algo así como cuando los Blues Brothers afirman: “We are in a mission from God”.

Quedé con la idea de escribir algo en Copiapó desde un viaje que hice el 2006, cuando leí la leyenda que corona el cementerio municipal, la Mansión del Luto, a la entrada de Rosario. Por entonces ni siquiera existía mi doppelgënger, pero pensé que en algún momento debería ambientar algo ahí. ¿Por qué razón? Tiene que ver con la derrota, pero ésa es otra historia. Una revelación a posteriori, sin embargo, podría encontrarse en Mission, de Amorphis: “Up high in the north… at the end of my rocky road… I heard the call”.

-Siguiendo con lo anterior, ¿viajaste, investigaste, husmeaste?

Todo eso. También caminé más que Kung Fu, conocí a gente variopinta, carreteé… por momentos más de lo que aconsejaba el deber. Entonces me puse a leer A Navajazos, de Andreu Martin, en cuya nota introductoria el autor explica el proceso de documentación bajo el cual se guió para escribirla. Un rigor de trabajo que lo llevó a elaborar “su primera novela con auténtico espíritu profesional”, en sus palabras. Fue una cachetada necesaria. Luego, cada vez que el lanzamiento me tentaba, escuchaba su voz: ¡trabaja, mierda! Y eso me salvó de caer en una disipación digna de mi doppelgänger.

 -Soy un admirador de la literatura negra argentina escrita por mujeres, hay un grupo que no tiene nada que envidiar a los autores machos. En mi opinión, al menos en novela, las mujeres chilenas no han producido nada memorable. ¿Qué opinaría Huerta de ese tema? No es demasiado lector pero ama y mucho a las mujeres, eso sí.

Huerta es más caliente que otra cosa, además era mejor lector en la Colonia que en Lutos. Yo creo que la droga fue lo que lo alejó de la literatura, aunque puede que ahora retome el hábito, aprovechando que tendrá no poco tiempo libre. Pero no es que quiera esquivar tu pregunta. A mí me gustó Saint Michel, de Gabriela Aguilera, a pesar de que es otro registro, una micro-novela no por completo negra. ¿Se podría leer Los Vigilantes, de Diamela Eltit, en esa clave? Creo que sí. Y no veo mucho más en el mapa, francamente, quizás por ignorancia. Camilo Marks recomienda las novelas de Elizabeth Subercaseux, y entiendo que Isabel Allende también editó algo que… pero la verdad es que esas señoras despiertan en mí tanto entusiasmo como Roberto Ampuero, por poner un símil del patriarcado. Queda poco tiempo y demasiado por leer, huelga ser selectivo. Pienso, en general, que la predilección creciente por el cuento y el microrelato conspira contra el potencial novelístico de nuestras compatriotas. Nada contra la literatura del fragmento, pero, ¿por qué no atreverse con algo más extenso, de vez en cuando? Concuerdo contigo: hay una deuda femenina pendiente en esa materia.

-Bueno, para cerrar esta conversa quisiera agregar un par de líneas acerca de Entre lutos y desiertos (novela negra, Tajamar Editores, Santiago, 2016). Me ha parecido un hito en el género negro en Chile, uno de los grandes libros nacionales de 2016, así de entusiasta no temo mostrarme. Creo que ha sido no sólo una superación personal de ti como autor, sino también un momento alto en un año alto para el género. Juan Ignacio Colil ganó dos premios internacionales (en España y Argentina), Boris Quercia uno en Francia, Ramón Díaz Eterovic sacó otra novela con el detective Heredia, yo mismo una novela que ha sido motivo de estudios académicos en Francia… Alguna vez escribí una columna que se llamaba “El fascinante mundo de los hijos de perra”. Pues allí tu digamos “detective” Gustavo Huerta habría ganado un espacio protagonístico. Espero seguir leyendo de la trayectoria de este antihéroe chileno como no lo veía desde Aniceto Hevia o el “Cachetón Pelota”.

Bartolomé Leal

(Fotografía introducción: Iván Martínez Berríos)

Esta entrevista está incluida en el libro Trazas negras. Conversaciones sobre novela policial y negra en Chile editado por Ediciones Plazadeletras.

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